Silva de Diego apuró su Whisky… (En la Corte del Rey de Castilla). (63).

Silva de Diego apuró su whisky con soda, apagó la colilla con el depurado estilo de un cabo de coraceros, y salió del tugurio. Madrid hervía aquella noche de sábado, como todas las del año, en el Barrio de Chueca. Un gay idéntico a Antonio Banderas se recostaba en el quicio de la puerta, indolente y confiado, como los señores de la noche en su zona de influencia. Silva tenía más amigos heterodoxos que pelos en la cabeza, y creedme, lucía una espléndida melena  dorada. Como las mieses de Tierra de Campos, decía León, su amigo del Bierzo. ¿Pero hay aún Tierra de Campos? La pregunta no era retórica. En el último lustro la Unión Europea había subvencionado –no se sabe bien por qué- el antiagro: arrancar vides, desmochar olivos, incluso de cartón piedra como la picaresca aprendió enseguida de los italianos, amasar trigales, enlodar huertas, talar frutales… En España no se importaba sólo el uranio, que maldita falta hacía – y eso desde que se extinguió el último filón de las minas de Ciudad Rodrigo –sino naranjas de Marruecos, limones griegos- y yogures. Enhorabuena a las vacasovejas olímpicas –nueces de California, mandarinas de Sicilia, aceite tunecino- espeso y amargo, como los ojos de una antigua cartaginesa esclava de Roma y a la vez señora de imperios- mantequilla de Holanda, junto con los restos de vaca espongiforme que Britania había entregado como obsequio del Tercer Mundo. En ese nos hallábamos aún, mientras nuestros triunfalistas políticos  presumían, una vez más en la repetitiva historia, del PIB y la estadística. Poca gente se ganaba la vida con un trabajo honrado, palabras que se extrañan de verse juntas, después de  unos decenios de corrupción, pelotazo, vacuidades, nacionalismos e Internet. Bueno, eso no. Por la red había conocida a Paúl, aquel muchacho de Usera, hoy futbolista de élite, con quien se acostó enseguida, porque le recordaba vagamente al cura del pueblo, de quien seguía enamorada. Y el pobre Chema, o Don José María, en la higuera, como aquel obispo de la Villa y Corte.

 

Antes se había enamoriscado de un tenista de élite, en la Davis. A los pocos días le encontró morreándose con una antigua novia de otro famosillo. El iba al plato y a la tajada: no perdía comba ni le quitaba ojo. “Vaya jeta”, pensó Silva. Ni siquiera tenía ese aire pijo de los forrados de antiguo. En fin, cuando Silva iba hacia casa se le aproximó el Porche plateado y el novato la invitó a subir. “Por aquí”, dijo ella exhibiendo un dedo índice tipo eje de Donut. Llegó a su buhardilla estilo quartier latin en el barrio de los Austrias  (de Madrid). Le había costado más su decrépita decoración que el de un meublé lujoso, tipo Woody Allen. Por la ventana del salón-dormitorio-cocina-casi baño se asomaban las luces insomnes de la ciudad vieja. Miró hacia la casa de enfrente, solo separada por la angosta calle. “Agua va”, recordó Silva. Lucía aún la tenue claridad amarilla de su vecino. Se observaban a hurtadillas, ambos lo sabían. Nunca coincidían sus miradas, ese era el pacto, por lo que apenas distinguían los rasgos de sus caras. “Romance anónimo”, rememoró Silva desabotonándose la blusa. Entonces vio el Porsche. Ocupaba el centro de la calzada, y parecía un escarabajo de plata en la bandeja desportillada de un burgués decadente. “Persecución”, murmuró. Le gustaban esos títulos contundentes. “Acosada”. Bueno, el tío podía meterse en un berenjenal, con la mala leche heredada. Marcó el 091. “Lo siento, señorita. Si no hay agresión…”. Colgó. La policía no es preventiva, le dijo aquel otro día un comisario adusto, en Pío XII, cuando lo del tirón. Una parejita en moto, crónica en el barrio, ya se sabía, los viernes iban haciendo la ruta de la plata. Subían a las aceras y arrancaban dos o tres bolsos, luego a la noche densa de Madrid lumpen. Empezó a masturbarse, suave y rítmicamente. Ningún hombre conseguía acariciarla con aquel dulce empeño que ponían sus manos. Al principio la turbaba, como si estuviera cometiendo un delito a la vista de su madre, tan puritana. Poco a poco fue comprendiendo que aquel placer siempre le estaría reservado.

 

 

 

 

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