Por la mañana, brumosa y pesada, gris como su pensamiento… (En la corte del rey de Catilla). 70

Por la mañana, brumosa y pesada, gris como su pensamiento, el rey llamó. Diego subía a la cámara real temblando de frío, atravesaba las salas gélidas del Alcázar como un anciano enfermo, con el hombro dolorido de una mala postura, esa que ya le era familiar tributaria de su tarea de pintor que le originó una tendinitis crónica. La guardia sesteaba entre el doble portón, y Diego no pudo evitar un rictus de amargura que se asomó a sus labios, decorados por un bigote aún dignamente enhiesto. Cuidaba su dueño la textura de sus guías como si objetos de culto se trataran, conocedor de que sin ellos su rostro perdería gracia y apostura. “Si pudiera cuidar de igual manera la dignidad de este pueblo que gobiernan tus validos“, murmuró al traspasar el dintel, y avanzando ya semiinclinado en la reverencia  palaciega debida al llamado Felipe el Grande.

 

Unos grandes ojos acuosos le miraron. Diego no alcanzaba a explicárselo, pero su fealdad perruna mantenía una belleza trasparente, como si parte del espíritu quisiera comunicar a través de las pupilas grisáceas la existencia de un rescoldo de fuerza y de fuego. El rey no le saludó, hablaba con él –y por eso al pintor no le pareció en esta ocasión extraño- como si nunca hubiera dejado de hacerlo. “¿Crees que vale la pena, Diego?” – abrió la boca, indeciso, No pronunció palabra. “¿Mantenerse vivo, en decadencia, observando cómo cada centímetro de nuestro cuerpo se deteriora, cómo va respondiendo cada vez peor a los requerimientos del cerebro… porque es así, ¿verdad Diego?”

 

El pintor tomó la mano que le tendía el monarca. Tiraba de él como de un niño para ayudarle a incorporarse. Un lumbago crónico dificultaba el estiramiento rápido de los músculos de la espalda, y el rey menguado desarrollaba un curioso ritual para ponerse en pie.

 

-Majestad, el cuerpo es sólo templo del espíritu.

 

El rey esbozó un gesto de dolor.

 

-¿Sólo? ¿Te parece poco?

 

Diego no sabía si se estaba refiriéndose el monarca a su corpachón, para el que desde luego era menester un espíritu robusto. Seguramente recordaba sus hazañas amatorias, como garañón de la corte, gallo en gallinero ajeno, harto del propio. Y ahora discípulo aventajado de Ovidio, reconocedor de sus derrotas en el palacio de Venus. Cuando se ha tenido  mucho, mucho se echa de menos.

 

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