Le dije al juez…(En la Corte de Felipe). (58).

Le dije al juez

que mi hermano tenía un montón de zonas erróneas, y ese era el problema Un ordenanza o ujier de paisano -qué pérdida de modales- me sacó de la salita, que parecía el cuarto de estar de una residencia británica, de esas que arriendan por temporadas para aprender inglés en familia. Yo estuve en una, cerca de Hastings, el sitio de la batalla de Guillermo, William the Conqueror, cuya cabeza soportaba una celada como el casco de Pipi el Motos, campeón de 5oo cc.

-Oiga, qué pasa.

Me llevó abajo, a las mazmorras. Un tío con bata muy sonriente, oliendo a formol, me dio la mano, y la sacudió enseguida, pensando que yo iba a retenerla. Pero no era así. No veía ventanas, y empezaba a entrarme la claustrofobia. Volví a preguntarlo, y me acordé del habeas corpus, sólo que yo no había hecho nada. Que recordase.

-Oiga, qué pasa.

El tipo me miró como si aquella frase fuese la solución del enigma de la Gran Pirámide.

-Relájese. Sólo vamos a hablar un momento.

Me recordó a los manuales de autoayuda, que te tratan como a un disléxico recitando el abecedario al revés. Además, ¿qué pintaba aquel tío presumiendo de albigense en un sistema tan corrupto que sólo leyendo la Memoria anual de cualquier ministerio o sucedáneo se te rompía la pituitaria? Lo que quedaba de Hispania estaba más podrido que nunca, y eso parecía complacer a todo el mundo.

-Mire, no me apetece hablar. Y tengo entendido que esto no es una consulta médica obligatoria. ¿O sí? .Pensé en el Gran Hermano. Miré la bata, buscando la señal, un par de banderas a cuadros, cruzadas como los dedos huesudos de un jugador de póker, el cisne de Avon, que llevan los uniformes del Eire, el sello de un Chateaux Maurice del 85, servido por una sommeliere desnuda. Empezaba a marearme. Me levanté despacio, abrí la puerta y salí.

Me recibió un pasillo oscuro. Había oído que en los sótanos de los Juzgados vagaban formas perdidas, cuerpos sin alma, o al revés, extraviados en los corredores con legajos amarillos bajo el brazo, como barras de pan duro. Soplaba un airecillo confuso, que me recordó al aliento de los dragones dormidos que guardan la entrada de la cueva, justo a un paso de la doncella de ojos negros y rasgados y tez alabastrina. Sentí el escalofrío de la noche, aunque era poco más de la una, porque en el inframundo se han roto hace tiempo todos los relojes.

-Oiga -el batas me perseguía, como un loquero de guardia-. Vuelva aquí, hombre, que no hemos terminado.

-Ni empezado -repuse. Me envalentonaba mi inseguridad. Siempre he querido ser un antihéroe, para no reírme demasiado con el eco de mi voz dando órdenes al destino. Un comic en falso-. ¡Llame a un guardia!

Mira por donde. Lo hizo. La pareja -eso me preocupó, porque era un símbolo- me cortó el paso, saliendo de las sombras. Aquello era una escena surrealista. El gabinete de Caligari, y el doctor detrás, cerrando el ciclo. Suspiré. “Lo bueno de lo malo es que se pasa”, cité al tío Amadeo en medio de un cólico nefrítico. Tendí los brazos, ofreciendo mis muñecas a las esposas. Los guardias me abrieron paso, saludando. Subí la escalera. Hacia la luz, que se ofrecía ya al final del túnel, otro símbolo que me daba mucha grima, naturalmente.

Me habían quitado de en medio. La sutileza era tan infrecuente en la rutina de los leguleyos que no me percaté. Mi histrionismo -¿o lo creía de verdad? Era previsible. Y el juez-dios también.

Miré de soslayo los retratos del vestíbulo, un cuadro de familia: Los Condes de Barcelona, Jaume Caradurot y Condesa, Los señores de Bizcaya, Mikel Irbatletxe y señora, la visorreyna  andalusa, Morgana de Paso, viuda de Chivas, y el reyezuelo galego, Don García, haciendo mesa redonda con nuestro señor Don Felipe, rey de Castilla, que Dios guarde. A Castilla, digo, la pobre.

Salí al paseo domótico. La Casa Real lo había puesto de moda, lo de la domótica, porque a Leti le encantaba que las luces se encendiera y las puertas se abrieran solas a su paso. Al día siguiente tendría lugar la boda gay del primo Adolfo. Un día muy completo, si te paras a pensarlo, porque lo de hoy iba a traer cola. No es un chiste malo. Todo eso me lo iba diciendo a mí mismo, que es el hábito adquirido en el psicoanálisis, aunque yo no recordaba haberlo hecho nunca, excepto por las sesiones disparatadas con mi psiquiatra. Recordé los cuadros y mi último examen de heráldica, el año en que cerraron la Facultad. Títulos nobiliarios de la República. Me lo sabía al dedillo, incluso le puse los de las Repúblicas adyacentes: El Bailío, Cartagonova y Leontina. Alguno de los nombres se repetían, Irbatletxe, Pataceros, Trillón… ¿o era Trincón?

Me acordé de Silva y sus secretos. ¿Qué tenían de especial esas Memorias? Veía pasar la sombra de los conspiradores detrás del aposentador, apoyado en el quicio como una fulana. Las figuras del espejo no eran los reyes. Diego les estaba acusando con los ojos, el gesto detenido fuera de la escena. Pero nadie transmite el misterio sin modificarlo; ni siquiera el de Jesús en la Última Cena, a pesar de que Leonardo se lo propusiera, pactando quien sabe cómo o con quién. Ahora me parecía lejano todo, lo más inmediato y lo inexistente. Bueno, eso lo digo por todo lo demás.

 

 

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