Diego se miró las manos, morenas y fuertes… ( En la Corte del rey de Castilla). 65

Diego se miró las manos, morenas y fuertes, casi impropias de un pintor que esgrimía delicadamente los pinceles. “Son como el arte de la esgrima, floretes de punto dulce que acuchilla el lienzo y hace brotar una sangre tan viva –y a veces más aún- como la de los cuerpos. Cada día Velázquez entrenaba su muñeca en un ejercicio aprendido de un maestro de armas oriental, como si peinase rápida y constantemente los interminables cabellos de de su dama: Abajo, arriba, abajo… firme y suave el trazo, un contorno, un fondo, y vuelta. Pero él no era apreciado en esa tarea. Se le encasillaba en su función primordial, en la que destacaba y cumplía como nadie, sin recibir el espaldarazo ritual de caballero. “Ya lo eres, Silva”, le decía el chambelán de títulos. “Ya lo eres”, Diego, contumaz y orgulloso, no dejaba de insistir. “Un título no es algo accesorio. Si lo fuera no estaría rodeado de toda clase  de ellos, Excelencia”. “Veremos, veremos” pero no añadía  “lo comentaré con S. M””. Diego echó un vistazo a su derredor. Más allá del largo y ancho pasadizo del alcázar la luz de poniente filtraba un resplandor dorado que iba lentamente abrazando los muretes interiores, las paredes cubiertas de tapices cuyas figuras bordadas revivían, fascinadas por el milagro del sol. “De qué sirven los títulos” –se dijo- “o para qué, continuó su soliloquio , como cada noche. Se sentía noble, repleto de la sangre aristocrática del poder que en sus manos transformaba, cada día, una parcela de la naturaleza, creando el arte que conmovía los espíritus menos delicados de la Corte. “El pueblo” –masculló-. Ellos sí que entienden!… Meneó la cabeza, una testa romana, cuadrada y poderosa, mientras caminaba lentamente hacia su cámara. Le aguardaba una noche más, una larga y densa soledad que comenzaba a resultarle imprescindible. Ya no podía imaginarse vivo y libre de otra forma; aquella tristeza se había convertido en un talante que su espíritu –suponía que eso era- necesitaba para sobrevivir. “Mi vejez va a estar llena de paradojas. Lo presiento”. Pero no podía presentir, entonces, que esa vejez tal vez no llegara nunca.

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