Diego recorrió con los ojos entornados la tela… (En la Corte del rey de Castilla). (61).

Diego recorrió con los ojos entornados la tela recién emplastecida.

 

No le convencían las nuevas técnicas italianas, que dejaban el lino brillante y poco rugoso. El óleo tratado en su taller, como había aprendido con Pacheco, prendía mejor en los lienzos algo toscos de los artesanos españoles, cuya técnica en nada desmerecía de los modelos importados. ¡Qué triste novedad la de este siglo, amador, como él lo fue un tiempo, de los Uffici!. Se estaba haciendo viejo… Y ahora aquello. La carne, siempre esa poderosa señora, que le esclavizaba. Pero esta vez con unas consecuencias que parecían desbordarle. Apenas podía creer que, a estas alturas de su vida, fuera reconocido como un consumado maestro de la pintura, a pesar de los encargos obsesivos de la corte: mitos y símbolos, símbolos y mitos, sobre los que debía trabajar para que su representación no resultara anodina. Y sobre todo, ahora que, con el transcurso de los años, el tiempo había dejado de ser un enemigo para convertirse en un aliado ocasional. ¡Qué paradoja!. En su juventud, cuando más podía haberlo disfrutado, se le escapaba como un borbotón de espuma entre las manos, dejándole tan sólo unas gotas de aquellas aguas ya residuales. Había bebido de ellos con fruición, como un lactante. Se miró distraídamente las manos. Sus uñas, largas en exceso, bien cuidadas sin embargo, le parecían obstáculos. ¿Para qué? No supo mas que comenzaba a estar en desacuerdo con su cuerpo, se sentía débil, y, peor aún, viejo. No decrepito: aún no, sonrió pensando qué contradicciones  tiene la vida, él preocupado con estos pensamientos, y la realidad mostrando el envés de la moneda. Sí, acababa de nacer su hijo, y éste era el secreto mejor guardado entre aquellos muros decadentes del Alcázar. Ser padre a su edad no era tan extraño. Recordaba al viejo Jonás, el engendrador, cuyo apelativo, bien ganado, no era casual. Tuvo dos vástagos gemelos a los 79 años, y no serían los últimos. No… lo raro era conjugar esos otros factores de la posición en la Corte de los padres –ella, la sobrina del rey- y su consiguiente anonimato. ¿Por qué ni siquiera se había planteado abortar?. Supo que ese niño, por muy peculiar que fuese, iba a ser querido. Miró el lienzo ya pintado que reposaba en el fondo del enorme estudio. Las figuras de unas infantas emergían de la tabla, casi a punto de caminar. Sabía que aquello era un don. Desvió los ojos, hacía sus manos. No había sufrido el temible mal de otros pintores, la deformación de las articulaciones. También sus ojos estaban sanos, ahora podía corregir aquellas borrosidades con unos excelentes quevedos. Un artista griego que trabajaba en Toledo dibujaba perfiles acuosos y extraños, producto de una mezcla entre la mística y el defecto. Sin embargo, le dolían las muelas. El hombre era un saco de inmundicias, un cuerpo lleno de problemas, hecho para que se lo comieran los gusanos. Cuestión de tiempo. Suspiró. ¿No habría otra salida para justificar la estancia del ser humano en este mundo? Sí, el consuelo de la religión. Pero se trataba de eso: de un consuelo, como aquel que Boecio inventó para la filosofía.  Daba igual. Lo importante era vivir, lo único que tenía sentido, una vez que se está aquí. Eso mismo le tocaría a su hijo, que ya desde su primer llanto iba a conocer la excentricidad de los círculos que iban a regir su vida. Suspiró. Últimamente, lo hacía con frecuencia-. Como “su” rey. Pero ¿Era Felipe de alguien? Misógino, pero amante perpetuo, indolente pero activo, sentimental y sin embargo chulo… ¿qué sucedía con esa estirpe importada de los brumosos centros de Europa? Allí tal vez consideraban normales las conductas mistificadas de temor y de osadía, y ese desapego de la realidad que habitaba con el gran perdedor de los imperios. ¿En qué se parecía Felipe Nº. Señor, a su abuelo, el Gran Alquimista de El Escorial? Sólo devoto para pedir triunfos en la cama, y constructor de plazas de toros y pasadizos por donde correrse juergas, la aristocracia, tan vacua como un cántaro roto, reía sus melancólicas gracias como bufones de seda y puñetas. ¿Y su hijo, el hijo del artista, que iba a pasar por hijo de rey?

 

Diego sintió un viento frió que heló su mirada, fija en las pupilas grises de la Menina. Alguien entreabrió la puerta del estudio, su sombra dibujó un perfil de sueño en la gran pared del fondo, y enseguida se borró, junto con la tenue luz aprisionada. La luz. Era su secreto. La miraba como a una amante celosa, con una pasión contenida, que sabía iba a desbordarse en cualquier momento. La luz. Su secreto. En las mezclas de la tierra preparaba con óxidos y el aceite denso y filtrado introducía la magia de la luz. Era como si rezase, y esta vez a un Dios cercano, de cuyas manos recogía una cosecha fecunda, la inspiración que instantes más tarde trasladaba al lienzo. Allí comenzaba otra vida, ésta suya por completo, mas honda aún que la del esperma derramado en la reina, aquella noche en que supo que iba a formar parte de la historia. No le importaba tanto aquella estirpe que ahora balbuceaba en una cuna de Holanda como la de sus figuras de espejo, creadas para contemplar sin corromperse el decurso de los siglos. Aquéllos eran verdaderamente sus hijos.

 

Guadarrama amaneció azul, con la luz densa de la nieve bajando hasta los ribazos del Lozoya. Diego trazaba con gesto distraído el dibujo de la sierra, como fondo del retrato de S.M. ecuestre. El alazán algo entrado en carnes iniciaba un entredós a la suiza, un paso que los Austrias gustaban porque parecía refinar algo su natural tosquedad. “Los castellanos son secos y rudos, pero al tiempo corteses y finos, como celosos de una dignidad que sus interlocutores pueden no reconocer de momento”. La camarera se hizo notar quedamente. “Le llaman al gabinete”, susurró. Diego pensaba, mientras la seguía, que no hay secretos peor guardados que los que se quieren ignorar. En los pasos menudos de la chica –el movimiento, eso también quería pintarlo- se perfilaba una tensión interna. De vez en cuando muy rápidamente, lanzaba una mirada fugaz sobre el hombro, “Sí, estoy aquí”, sonreía para sus adentros el pintor real, a guisa de respuesta. “Te sigo, mujer, y soy yo, el amante viejo”. Llegaron a la enorme puerta de doble hoja. Un alabardero mudo entreabrió la trampilla. ¿Para qué tanto si necesitamos tan poco, musitó Diego mientras cruzaba los dinteles.

 

En la penumbra se movía una figura vestida de seda celeste, la última moda de Flandes. Rebulleron los encajes y el afgano alfombra se alzó. “Siéntate”, ordenó. “Estas damas no tienen modales. Da igual su rango, siempre quieren mandar”. Diego rememoró la figura cansada del rey, al salir de la alcoba. “Debe estar harto de obedecer”. Se apoyó en un taburete de fieltro. La reina miraba por un ventanuco hacía el lejano monte. Su rostro reflejaba una tensión inusual. Aquella tarde lo habían confirmado, sin lugar a dudas. Iba a ser madre, y con la alegría de la nueva percibió la turbación de su matrona. “Tienes el don”, le había dicho su aya. Precognición, santería, una mixtura de superstición y sensibilidades. Supo que el hijo que aguardaba no era del rey. Se cruzaron sus miradas, como ahora con el pintor. El ya lo había presentido. En realidad lo supo en el instante de su orgasmo, una inefable sensación que escapaba al sentido del placer, un grito que engendra. Lo tomó por algo baladí, pronto olvidado. Ahora lo olvidaba todo. Pulsó su mano blanca. Estaba helada. “Será un infante de España”, creyó decir. Ella le sonrío, al fin. Casi eran parientes, después de todo.

 

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