Cuando Diego regresaba a sus aposentos… (El rey de Castilla). 68

Cuando Diego regresaba a sus aposentos la Corte se iba encendiendo, aunque nunca le parecieron más rojizas las luminarias que brotaban de las casas. Una irregular masa de pálidas luciérnagas, esta vez, porque sus ojos no estaban prestos a la luz de fuera, dedicados intensamente al análisis íntimo de sus desdichas. Estas cosas –pensó- siempre le suceden a otros. Los anchos peldaños que le llevaban a los pisos inferiores del Alcázar también le sumergían en una pesadumbre sin matices. Él, acostumbrado a indagar para que la verdad hiciera libre su entorno, del que formaba parte como un personaje más, era protagonista destacado de la falsedad. Recordaba sus años de infancia en Sevilla,  el primer día que descubrió como era el mundo de los mayores: una vacuidad en la que hasta el vacío era falso, y en el que la educación, eso que esclavizaba a los niños, era un simulacro de obscenidades. A eso llamaba obsceno el artista: a una mentira que iba nutriendo la panza de los jóvenes, hasta que eran presos de su obesa deformación espiritual, e inmóviles perecían sin poder respirar libremente, “¡Demasiadas metáforas para explicar una calamidad tan evidente!”, se dijo. Estaba cansado, y más que triste decepcionado de sí mismo. Al día siguiente, cuando el rey presentara su obra a los embajadores de Europa, sentiría ese gélido aliento que era su anónimo compañero. Ya sólo tenía amigos interiores como gnomos asustados que un dios menor expulsara de los reinos felices. ¿Sería así ya para el resto de su vida? ¿Acaso esto que llaman triunfar debe ir acompañado de la renuncia a la propia dignidad? Pero ¿qué palabra es esa? ¿Orgullo? ¿Por qué no la hábil manipulación de las circunstancias? Los hombres se parecen, por qué no, a los imperios. Su señor y rey estaba buscando ahora un atardecer que no empañase su figura. Como otros que hablaban de la agonía del reino, digno colofón de una gloria tan dudosa, cimentada en tantos males.

 

Diego había conseguido un reconocimiento que sólo la incuria, la estupidez y la envidia pudieron antes negarle. Pero los aristócratas, tantas veces herederos del arbitrio nacido del mal, le cerraban siempre las puertas. Ni siquiera para ser miembro de una orden selecta de caballería. Tal vez ya no lo era todo, nunca lo había sido, ni en tiempos siquiera del Emperador. También éste fue esclavo del Papa o del Papismo, como su hijo, el maniático Felipe, lo fue de la rutina burocrática. Le comprendía. También se sentía él a gusto entre los funcionarios, como aposentador real. Le gustaba disponer, preparar los viajes, planear que todo saliera bien, y disfrutaba con el trabajo cuando los resultados le acompañaban. Ya no aspiraba a un título. Sabía que sus enemigos odiaban el talento, porque la aristocracia surge, en la monarquía moderna, del favor o de los cuernos, como en la antigua nacía del valor o del dinero. Viene a ser lo mismo. El hombre se pudre entre los falsos valores que guardan las rancias prendas de tela opaca, esa que emboza los rostros y descubre los destinos. Diego sintió un escalofrío. Como la agonía, sí, como la agonía de un reino. Su hijo iba a ser, tal vez, padre de reyes, tal vez rey. Preferiría no saberlo, para que la vanidad de un viejo derrotado por la mediocridad de los plutócratas no le traicionase. Debía ser cauteloso. Una indiscreción y el chocolate envenenado, como sucedió con la insolente Mari Barbola. La Corte de los Milagros. La Corte de los conspiradores y de los silencios. Los sueños negros de un apellido grande sólo por todo lo que había perdido. Más le valía haber vendido las posesiones como fincas, y no perderlas, regada en la sangre del pueblo. Algún día iban a rodar las cabezas de los señores de oropel cargados de oro y de puñetas, frente a las masas de saco y talabarte.

 

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