Celebré con Silva… (En la Corte del rey de Castilla). 59

Celebré con Silva

La boda, cosa que no hice con los invitados porque nos había absorbido una especie de frenesí que pensaba ya desaparecido, como la líbido de los dinosaurios. O de los consumidores de antihipertróficos prostáticos –tengo que preguntar a Harrison Ford, que parece estar en forma, sin embargo-.  A lo mejor por eso se extinguieron, digo los dinosaurios. En política quedan, pero se llaman modernos y dicen que Ormuz y Ahrimann son los que ellos y sólo ellos llaman buenos o malos. Silva no recordaba al tío Amadeo, y eso que la ví en su despacho, cuando fue a llevarle los papeles de la herencia. Habíamos salido juntos de la biblioteca, donde me sorprendió hciendo gestos de yoga facial, para retener la papada y los mofletes, que tendían a huir de las sujecciones juveniles como los afiliados a la antigua UCD, la del primer presidente constitucional, Suárez digo, allá por los 80. Creyó que le hacía gestos.

-¿Qué dices?

Me interrogó quedamente. Yo estaba en el inicio de la pose de Einstein sacando la lengua y abriendo los ojos como un tarado.

-Nada, nada. Es que te he confundido con otra.

No se lo tragó.

-Anda ya. -Se llevó el dedo a la sién, sonriendo-. ¿Estás grillao?

-Un poco. -Decidí aceptar el veredicto.

Luego caminamos por la acera, hasta la Glorieta. Se detuvo conmigo.

-Tengo que ver a alguien.

-Y yo.

Creyó que era de guasa. Luego la vi con el tío Amadeo.

-Me saludó y dejó todo el asunto con esa chica, la de gafas tan mona, su brazo derecho.

-Y el izquierdo. Es la que se encarga de coordinar los asuntos. Un lince.

-Me alegro. ¿No están extinguidos?

Resoplé. Delibes y mi padre hablaron de ello cuando yo era niño. Jugábamos conla DS, a cazar bichos raros. No querían sobrevivir a la extinción del lince ibérico. Cosas de mayores. Bueno. Saqué un Chablis, grand cru. Lo supe por la etiqueta, que parecía una condecoración nazi. Los franceses. El año andaba por ahí, y Silva también, con ese cuello que me alentaba el colmillo, gran vampiro de la noche. Descorché y me quité la capa negra, de forro aterciopelado, como en una de Chandler. La imaginación es más poderosa que la muerte, si llega el caso. Consiste en soñar que te pones a soñar y esperar a que despiertes, como si tal cosa. Brindamos, en silencio, que es lo fetén, porque no es obligado improvisar o peor aún recitar esas frases de calendario.

De repente me acordé. Fue el aroma del vino, un catalizador nemotécnico. Yo ya no bebía. El blanco me da dolor de cabeza. El tinto me deprime. El whisky me duerme. El brandy me provoca una acidez espantosa. En fin. Antes lo resolvía con un cóctel de pantoprazol, pero imaginad a Gary Grant o a Harrison Ford, o a ese puñetero irlandés del pub tomándose un antídoto justo antes del lingotazo o los negratas, que empujan trenes con las orejas aunque sean guaperas tipo Denzel Washington. Es como afeitarse el bigote para dar un beso. Y no hablemos del champán, peor aún que el cava, un horror de burbujitas escalando el trigémino como si clavasen los piolets en las neuritas. Todo esto, y las feromonas a punto. Un desastre. ¿Qué habría hecho Odiseo? Un lanzamiento a fondo, sin duda, apechugar con lo que fuera. ¿No habría forma de imitarle sin que me temblasen las pantorrillas? Odié todos los arquetipos de héroe, esos clichés novelados que tanto daño hacen a los románticos. Era un consuelo que Rock Hudson nos hubiera engañado siempre. Un homenaje a su talento.

La mordí. Quiero decir que le di un chupetón antológico, succionando la carótida o la yugular, o qué sé yo que andaba por allí, hasta que Silva gritó. Miré la marca rojiza, que iba amoratándose como un arco iris en declive, allá por Peñalara. Luego perdimos el control, que de eso se trataba, y todo fue bastante bien, dada mi escasa pericia y lo poco que recordaba de las técnicas amatorias. Me ayudó un poco el ambiente, digo el residuo de ectoplasmas que inundarían los sofás cuyo recorrido hicimos, ella ninfa de Diana, yo sátiro suplente, o al revés, y que me parecieron los paisajes de Occitania, donde una oca provenzal engordaba serenamente. El tío Amadeo había sido un pirata malayo y sus conquistas algo habrían dejado en el ambiente, como cualquier karma que se precie.

Silva y yo nos contamos la vida. Era la misma, tan distinta. Y entonces abrió el bolso.

-¿Fumas?

La miré horrorizado.

-¡No!

-Menos mal. -Respondió, sonriéndome.

Sacó un legajo, un montón de papeles enrollados.

-Aquí está. Vamos a echar un vistazo.

Asentí. Así que los llevaba puestos… Por eso no los habían encontrado en el registro de su apartamento. Muy lista mi chica. Se lo conté. Puso cara de María de Magdala justo antes de que se le rompiera el frasquito del perfume con el que puso perdido al Maestro.

-¡Sinvergüenzas!

Sonó muy convincente. Miré hacia la calle, a través de los estores y las persianas casi cerradas. Ya sabéis que yo no uso reloj. El tiempo no es materia de los sueños. ¿O sí? Quiero decir tasar el tiempo entre rayitas, como un electrograma. Silva adivinó.

-Me apetece compartirlo. Lo que podamos. ¿No es viernes?

Lo era. Teníamos hasta el domingo por la noche, si ella tampoco comía.

 

 

 

 

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