Mi padre me llevó un TBO… Me lo tomé como si Sherezade me atusase la almohada… (En la corte del rey de Castilla. 53).

Mi padre me llevó un TBO

de Hopalong Cassidy (¿ese quién es?). Lo compró en el quiosco; era carísimo. Yo tenía diez años y una pierna rota. Él cuarenta y estaba depre. Teníais que verle la cara, casi llora cuando le hice esa pregunta. Porque yo esperaba Supermán… Me di cuenta, rectifiqué y fue peor. Él se dio cuenta también. ¡Vaya trago! Entonces sí que había crisis. Comer (bien) era una aventura. Y en ese plan, ¿quién no está deprimido? Hoy las crisis son financieras, sobra todo. Sobran los tomates y las vacunas.

-Estos personajes son el otro reverso de la moneda… de nosotros -se refería a él, claro. Un día renunciamos a la audacia. Y aquí estamos, con la rutina a cuestas.

No le comprendí, pero quizás puedo decir que pude entenderlo. Fueron sus ojos, que seguían brillando como si el tiempo le protegiese de la edad. Aquel día le oí discutir, en la cocina. La cosa iba de apreciar o no lo que el otro hacía. Yo pensaba que eso nos sucedía a los niños, que tanto esfuerzo baldío dedicábamos a perder el tiempo en lo ellos llamaban aprovecharlo. Al final, él dijo algo así:

-Ser justo con alguien para evitar que le confundan con su marido.

-O con su mujer -dijo ella.

Tablas. El hogar dulce hogar es así una seductora villanía, el triunfo de las paradojas. Años después el tío Amadeo me explicó que es la causa, y la explicación, de las agresiones, de muchos conflictos entre las parejas, aguantar cuando no se quieren. Los guacamayos -o son las cacatúas, o el ibys, o la gaviota, pero ésta es solitaria y hostil, no, esa no- digo que vuelan en pareja, tocándose las alas, sin extraviarse entre el grupo, semper fidelis.

Mi padre me llevó el libro de los Papas. El último era ya el nuestro. Lo de semper fidelis fue el lema de Juan Pablo II. Me pasé unas horas de ensueño, imaginando los fines del mundo. Luego concluí -era demasiado joven para morir en una apocalipsis- que el mundo iba a seguir, porque lo que pasaba es que a Malaquías, el santo de las profecías, se le había acabado la lista. Sólo eso. Debió de parecerle suficiente, y en parte tenía razón. Me lo dijo Arrozapena, en la antigua Majadahonda, la de los paseos por el extinto pinar del Pilar, cuando aún lo visitaban aguiluchos huérfanos.

-Es que nosotros somos pesimistas históricos, Miguelito.

Para pesimistas los narradores católicos, con el rollo de la expiación y el pecado, venga a jorobar, aunque se les perdona por el Gregoriano y los miniados, por ejemplo.  Le pregunté a mi padre de qué iba ese calendario con fecha de exterminio.

-Es bueno que lo sepas. -Señaló la portada del libro, que era gris y casi temblaba. La portada, digo, no él, de veras-. Léelo como si fuera un cuento.

Un cuento de miedo. Claro que Barba azul con los cadáveres de esposas en el desván, Caperucita, con el lobo devorando abuelas, el patito feo, expulsado de la familia, la cerillera muerta de frío, Bambi, un huérfano de caza con el bosque quemado, la Cenicienta, explotada y preterida, Blancanieves, cuyo corazón debería reposar, convenientemente arrancado del pecho, en la cajita de los collares, en fin… que todos los cuentos son de miedo.

Así que me lo tomé como si Sherezade me atusase la almohada y empecé a leer.

 

 

LAS PROFECIAS DE LOS PAPAS:

SAN MALAQUÍAS

El tío Amador había invadido las páginas del libro con sus discursos panfletarios en torno al esoterismo. Para el tío Amador lo que no estaba oculto carecía de importancia. Por eso escondía -supongo- su talento, o es que carecía de él en absoluto pero el secretismo le serrvía de excusa. Engañarse a uno mismo es legítimo. Lo hacen casi todos.  El tío Amador, con el apoyo de unas estudiantes de árabe y un par de libreros despistados, fundó la Escuela de estudios esotéricos, que presumió, durante veinte años, de no haber tenido jamás una reunión. Eso lo copió del tío Anselmo, que fardaba de asesor de la Asociación de escritores y artistas, bajo el convenio de que no les cobraría si no le enviaban asuntos. Como los escritores y artistas odian a los letrados, el acuerdo se mantuvo incólume hasta que cambió la junta directiva y con ella el abogado. El nuevo, amigo del nuevo director, duró poco, porque ya digo, meter un abogado estándar en ese lío es como pelar huevos duros con guantes de beísbol. No es del todo imposible, pero cuesta.

 

La Escuela de Estudios Esotéricos -la EEE- editó un par de libros, con grabados de la chica de Anselmo, una preciosa artista en ciernes, la dulce Bagneaux, oriunda de una aldeita gala, que hablaba con el mismísimo acento de Amelie. Diseñó los grabados de las portadas, y gracias a ello pudieron colarse unos cuantos ejemplares en la venta promiscua de las librerías. El padre de la dulce Bagneaux era un atrabiliario enólogo, a quien las cepas del Borgoña se le habían agriado cuando su mujer le dejó para irse a un convento de ursulinas. No soportaba al entonces joven Amador, que le escribía anónimos en los que sólo faltaba la firma y la copia del DNI para identificar al autor. Uno de ellos interpretaba al viejo Nostradamus, favorito de la musa de mi tío, quien escribió inmortales memeces al respecto, y para hacerlas aún más inmortales, como la Némesis de los esotéricos, se puso a glosarlas en el Malaquías. El rayo que no cesa.

 

Y todo por lo de los Papas. Bueno, yo leía y leía, y como el lobezno que aguarda en la cueva, con hambre, el regreso de su madre, abatida por los cazadores, de vez en cuando me adormecía y soñaba que ste no era un mundo de palabras.

 

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