He tenido un sueño muy raro. (En la Corte del rey Felipe. 48).

He tenido un sueño muy raro,

claro, como casi todos. En una secuencia alguien ¿o era yo? Lanzaba un cohete .una bomba- contra ¿el Viaducto? y se caía en el suelo, tras una pared, así que no veíamos -éramos varios- lo que pasaba. En otra, yo me liaba con una chica, y la tocaba; luego la esperaba, bajando las persianas, y ella quería venir pero estaba con no sé quién, en la habitación de al lado. Y me dijo algo así: “Ya estoy contenta, o esto ha salido bien, o funciona… No sé” . Mis sueños son lamentables. Nada freudianos, básicos como los calzoncillos de Abanderado blancos.

Estoy en su casa, ella se ha ido y yo hago de consorte doméstico. Ojeo sus papeles, que son de colores, porque Silva escribe como si dibujase. Sus notas parecen jardincillos entre japoneses y naïf, como ella cuando mira de frente. Pero hay algo, como es habitual en mí, que nos separa. Creo que soy yo.

Bueno, es que me persiguen las cosas que hacen otros, las palabras de los otros, me buscan esperando que las rechace o las admire. Silva había escrito mucho, cosas como ésta:

 

“…Y qué iba a hacer si le había tocado aquéllo. La moda de los futbolistas, que siguió  a la de los toreros, contemporizó con los actores de cine, eliminó a los de teatro –bueno, esos casi nunca han estado de moda, como los cómicos viejos- y antecede a la de los astronautas domésticos. Silva tenía ganas de llegar a casa, remirar la colección de fotos grises que habían rescatado del cajón, en el altillo de la abuela. Le llamaba especialmente la atención aquel militar de bigotes enhiestos, cuya mirada ausente parecía interrogar a un interlocutor invisible. Más allá de las sombras que enmarcaban su  figura, exactamente entre las sombras y la luz. La luz, densa y ausente, como una paradoja de energía. ‘Bobadas’, se dijo a sí misma. Lo que ahora le importaba más era su Raúl, justo en el momento en que el club Palmeras, de Río, se interesaba por el traspaso.”

Se ponía en tercera persona, como los novelistas románticos. ¿O son los modernos? Yo Lo hago también, pero es para alejarme un poco, porque de cerca, tan cerca, me gusto menos.

 

Luego seguí y seguí… Pero no sé si debo contaros esas cosas tan íntimas, que encima no son mías. Aunque los diarios secretos están hechos para que los lea todo el mundo, faltaría más.

 

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