Eva (¿o era Lilith?) extendió la mano. (En la corte de Felipe. 46).

Eva (¿o era Lilith?) extendió la mano.

Puede que fuera Isa. Las gemelas y una más.

Me acordé del Poeta. La última sesión del Club fue movidita. Ya me lo advirtió.

-Por la mujer entró el mal en el mundo, M. Eso lo sabe todo quisqui. Pero lo que no sabe es que ha vuelto.

Le miramos buscando la botellita. El poeta sonrió, como cuando lleva un ful.

-Todo el mundo hablando del regreso de éste o aquél… Pero se olvidan de ella, la number one.

Bueno, nos explicó -El Sudaca le escuchaba atento, por lo menos. Silva, aunque no es feminista, estaba un poco inquieta. Yo pensaba, no sé bien por qué- un montón de cosas sobre la luna negra, una costilla de Adán, la auténtica, luchando contra el Creador, cosas así. El caso es que al ver aquella mano, firme y perfecta, con un montón de rayitas que parecían el mapa de diseño de un quiromante, me acordé de todo. La miré a los ojos un segundo.

-Dámelo.

Dijo. Lo hice. Le di todo. Bueno, es una manera de hablar, porque lo que extendió fue su mirada, me envolvió en ella y entonces supe lo que había sentido Adán. ¿Cuando le dio la manzana? Vamos. No la necesita. Le basta con moverse un poco, despacio, casi rozando el aire entre nosotros. Sólo lo justo para que vibre y se conmueva.

Desde ese día le bastaba mirarme. Bastaba para mí. Como si yo esperase una recompensa, que fuera ella misma, claro. No había otra. Y qué importaba esperar. Era como una promesa segura, como el cielo tras la muerte que da la fe. Seguro. Y esa certeza me hacía babear como un niño entre las piruletas.

Silva se dio cuenta, desde luego. No dijo nada, pero cuando la abrazaba y pensaba en la otra se estremecía. Me apretaba con fuerza, como queriendo ser las dos y que yo pudiera sentirlas. Una gran chica. ¿O era sólo vanidad?

Llegué a quererlas a ambas a la vez, como un bebé a su madre y a su nodriza. ¡Qué lamentable ejemplo! La culpa la tiene la Odisea. Pero al fin y al cabo, todo en mi vida es un viaje sin destino, porque yo no soy Ulises, el culpable de mis complejos. Siempre recuerdo a Kirk Douglas, el ídolo de nuestra adolescencia, quemando el ojo del Cíclope, ese malvado Polifemo. Mi hermano me regaló una foto de la época, con una falsa dedicatoria de Kirk, a quien llamamos siempre ‘Duglas’ y no ‘Daglas’ como a su retoño, el aficionado a los paisajes de La Foradada.  Un ejemplo lamentable, sí, aunque tan propio de necios como eso de amar por partida doble: como si una estupidez aislada no fuera suficiente.

 

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