El tío Amadeo fue un día a ver a Tomás y Justo. (En la Corte del rey de Castilla. 49).

El tío Amadeo fue un día a ver a Tomás y Justo.

Tenían la ‘oficina’ junto a su despacho de Quevedo, en una bancada de la calle Eloy Gonzalo, frente al Instituto homeopático. Cada mañana daban el desayuno a los gatos, y ellos se tomaban el café de Vips y de Ital, porque a Justo le gustaba expresso capuccino. En ello se les iba el sueldo de asistencia no contributiva y la recíproca subvención de dependencia que se habían agenciado de la Comunidad. Al tío Amadeo le gustaba el aire libre, que le recordaba las cosas de la India, esa manía de los gurús por ir casi en cueros, y las clases de latín de tercero, cuando aún era una asignatura de los planes de estudio, que Don Julio daba en el patio, la espalda sobre el tronco de un pino carrasco.

 

-En inglés, claro, y en chino. Creo que abundan los padres mayores. Por lo del esperma. A mí me falla la próstata, de tanto uso.

El tío Amadeo era viudo y se casó en segundas con una enfermera del Generalísimo Patacero, al que acudió para tratarse un priapismo agudo, producto de una especie de viagra comprada por internet. Dicen que el roce hace el cariño, claro.

-Es un manual, en clave de humor, porque no hay que tomárselo muy a pecho.

Me enseñaron el texto aquella misma tarde, cuando fui a comprar unos Gormiti para mi colección de monstruos. El quiosquero me los reservaba cuando salían nuevos.

-Vamos a necesitar ayuda, Miguelito. Con el chino.

-¡Pero si estoy pez! Pero tengo la solución.

Así fue como me enteré de que el ‘Manual para padres mayores’ de mi cuñado Rubén pasó al tío Amadeo a través de la mafia de la distribución, antes incluso de que fuera traducido por los homeless. A mi no me pareció muy interesante, pero le eché un vistazo para ver si era el mismo. Tenía algunos cambios, o es que ya iba por la segunda edición…

-Le he puesto un prólogo -dijo el tío Amadeo-. No resisto la tentación de meter baza en casi todo lo que pasa por mis manos.

Le sonreí, como cuando me daba la paga del sábado, por ordenarle los archivos.

-Lo que pasa es que te habría gustado ser tú el autor. Para que tus peques lo comentaran en el cole.

Me dio un empeñón cariñoso, para acreditar su buena forma.

-Anda lee.

Lo hice. Qué otra cosa podía hacer en ese momento. Pero poco, porque me producía nostalgia.

 

Tranquilos, que esto es como lo de Silva, unas gotitas para lubricar. Luego sigo con lo mío. Para lo otro aún no tengo permiso.

 

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