El taimado Ulises me dio una idea. (El rey de Castilla. 47).

El taimado Ulises me dio una idea.

Fue cuando me quitaron la subvención, o sea el sueldo miserable que me ganaba haciendo de recadero y menestral a tiempo completo. Me lo quitaron sólo porque me distraía.

Y era verdad.

Cuando jugaba al ajedrez pensaba en el fin de semana y durante el fin de semana pensaba en los fantasmas del lunes.

-Este chico se dispersa.

Un diagnóstico certero, pero facilón De todas formas yo me alegré, porque así dejarían de llevarme al psiquiatra y éste me anotaría en su agenda de víctimas.

¿Por dónde viajaría mi héroe en estos tiempos? ¡Por internet! Y así lo hice, remedo del rey de Ítaca, vencedor de Ilión.

Y encontré a e-bay. Y a todocolección. Un flechazo.

Ya sabéis que en el mundo todo va por parejas, así que el fracaso habría resultado evidente si no hubiera hallado a los dos juntos, y casi al tiempo.  A partir de ese momento de éxtasis, puse en marcha mi imaginación y moví los anaqueles ocultos -o no tanto- de nuestras exiguas posesiones materiales. ¡A la libertad por el comercio!

Le pedí a mi hermano que me hiciera una página, o un blog, o un portal, algo propio, en el que yo fuese todo google, y las gentes en masa acudieran a mi reclamo. No me escuchó.

Así que deambulo precariamente por los océanos procelosos, perseguido por el cruel Poseidón, sin que, a veces,  mi protectora Atenea llegue a tiempo de desviar su furia.

Ya me iréis entendiendo.

En el Club no tratamos de cosas propias, problemillas personales, cosas así. Eso lo hacemos fuera. En el Club nos dedicamos a salvar el mundo, y en esta Corte eso es cada vez más complicado. Así que mis cuitas no son objeto de las órdenes -o los desórdenes, como dice Guardiola, mirando las jaulas de los macacos- del día.

Todo fue bien al principio. Iba tirando, nunca mejor dicho, porque puse en venta mis colecciones de tebeos, hoy llamados comics, por cuatro perras, y mis sellos, ya sabéis, los del abuelo,y todo lo que no fuera prisión de los Registros burocráticos, como el de la Propiedad, que al parecer defienden frente a terceros un intento de supervivencia de los primeros o segundos.

Pero en esta vida todo se acaba.

La indigencia llamaba a mi puerta. Mas Dios aprieta sin ahogar casi nunca, así que una tarde descubrí las ranuras.

El tableado del suelo en la tienda dejaba mucho que desear. Grandes aberturas en las juntas dejaban monedas sueltas, despistadas de las manos de sus poseedores, ocultas entre los tablones. De modo que cada sábado, al cerrar, me deslizaba por el ventanuco que daba al almacén, subía a la cocina de la casa, cogía las llaves, abría la puerta de servicio, cerraba y me disponía a hacer la recaudación semanal.

No era mucho, pero era fácil y metálico.

Hasta que se percató el dueño. Mi tío Diego, más listo que el hambre.

-¿No manejas tú mucha calderilla?

Porque siguiendo las enseñanzas de mi mentor, el gran Odiseo, yo le echaba cara al asunto y le llevaba las monedas en saquitos, para que me las cambiase por billetes.

Una mirada furtiva al suelo cuando una cliente perdió una moneda redondita y brillante, bastó. ¡Ah, picarón! Tuvimos una discusión moral.

-Así que te quedas con mi dinero.

-De eso nada. Es el dinero de quien lo pierde, no el tuyo.

A partir de entonces sobreviví con los innumerables objetos de desecho, almacenados, olvidados, constreñidos, ajados o atesorados, según se mire, en los hogares y aledaños de todo bicho viviente. Y os confirmo que así como bastan seis saltos en el conocimiento humano -o sea en las relaciones personales, no en lo de Hume, que es peor- para llegar a la Reina de Inglaterra -qué grima- pues hay gente para todo. ¿Lo pilláis? Pues que todo puede venderse, si se encuentra quien lo compre… O algo así, y lo más lo más que se necesita para vender lo que sea, pues son seis saltos.

La cosa es saltar bien.

Por ejemplo, los trofeos de caza que estaban arrumbados desde que mi tatarabuelo perdió la escopeta.

¿Venderlos a un cazador? No. Eso sería humillarle.

Primer salto: Reclamo de antigüedad o decoración. Segundo: Señor o señora que no caza, pero tiene un amigo que caza y le pone las orejas coloradas presumiendo de cornamenta. Tercero: Oportunidad,y cuarto, negocio hecho. Así coloqué todos los ciervos de la bodega.

¿Y los libros del tío Amadeo? Un precioso Aranzadi, de los que salen en las series de abogados, para impresionar. Porque una de las normas del buen abogado es abrir poco los libros gordos, y dejarse llevar por el instinto.

Primer paso: cebo: cambio de despacho. Segundo: alguien que no quiera usarlos, sino exhibirlos. Tercero, un puntito de originalidad en la decoración, cuarto, varios candidatos, y negocio hecho.

Y así los muñequitos Kinder -con ellos me había fabricado un ajedrez muy guay-, los cromos de recortar, el juego de té de la abuela, con un vaso roto, en fin. La ropa era más complicada. Sólo la compran los fetichistas, y me daba yuyu inventar que mi jersey de Baqueira había sido sudado por Aznar.  De todas formas una vez lo intenté con unas braguitas que pasaron por prenda de la dulce Norma -Marilyn para vosotros- hasta que alguien denunció que no era su talla, la de Marilyn. No tuve ni que dar excusas, porque, a pesar de ello, insistieron en adjudicárselas.

¡Ah, la fe! Casi tan potente como el odio: sólo se necesita alguien que odie a otro para que ese odio se extienda. Sartre dice que a toda la humanidad, pero es que era francés.

Usando mi tiempo como un patrimonio aprendí a temer algo sabiendo que se puede perder. Y según me hacía mayor lo que más temía era que me lo robasen, esa conciencia de estar dentro de él, del tiempo, como si fuera el aire o la vida. Disfrutarlo como de las vacaciones -que no recordaba siempre con placer, porque  aludía a veces a la soledad, hasta que la sustituí por el viaje, el real o el interior, aún más real si cabe- sabiendo que llegarían las clases, o de éstas, porque sin ellas no habría vacaciones, que es lo más sencillo de entender del mundo y que no comprendemos casi nunca. Ya ves.

Bueno. Lo que Caín sentía por Abel (o era Abel por Caín) era ajeno a los sentimientos y a la razón. Se trataba de pura biología. O de pura bioquímica. El caso es que a Caín -o Abel- le había surgido el problema desde muy dentro, como un quiste, y al tiempo se ahondaba desde fuera, como un clavo… Así que no había forma de hacerlo desaparecer, ni de sajarlo, ni de tratarlo, ni operarlo, ni ignorarlo. Ignorarlo. Tal vez. Dejar que siguiera su curso, que las células buenas le pudieran, no al revés, lo que aún era dudoso… Y que el tiempo ocultase el punzón como si fuera ya parte de la piel, como esas espinas que se rodean de una costra que percibes cuando la palpas pero acaba por no dolerte, y la ignoras, y la haces ya parte de ti. Pero eso no sucedió. Las células malignas se alimentaban constantemente y el dolor de la espina no se revestía siquiera de un velo traslúcido. El quiste crecía, se hizo tumor, presionó los órganos que le rodeaban, los hizo estallar… y sucedió… Fue el día que el muerto de Madrid ocupaba la acera de Bravo Murillo, y yo escuché, por vez primera, la voz de Eva, su madre, en el descansillo de la escalera.

-Caín, dónde estás, Caín. ¿Has visto a Abel?

Y claro, pensó lo mismo que vosotros.

-¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?

Pero esto no lo oí. O no lo escuché, ve a saber, con el tumulto de los salvadores tardíos, el Samur, la Poli, los bomberos, el 112, la empresa de limpieza urgente o Selur. Y los vecinos de la zona, incluyendo a Rosa la Lustrosa, mi portera.

En el barrio vivían otros dos hermanos, los indigentes homeless, y el juez pegador de niños. Estaba divorciado o su mujer no aparecía, que es igual, así que cuidaba él a sus hijos con una mucama. Tomás y Justo jugaban al ajedrez, al Sudoku y a una complicada Oca que iba de la Nada a la Moncloa  -pasando por los avatares de la política y los negocios- y hablaban entre los dos diez o doce lenguas, vivas y muertas. Eran los intérpretes oficiosos y cuando algún guiri se despistaba, Tomás y Justo departían con él, hasta que los efluvios corporales de tantos días sin asueto mareaban al interlocutor, que debía ser asistido en cualquiera de los cien bares próximos, con o sin churros, según la hora. Años atrás fueron muy cotizados, pero cayeron en desgracia después de traducir el folleto que les encargó el Alcalde para dar a conocer su ciudad. Y sólo porque decía cosas como estas:

“Madrid es una ciudad en la que si todo va bien lo pasas estupendamente. Los turistas la recorren buscando con sus cámaras no se sabe qué, porque todo está a la vista: los innumerables agentes de movilidad con sus libretitas para multas; los cuidadores del SER para los coches que aparcan en la calle a cambio de dinero, con sus libretitas para multas, que edita la misma empresa ‘ad hoc’ que las otras libretitas para multas del Reino y el Concejo. Los vendedores (?) de La Farola, los malabaristas de semáforo, ‘auténticos artistas! Las manifestaciones, los restaurantes siempre llenos, los cines vacíos, los teatros llenos, los Bancos, muchos Bancos, digo los del dinero, y de los otros pocos, los árboles escuchimizados con la tortura de la polución, pero ¿quien corta el flujo de pasta que los vehículos dan al municipio a cambio de aire más limpio, por ejemplo? Los millones de lucecitas de Navidad, de alto consumo, montajes naïf o ultraguays, la candidatura a unos juegos olímpicos que si se celebran provocarán el mayor caos de la historia urbana, que sólo sufrirán los ciudadanos que no estén en los lugares de ocio, que no tengan coche oficial, que no sean representantes o representados de algo con subvención o presupuesto… O sea, unos pocos. En Madrid no se trabaja, se vigila el trabajo de los demás. Se mira, se pasea, se espera. Madrid es una ciudad cagada, con parques cagados, aceras cagadas, en las que los canes, por millones, y las palomas, tienen su cagadero. Tiene Madrid el mejor museo del mundo, las chicas más guapas, el casino más bonito, la caterva de limpiadoras rumanas y brasileñas más numerosa, los fumadores de calle más abundantes, la ineficacia administrativa y la venta de juego, ocio y puterío más espléndida de la Desunión europea.

Me gusta Madrid. Si no estuviera hecha, haríamos nosotros la letra de esa canción. ¿O es ‘me gusta mi novia’?

En Madrid, cada habitante es un experto. Y algunos son especialistas en varias cosas. Sí. Sobre todo los taxistas, que lo saben todo excepto el camino más corto o más rápido y que ahora ponen un navegador para hacer bonito. En Madrid también está el Gobierno, que se alegra mucho de que baje el petróleo, porque así paga menos, pero no baja la gasolina. Y los Bancos, que no sabemos si se alegran de que baje el euribor pero es igual, porque ellos suben el diferencial y así cobran lo mismo o más, como siempre. Esto de la Banca es curioso. Tienen el dinero de la gente, lo prestan y a los dueños de verdad no les dan nada por ello, aunque sí piden mucho a quienes lo reciben. Es como lo de ser cornudo y apaleado, o sarna con gusto no pica, o algo así, porque el refranero ya no es lo que era. Y la gente se pone contenta. Si eso lo hiciéramos nosotros nos llamarían de todo, pero si es un banquero sale por la tele y hace pactos de una cosa que llaman política económica y que es para echarse a llorar. El banquero tiene guardaespaldas, que viste mucho, juega al golf y siempre va rodeado de gente con traje. Los futbolistas van aparte. Sobre todo los del Madrid, porque el Atlético es gafe…”.

 

La verdad, no entiendo por qué se cabrearon tanto con ellos. Eran unos precursores. Unos videntes, profetas, pitonisos… Y eso me recuerda que tenemos sesión a las cuatro. ¡Vaya horitas, con esto de la jornada continua de los ectoplasmas!

 

 

 

 

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