Hice una convocatoria urgente. Aquello era orden del día prioritaria del C.D.F. (En la Corte del Rey de Castilla. 45).

Hice una convocatoria urgente. Aquello era orden del día prioritaria del C.D.F.

Creían que era un Club de fútbol, por lo de las siglas, pero en realidad respondía a un acróstico, o a un apócope, no tengo a mano la chuleta de las figuras retóricas y de dicción: siempre la usaba en los exámenes, porque a mí el nombre me daba un poco lo mismo. No era como el maestro, y en eso pequé siempre, porque Platón seguramente dijo que el nombre es arquetipo de la cosa, aunque sea un verso de Borges. Es una contradicción que habla mucho de mí.

Club de las Decisiones Fundamentales. Eso es. Ojalá estuviera a mano siempre, incluso cuando estás solo, o paseas por la calle y no sabes qué hacer. Miras y tampoco sabes si los demás lo saben, porque todo el mundo parece ir a su aire. Y además aquí, en Madrid, la gente va muy deprisa, lleva a los niños arrastras sin dejar que se demoren en los escaparates o mirando las cacas de los perros pisoteadas por los viandantes, y gritan hasta con su silencio. Parecen todos cabreados, o a punto. Me genera mucha ansiedad vivir, con tanto ruido de motores, y esas miradas agresivas, y encima sin dinero, que no sé quien dijo que no es lo importante. Hombre, no lo es si se tiene poco, pero mucho es otra cosa, claro. La gente de pasta no se cree superior, lo es, y en eso los curas nos dan una buena lección porque siempre se nota cuando tratan a unos o a otros, a los ricos y a los pobres. Lo mismo pasa con los banqueros, los políticos, los tenderos y las mujeres. Es como oler un culo en celo y otro limpio, no hay color.

Sacudí mis zapatos -eran unos Clarks del 43, heredados de mi hermano, casi nuevos- en el felpudo de la entrada. Lo habíamos recuperado de un expolio, cuando se tiraban las cosas por puro lujo, y como era de exterior marcaba fielmente los ‘limina’ de nuestro santuario. Cerca aullaban los macacos, que siempre nos reconocían. Ya estaban esperando ‘El Púas’ y ‘El Poeta’. Tomé asiento en el alto triclinio, un sillón de formica y poliester indeformable, irrompible y amarillo. Llegó ‘El Sudaca’.

-Sacúdete el hombre viejo -le apuntó ‘El Púas’, con su voz de tenor profético. Ventruda, claro, a lo samurai. Porque había entrado sin limpiarse los zapatos en el felpudo.

-Perdón -dijo el sudaca, que como sabéis es andaluz, pero le gusta el apelativo, porque es más sonoro. Sonreí al recordar nuestro encuentro en el Parque de Berlín.

-Yo he sido capitán de yate, y piloto, y más cosas. Y soy andalú. El acento confunde. Queda más exótico, así como del Altiplano, Bolivia, esa España lejana.

Había pasado el tiempo, como un vientecillo que te rodea sin enterarte. Aprendimos mucho de él: era un filósofo. Aunque siempre dice lo mismo. Que para esta época de inseguridad no es poco.

Nos quitamos los zapatos y los dejamos sobre la alfombra. Una vieja estera afgana, del desierto,  con escenas de caza. Depredadores aéreos y terrestres , halcones y leopardos, acosaban a las pobres gacelas y los indefensos antílopes, también a algunas palomas, que tenían que soportar aquella injusticia de la naturaleza. Todo muy naïf, con texturas vegetales, trenzado a mano, y una maravillosa decoloración del poniente. Mi abuelo la compró de joven en una subasta y estaba arrumbada, a punto de sucumbir como merienda de los insectos devoradores de alfombras afganas del desierto, cuando la rescaté. Nadie se percató de su ausencia, como si hubiera volado guiada por Aladino en busca del Genio de la lámpara.

Expuse el caso con escueta precisión porque no había merendado. El andalú alzó la mano.

-¿No esperamos?

Me percaté de que aunque había quorum -sólo faltaban ‘El Automático’ y Silva. Guardiola andaba por allí cerca, haciendo horas- era norma de cortesía interna del C.D.F. Esperar a la segunda convocatoria, una hora después de la primera, por si el caso.

Además, quizás nos ayudaría mucho algún dibujo o frasecita de ‘El Automático’, un dotado de energías paranormales, a quien sólo comprendíamos los miembros del Club. Se ponía en trance y ya sólo se trataba de interpretarle. Puestos a ello, no era más difícil que Nostradamus, por citar.

Suspiré. Todos mirábamos los dibujos de la alfombra, que parecían danzar suavemente. Entonces llegó la gata. Se acomodó en el rincón, apoyando su cabeza de Siam sobre el cojín y nos saludó con la mirada. Nunca faltaba a las sesiones del Club. Las aguantaba hasta el final, y sólo se iba antes del cierre si alguien alzaba la voz. No toleraba discusiones ni malos modos. El poeta la bautizó.

-Es del palacio de Bangkok. Se llama ‘Diamante de la luna’

Asentimos. Estaba clarísimo.

El Púas tarareaba. Había sido músico profesional, y se retiró cuando vio repetido el concierto de Año Nuevo en el Musikvereing por la tele. Alguien le oyó decir: ‘Yo puedo hacerlo mejor, pero no tengo billete’. Ahora coleccionaba números de móvil y frases. Decía que cada persona es su número de móvil y que el diablo tiene un 616, y no un 666, por lo que toda la leyenda del número de la bestia es un timo, o un mito, según. Y las frases, pues para cada momento. Decía que cada instante es eterno, y todos tienen sus palabras.

En realidad no sé por qué ‘El Púas’ era miembro del C.D.F. No era socio fundador, y ninguno de nosotros recordaba cómo se metió en el ajo. Lo cierto es que tenía un cerebro matemático a tope, una mente prodigiosa, pero no se llamaba Nash y pasaba desapercibido porque la Complutense no es Princeton.

-Púas, oye -le dijo el Automático un día- ¿por qué no te traes un piano? -Lo decía en serio, el chorbo- Podemos dar conciertos para fieras y orquesta. Mira, lo tengo soñadísimo.

Nos mostró un carboncillo ininteligible, que parecía la hermana de Alicia colándose por el tronco del árbol. No me digáis por qué era una y no la otra. Cosas de los dibujos parapsicológicos.

Cuando todos recriminaban la ocurrencia y se metían con el pobre Auto, saltó el Sudaca:

-Ca uno es ca uno.

Que es lo suyo. Me recordaba a ‘El Séneca’ -a lo mejor por eso nos ponemos nombrecitos-. Al de Pemán.

Éramos cinco ya. Y la gata. El poeta, El Auto, El Púas, yo, Guardiola y sólo faltaba Silva. El Sudaca no cuenta. Es miembro itinerante. Con los andaluces ya se sabe.

-No vendrá. La última vez se fue un poco mosca.

El orden del día era escueto: Qué hacer con el problema de Cime, mi hermano.

-Lo mejor es prohibir el matrimonio. O ponerle plazo. Tal como está es inconstitucional.

El poeta hizo una moción:

-Lo de la geometría. Mejor poner ‘música de las esferas’. Es que he comprado esto en la Cuesta Moyano.

En Madrid quitamos las ‘des’ a las calles y las plazas, para ahorrar.

-¿Las crónicas de Narnia?

-Quiá. El Arqueómetro. Los ángulos son el sonido. Sinestesia. Las campanas del Tibet.

Estábamos acostumbrados a que el poeta saliera por la tangente, así que íbamos a votar.

Siempre había empate. La decisión final era nula. Cuando estábamos todos, ya lo sabíamos, y cuando éramos impares -la gata no contaba- alguno se abstenía. Pero el numerus clausus era una conditio sine qua non de los fundadores, entre los que a efectos prácticos metíamos a ‘El Púas’.

Bueno, falta Pili, pero tampoco  cuenta. Es también un miembro in itinere. Siempre está de camino y nunca llega. Vive fuera de Madrid, que es como vivir menos. La gata parecía esperarla. Cuando hablaba por el móvil sacudía las orejas y escuchaba atentamente. Pensábamos que sólo ella podría mantener con el felino un convincente diálogo. El tiempo nos dio la razón.

 

 

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