Encontré a mi hermano en un banco del Retiro. (En la Corte del rey de Castilla. 44).

Encontré a mi hermano en un banco del Retiro

dándole de comer a la última ardilla. Decían que las otras habían perecido a manos de alguna tribu ardillopófoga de la zona.

-Hola, Cime -dije, y esperé.

Mi hermano tiene un nombre más normal, claro. Se llama Cirilo y Metodio. Es que mis padres pensaban que eran gemelos -algo habitual en la familia- porque el ecógrafo se equivocó. Y venían de un viaje a las iglesias ortodoxas de Turquía y Rusia, así que se quedó con el duplex. Para abreviar le llamamos Cime aunque el prefiere Meto, que suena algo vulgar.

Mi hermano, con la mirada fija en el pasado, sólo añoraba una cosa: que le hicieran la pelota. ¡Tiempos de poder! Fue fácil presa de Monipodio. Como tenía estudios de postgrado le reclutaron de ‘camello’ y luego de ‘mula’ para pasar ‘mierda’.

Y ahora, me asustaba su mirada, ingenua, derrotada como la de un niño sorprendiendo al ratoncito Pérez. Tal vez mi hermano había visto a los Reyes Magos. Pero no me atrevía a preguntárselo. Hasta ese momento todo parecía haber ido bien, o sea que nadie  había prestado la menor atención a sus problemas. Es la forma en que la gente cree que todo te va de miedo. ¿Todo bien, no? Dicen, orgullosos de contribuir a esa bienaventuranza. Y los problemas, de pronto, saltaron como un geiser de Yellowstone al ojo del oso Yogui. Pero no hizo falta. Hablaba al mundo, justo en el momento de las trompetas, como si Woody Allen tocase la Traviatta en el Valle de Josafat, en medio de un coro de angelotes negros, tipo Obama,

-La Apocalipsis.

Mi hermano sabía griego, por eso decía la y no el, como debe decirse el KGB y no la KGB. A mí eso me chocaba, lo de los artículos.

-El puto juez dice que tengo que darle la sangre también, en transfusión directa, y si me quedo seco será por mis pecados, y que lex dura sed lex o algo así.

El latín se le daba peor. Como a todos los héroes. El sol de otoño se filtraba por las ramas de un castaño orondo y orlaba su cabeza, como el aura de una foto Kirlian. Parecía El Santo, o un santo, y me dieron ganas de invocar algo fuerte, pero no se me ocurría nada, excepto la Odisea, cuando Poseidón mandó congregar las nubes y turbó el mar. El estanque podía ser el escenario de la batalla.

-La pensión. No puedo pagarla.

De eso se trataba. La ex le traía por la calle de la amargura No lo necesita, y brindaba con champán a primeros de mes, festejando que le daba bien por la retamfufa.

-Que se jodan -decía. Los hombres en este país son todos unos tarados. Menos mal que nos apoyan los políticos y los jueces, a las pobrecitas mujeres.

-¿Y lo de la igualdad? -inquiría yo, ingenuo.

Esas cosas no deben preguntarse. Son reaccionarias. Me senté a su lado, como una mascota. Estuvo a punto de rascarme la cabeza, pero se dio cuenta y retiró la mano, que temblaba.

-¿Y una cagadita?

-Si te pillan, con tu reuma no aguantas la trena.

-Lo tengo dabuti. Me pego un tiro.

Ya lo había hecho su amigo el artista, Frodo, que se puso así por el de ‘El señor de los anillos’. Tenía los pies grandes y peludos y una casita en el pueblo, al que llamaba ‘La Comarca’. A todos nos gustaba remedar a algún famoso, ya que no nos sacaban en la tele. Lo mío era por complejo -más acusado aún que en el resto de mi parentela, algo taradita- ya que eso de tener en la familia gente que hablaba griego clásico era cosa de Freud. En mi cuarto tenía dos letreros, el viejo que conservaba de pequeño, pegado hasta con mocos, y que decía ‘Llamad antes de entrar’ y un recuadro del frontispicio de la ‘Academia’: ‘Nadie entre aquí que no sepa geometría’ y que trasladamos con banderín de balontiro y todo al Club, porque parecía más su sitio. A Frodo, la primera vez se le encasquilló la Luger -era una reliquia nazi. A la segunda puso perdido el parabrisas. Como en las pelis de los Cohen. Después de eso, su madre, la tía Pepi, dejó de hablar. Ya no tenía nada que comunicar al mundo, o temía que alguien le hablase de aquello, mirarle y tener que contestar. A mí eso me pasaba a veces, y por eso imaginaba que ella sentía lo mismo. En algún momento se cruzó nuestra mirada, y fue como si nos lo dijéramos. Yo lo sentía por la calle con desconocidos, normalmente mujeres, y sabía que iban  a llorar o a discutir o a vengarse, todo echándole la culpa a  los hombres de su vida, y es que las damas son muy suyas, aunque antes se decía eso de ‘muy señora mía’, por cumplir.

Las desgracias son el centro de la vida. Y del mundo. Lo otro gira alrededor, como insectos en torno a la bombilla, y acaba cayendo y quemándose. Todo. Es el efecto del big bang, del agujero negro, del albredrío, de la puta madre que lo parió.¡Y para este viaje…! Por eso lo que decía Joaquín, el portero de Ayala, la casa del Marqués.

-Me acuesto pensando en el cafelito.

El cafelito de por la mañana. Era su objetivo en la vida, sí señor. Nada de llegar a la siguiente estación, no del Metro, del Año, que cada día se distinguen menos, y que en vez de cuatro parecen dos: verano e invierno, las peores. La abuela decía que no, que las peores son primavera y otoño, porque se te remueven los fluídos y estás fatal, entre triste y tristísima, y todo es malo o malísimo, y el agujero del pecho llega a los antípodas, y se pierde el asombro. El país de las cosas sin nombre, el lugar de la congestión, todo apelotonado en las fosas nasales, no puedes apenas respirar y se te quitan las ganas de seguir, porque el camino no existe. Lo que pasa es que sabes eso, que todo continúa, a pesar de ti, y contigo.

El cafelito. Sabores y aroma: negro y dulce. Claro y fuerte, allí, arrebujado y greñudo entre las sábanas, más o menos sofocado entre las carnes de Paca, su oronda, Joaquín soñaba una vida mejor: el cafelito matutino, y quizás el bollo o la tostada… Pero eso ya sería demasiado. Y la felicidad, mejor en su punto medio.

Siempre he sabido que el punto medio, el equilibrio, necesita de dos. No me preguntéis qué dos, la duplicidad, la bigamia, la bilocación, la segunda copa gratis, pero mi hermano Cime eran dos, él solito, así que conmigo son tres, y eso no encaja del todo. Bueno, el viaje a Bizancio, o Estambul, o Constantinopla, fue también iniciático, una catarsis, como ir en Metro un par de estaciones por Megarit. Por eso todos los héroes tienen nombre en griego y en latín, como si no fueran el mismo. ¡Qué chasco!

 

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