El tío Amadeo. (En la Corte del rey de Castilla. 43).

El tío Amadeo

tenía su despacho en la mismísima plaza de Quevedo. La llaman Glorieta, porque da a varias calles, creo.

Caín, Amador, no son nombres. Son advertencias. Abel, Amadeo, a esos se les puede dar más tranquilamente la mano.

Me estoy haciendo otra vez un lío con los nombres. Pero ya me entenderéis. Es como en esas comedias, donde el mismo sujeto hace varios papeles, o sea, por ejemplo de marido y de amante, y al final la mujer y la amante son la misma cosa. Pero yo, si estoy despierto, me pierdo, y necesito dormir un ratito, mi cerebro descansa y cuando despierto lo pillo todo mejor.

Silva lo hace. En los conciertos. La relajan, y ronca un poquito.

Bueno, si hay demasiadas cosas no se encuentran aunque se busquen despacio. Eso le pasaba a Faulkner. Mi tío Amadeo me lo contó a su modo: decía tantas cosas que se encontró el Nobel, seguramente para que dejara de escribir, como cuando llegas a casa y te ponen la cena delante,y ya está, dia finito, o sea acabado, no delgadito. Se te quitan los argumentos para seguir vivo, o sea incordiando, hablando, esas cosas. Ahora ya no se estila eso de ‘voy a darme una vuelta’. Te quedas viendo la tele. Está en el programa de manipulación de masas.

Lo mismo le pasó a su discípulo Márquez, García, Gabriel, que después del Nobel se atoró. Un poco. O se perdió en Macombo.

Mi tío Amadeo y yo somos de letras. Eso está mal visto. Yo soy aficionado solamente. Y al ajedrez, como Arrabal, el enano disonante que se cree un genio. Si hubiera nacido en USA y fuera del Partido demócrata, tal vez habría llegado a senador, a Presidente… A la luna. El padre del tío Amadeo, en el 69, mi tío abuelo Miguel -por eso me pusieron el nombre- se subió a un taburete en la terraza de la casa de Virgen del Puerto,y dijo: “Pues no se ve a nadie”. Había luna llena y un tal Amstrong decía que se estaba paseando por Copérnico o cualquiera de sus mares, secos como la voluntad de un heroinómano. La nave se llamaba Apolo, y ya sabéis que es hermano de Venus .Pero no fue el primero. El tercero fue antes, ya veis. Una buena peli, con eso de la penicilina, y los parques en blanco y negro, y el gordo de Wells, que nunca supo actuar hasta que le imitó Fernán Gómez y le pusieron un teatro.

Entonces no era todavía el tío Amadeo, porque no me tenía aún de sobrino. En nuestra familia pasan esas cosas; vamos por pares. Mi tatarabuela inició la cuenta, que se recuerde: tuvo veintiún hijos, y de ellos seis gemelos, tres pares. Luego se ha repetido, y cuando no, buscamos el contraste: uno bueno y otro malo, o eso parecería si ve desde fuera, que las apariencias engañan. Amadeo y Amador son hermanos, claro, y me recuerdan, cuando están con El Poeta, a esa peli antiquísima de Clint Eastwood, ‘El bueno el feo y el malo’, que tiene una estupenda música de flauta a lo Morricone. Luego, veinte años después, siempre me hablaba de los Beatles y de una novia dominicana que se llamaba Elena y se fugó con sus ahorros y una colección de sellos.

-Lo que me jodió fue lo de los sellos. ¿Para qué los quería? Eso hay que saber manejarlo, si no te dan dos duros.

Se atusaba el bigote,  descolorido por el tabacazo de pipa, importado directamente de las colillas de los Marlboro que se fumaba a pares, como todo.

-Lo del dinero… -Se encogía de hombros, y sonreía con un rictus de cinismo, o de melancolía-. Pues yo habría acabado dándoselo, claro… Se supone que se lo llevan todo, pero eso no me habría dolido…

Me servía otro whisky, que es bueno para los huesos, la circulación, el cerebro y el olvido. O el recuerdo, según se mire. O a la vez.

-Esto sólo es malo para quien lo prohíbe. -Me miraba con los ojillos chispeados, idénticos a los de su hermano, pero los de éste eran fríos y los de Amadeo cálidos, y no me digáis cómo se puede saber eso-. Y los estudiantes veteranos tenéis que estar preparados para todo: sois la sal de la tierra, ahora que vuelven a abrir las Universidades de letras.

¿Os lo había dicho? El último Gobierno de Patacero suprimió los estudios de Letras. En la Hispania fecunda no había ya letras ni para descontar en el Banco. En las dos anteriores legislaturas se habían eliminado los últimos reductos de humanidades, o sea, filosofía, lenguas clásicas, esas patochadas que hicieron grande a Occidente. La Academia sueca no iba a tener ya problemas de elección para un Nobel de literatura en lengua española. Se lo darían siempre a algún sudaca. Aparte de escribir como los ángeles, ya no tenían que competir. Y eso que el Premio Príncipe de Asturias  de las letras estuvo en vigor un par de años más, porque a Leti se le antojó un texto de los ‘Negros Espirituales’ y estuvo investigando en Nueva Orleáns y en Nueva York. El de la City para ver y oír al centenario Woody, achacoso y clarinestista, y el otro porque quería poner el broche de oro al antiguo premio de su nombre dándoselo a  una solista de blues, cuyo peinado copió en la Pascua militar de 2028.

-Los sellos eran del abuelo -sentenció el tío Amadeo. Y con eso me aclaró por qué había sentido tanto el latrocinio.

-Todo lo demás se lo quedó él, mi hermanito Amador. Pero a mí me gustaba esto. Le recordaba con la lupa, paseándola por los álbumes como si estuviera acariciando a una odalisca. Lo de odalisca -me aclaró, muy serio- lo copié de un grabado, un desnudo artístico que también le mangué, pero que luego me descubrieron en el buró del dormitorio. Daba gusto verla.

El tío Amadeo me inspiraba confianza. Estuve en un par de ocasiones a punto de contarle lo de nuestro Club. Menos mal que me contuve, porque cuando se mamaba era más locuaz que el loro de John Silver el Largo. Y nuestro secreto era demasiado importante y tan frágil como una oblea.

Le gustaba presumir de chorizo, como esos que presumen de feos, porque así encontraba sentido a lo que poseía. Comprar algo carecía de mérito, heredarlo, aún menos. ¿Entonces? Canjear. El trueque. El obsequio a cambio de algo meritorio. Y el botín de guerra.

-Allí nadie quería nada… Eso decían, hasta que se vinieron a Madrid. Entonces, la rapiña.

El tío Amadeo tenía un recuerdo triste de aquellos años, que en casa de mi padre  vivieron con la pila del agua bendita en la cocina. Ningún interés material en apariencia, la Novena a la Virgen del Perpetuo Socorro, una advocación muy evidente para los egoísmos y las codicias de los beatos, y el rosario. A mí el rosario me recordaba a los mantras. Un día se lo dije.

-No seas irreverente -estuvo a punto de decir blasfemo, pero mi padre, que es Libra, gusta de la precisión-. Esta es la única religión verdadera.

Por cierto, de los estudios humanísticos se mantuvo, como la ciencia medieval en los monasterios, la teología. Claro que eso no es humanismo, sino divismo. Es broma. Estas cosas de las dilogías, o sea lo equívocos y tal no las entiende la gente. Una vez se me ocurrió decir algo así de doble sentido en una cena, a mi lado la mujer de un  ministro, y al otro el Subsecretario de Cultura. Tuve que explicarlo. Y eso es peor que explicar un chiste. ¡Qué vergüenza!

Lo del rosario era interesante. Un montón de misterios, como un thriller escatológico. Yo me apunté, total… En la pelis te pillan, porque eres furtivo: te han cerrado la ventanilla y no puedes sacar el ticket, así que la cagaste. Pero en la vida real tener todas esas aventuras, dolores, gozos… ¡Vaya plan! Se lo montan bien los jefazos! Yo me conformo con una dosis, alta, eso sí, de optimismo y tener las manos y la cocorota a punto.

Y la próstata. Yo sabía que era un punto flaco. Mi padre, mi abuelo… Me daba miedo. Aquella tarde, en el Club, después de la junta en la que decidimos hace frente al ‘Usuras’ y al Inspe’, casi no me salió una gota.

-Es por los nervios, me dijo Guardiola -que nos había prestado la jaula de los monos, la que estaba en restauración para un SPA de lujo. Nos vino de perlas que fuera celador del zoo. Alli hicimos amigos entre las especies más distinguidas de los llamados animales irracionales. Salus per acquam. De jovencillo descubría la talasoterapia. Los Diez Mil se recuperaron de Persia viendo el mar: Thalata, Thalata!

Pero no era sólo por los nervios, aunque a mí me dejaban en blanco. Al principio me iba bien, porque lo utilizaba para no estudiar, y decían: ‘es que el chico se pone nervioso y se queda in albis’. Pero eso es como frotar el termómetro para simular fiebre, acaban pillándote… salvo que seas un tío muy listo. Y no era mi caso. Más listo era el tío Amador y no le valió de nada. Yo le sorprendí un día hablando con su santa:

-Mira, no creas que tengo por ahí alguna y por eso no te hago caso… Es que desde que me operaron de la próstata, ya no soy el mismo.

Palabras sabias que me quedaron grabadas a fuego, y me encogían las entrañas. El tío Amador hizo un versillo que iba al pelo:

Próstata, próstata impía,

¡qué jodida eres, cabrona!

Visceraza que presiona

Mi más intima hidalguía.

 

No sé cómo iba después, porque perdí el manuscrito en una mudanza.

Una próstata de ochenta gramos, no es nada… Hay             que llegar a los 106, como el bisa.

Y casados, o sea reteniendo cada día el suicidio y resistiendo cada día el asedio.

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