Consulté mi ‘calendario de días’. (En la corte del rey de Catilla. 41).

Consulté mi ‘calendario de días’,

para ver qué hacíamos Silva y yo la tarde del sábado. Era el dieciséis, el primer sexto, así que no sirve ni para plantar ni para casarse, pero sí para tener un varón. ¡Qué cosas tienen los griegos!

De eso nada; ni hembra tampoco. Por la crisis.

Eché un ojo al biorritmo. Fatal, Nefas. De pena. Me tomé la tensión. Doce ocho. Un partidazo.

Me largué un Tarot con una copichuela de Málaga virgen. Hice la tirada corta, y el espejo me devolvió un par de  coces.

Miré el crepúsculo. Algo fallaba en el mundo.

Tenía los condones caducados, por falta de uso. Antes los compraba por docenas, y ahora me bastaba casi mirarlos.

 

(Hace falta consultar los días, hacer de Hesiodo, y también el biorritmo, que los japoneses aplican a los pilotos de Japan Airlines, en serio, y los gurúes a sus políticos; también la pirámide, que es la tienda de campaña de los alquimistas,  fas, nefas, Tarot… el secreto de Eva en el Paraíso).

 

 

Me aposté en la puerta. Entonces lo vi: salía, y se desplazaba como al sesgo, era el mismo Acheves. ‘Estoy resiclando mi conosimiento del Tao, ya ves… Para mi próxima subida a Mont Segur…’. Y luego la sombra. O era muy rápido o no era y era yo.

 

 

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