Mi tío Amadeo. (En la corte del rey Felipe. 23).

Mi tío Amadeo

decidió no llegar a viejo y me hizo el favor. Luego entendí la frasecita: ‘Nada tan vulgar como el sexo… Por ello sabe tan rico. Y cansa’.

Yo fallo mucho en los regalos. Las chicas quieren regalos, porque así les parece que te tienen pillado. Mi madre tuvo una asistenta, Brígida, que nos regalaba cosas que iba afanando en nuestra propia casa. El regalo siempre te sobra, y a cambio de él quieres otra cosa siempre.

Mi tío Amadeo decía que la mentira y la felicidad son la misma cosa y que las dos tienen la misma importancia.

Después de aquella reunión con los próceres, mi experiencia había adquirido tintes de epopeya. Mi tío, para ampliarla, me llevó a los cenáculos de republicanos y masones, que eran unos señores -no había señoras, aunque se hablaba mucho de ellas- y allí aprendí muchísimo. Nos vestíamos de ‘Padres de la Patria’ americanos, con peluca y todo. Leíamos en inglés algunas frases de la Declaración de derechos o sea la Constitución de los  Estados Unidos y algún tranco de las nuestras, que son muy divertidas. Los Estatutos de Autonomía parecen redactados por un comité de camellos, pero no los de Camel, aunque sí bien requetefumados. ¡Qué aburrimiento! Allí supe que todo está manipulado, y que la profesión de los políticos es como la de las putas, sólo que menos honorable. Cuando quieren algo lo compran, y llaman a eso mayoría de los demócratas. O sea, los pactos se hacen a cambio de dádivas.

-Ya no es como antes. Los hijos no se destinan ni a la Iglesia ni al Ejército, pero sí a la política, si se puede. Desde que mataron a Montesquieu en una de esas Asambleas de la ONU.

Fue cuando los medios de comunicación, antes prensa, pusieron el culo y cobraron de lo lindo, también en especie, o sea emisoras, puntos de emisión o como se llame.

Mi tío era un liberal, y eso ya no tenía significado, así que de vez en cuando se adhería a los especuladores para sobrevivir. De momento no supe de qué se trataba exactamente.

-Lo importante es tener una profesión que odies. Así aprovecharás la crispación para hacer cosas útiles. ¡Nada hay peor que dormirse en los laureles, Miguelito!

Yo no entendía ni media. Siempre nos enseñaron lo contrario, o sea que hay que amar lo que se hace, o al menos intentarlo. El tío Amadeo, mi ídolo, la referencia familiar, el triunfador, odiaba su profesión, o eso parecía dar a entender. ¿Me lo diría a mí, porque me consideraba lo suficientemente tonto? A veces sólo se dice la verdad a los niños y a los idiotas.

-Cuando te digan muy en serio que digas la verdad, y la dices, el interlocutor pensará que le tienes por estúpido. Siempre hay que mentir. Dar al otro la oportunidad de pensar que es más listo que tú y te ha pillado, hombre.

Por ahí iba la cosa. El tío Amadeo fumaba Winston, bebía Whisky de malta, Calvados de digestivo, un Montecristo del 4 al atardecer y dos veces al mes mariscada en Preciados. De lo otro no hablaba apenas, pero era vox populi su encanto y su devoción.

Le conté lo de María.

-Tráela y le echamos un vistazo.

Lo hizo. Le echó un vistazo a ella y a mí me palmoteó la espalda.

-Algo habrá que hacer… Le echaremos una mano.

Es lo que pasa con las dilogías, los equívocos de esta lengua endiablada que nadie conoce. En cuanto te sueltan algo así no sabes si es casualidad, ironía o menosprecio. En fin. Yo me sentía como un paria en los suburbios de Calcuta, o un cochero de los palanquines o un remero de los sampanes de Singapur. Gilipollas, para resumir.

 

 

 

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