Mi padre, que estaba ya harto de pagar dos pensiones… (El rey de Castilla. 37).

Mi padre, que estaba ya harto de pagar dos pensiones

-en este país las mujeres divorciadas se buscan una renta vitalicia a costa de los ex, como si fueran un grano en el culo, y cuidadito con tocarles sus derechos- y hasta las pelotas de trabajar para un montón de gente, incluyendo los funcionarios, nosotros, los hijos improductivos, Hacienda que somos todos pero sólo trabajan unos cuantos, la luz, el gas, el teléfono, esos servicios que cuestan como si funcionaran da buten, las reparaciones, los seguros, la mamandurria, que en Madrid parece foie de oca y caviar de Beluga, pues mandó todo al carajo, incluyendo su seguro de vida, y se arreó un infarto de dos pares de cojones que le produjo un ictus y algún que otro estrechamiento definitivo de la aurícula derecha y aledaños, o sea que quedó para el arrastre. Sonreía el hombre, ya con la absoluta, pensando que nos habíamos cepillado a la gallina de los huevos de oro. Aquella tarde en el hospital me dijo:

-Donec eris felix, multos numerabis amicos.

Y pensé que se había ido la olla. Pero enseguida me tradujo, por libre.

-Cuando estaba bien, todo eran palmaditas y ahora, a tomar por culo. O sea, tempora si fuerint nubila solus eris.

Me dio un sobre. Dos billetes de la PanAm y diez mil dolares en billetes de cien.

-Haz un master. Esa gilipollez que si la haces fuera parece que te convierte en alguien competente. Fíjate en los gurús del país: por mucho que se equivoquen, lo explican de puta madre. Para eso son MBA, IESE, y tú no debes ser menos. Por algo eres el más tonto de toda la familia.

Me miró con sus ojillos de hombre gastado, que algún día pensó, como todo el mundo, que la felicidad era algo posible. Ya ven. Se le notaba, porque las venas del derecho temblaban, y era como si hablasen.

-Repasa la historia, y luego haz lo que te de la gana. Eso decían de la fe y las obras, pues igual.

Mi padre estuvo mucho con los curas del Puerto. Los jesuítas. Por eso era ilustrado. Pero yo fui enseguida  a San Isidro. No es igual, así que no le pillaba ni media. Suspiró.

-Debí enseñarte latín. Una cita en inglés, viste. Pero en latin… Ya sólo las hacen los suizos.

Le miré apretando los billetes. Calculaba a cuánto estaría el euro, para cambiarlos. Porque nada más lejos de mi intención que exiliarme en USA para estudiar. Aunque me remordía la conciencia, porque aquello parecía la última voluntad de un condenado o un moribundo.

Pareció oír mi pensamiento.

-Haz lo que quieras, sí. -Me apuntó con su índice huesudo, que en otro tiempo tocó un Pleyel de media cola en la salita de la abuela-. ¡Pero después!

Señaló mi bolsillo, donde se refugiaba la pasta y los billetes. Ahora suspiré yo. Porque como dijo aquel romano, Julio, pasando el río: ‘La suerte está echada’. Cuando regrese lo diré en latín. ¡Ya casi me apetece!

 

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