La acompañé hasta Montera, (El rey de Castilla. 38).

La acompañé hasta Montera,

donde una caterva de putas montaba guardia. El alcalde había hecho peatonal la calle para facilitar el comercio. Y vaya si lo hizo. Me gustaron varias, pero es que yo no soy nada guarro. Una pena. El reloj de Aguirre dio sus campanadas, y entramos en el garito.

-¿Vienen dos? Pago adelantado, pago adelantado.

Los chinos también repiten frases. Debe ser una costumbre para dejarlo claro, o porque no se fían.

-Yo sólo acompaño.

-Esperar fuera.

Como los indios de las pelis clásicas, las que tienen extras de Almería

-No, no. Es que…

-Esperar fuera.

El vestíbulo no existía, pero aún así esperé. Recostado en la pared, me acordaba de la copla: ‘apoyá en el quicio de la mancebía…’ y me daba un pelín de cosilla, repelú, vergüenza torera, no sé, bueno, de torera poco, a mí los toros ni en cromos. Recostado, digo, en la pared, con mi lumbago a punto de eclosión como un pollito, bueno, un huevo empollado, de veintiún días. Le puse nombre, al tiparraco. Era alto, gordo, feo y olía. Así que le llamé Tifón, que parió a Cerbero. Por lo de la puerta cerrada, que por cierto tardaba mucho en abrirse y se oía un ruidito extraño, al principio un forcejeo, y luego un no sé qué. Pero yo a lo mío, o sea, a nada.

Como estaba acostumbrado a los contubernios de los griegos -lectura obligada de las trampas y mistificaciones de los héroes; cosas de papá- no me sorprendió ver a mi cuñada algo rarita, abrochándose aún la falda, que era de las antiguas, porque las modistas no llegan a más en el barrio, ya la había oído quejarse de que a ella el ‘prête  a porter’ no le iba nada, y al monstruo sentado al fondo, jadeante, con el resuello de un toro después de la pica de la garrocha en el morrillo. O sea, que el sanador usaba medios especiales para su oficio. Yo, como aficionado nunca lo hice, entre otras cosas porque me daba corte exhibirlos y además no me atrevía. O sea, que ganas no faltan, sino industria, aprender a ganarse el género.

Por la escalera repasaba yo el conflicto o sea el apuro en que me había puesto mi cuñada y su frivolidad. ¡Qué moderna, la tía! ¿Sería por la zona? La miraba, y mantenía el perfil de buena chica, aunque eso no tiene nada que ver, porque acordáos de Billy -o era Willy- el Niño. Podía cambiar el nombre al bicho o llamarla a ella Equidna, porque al menos tenía ojos bonitos, y más ahora que se le habían encendido. En casa podría orden en mis notas.

Por cierto, he decidido llamarla Nike, a Silva digo, la de bellos tobillos, como el eslogan de la victoria. Aunque, ¿alguien pensará que Ben Johnson tiene bellos tobillos? Pero Silva sí, os lo aseguro.

Por eso mismo a Eva, la madre de Caín, yo la llamaba Hécate. Le iba mejor. Sobre todo porque esa reina de las bestias tenía un par de retoños salvajes. Y hacía magia. Las mujeres hacen magia por naturaleza, no hace falta ser Ulises y liarse con Circe, aunque ayuda. Ponía velas en la bañera, echaba agua y se ocultaba entre la espuma, de la que emergía como una foca en el Ártico, resoplando de vez en cuando.

A mí me llamaba Epimeteo, porque soy una ruina. Y eso que al final casi conquisto a Silva, la dulce, que también pude llamar Erato, la deliciosa, claro, pero me sonaba mejor lo de Nike, y Janta la rubia. Como aquella domadora que estaba Bárbara.

Porque nunca se aprende, con esto de los nombres, que sólo se dedican a a crearte problemas. Y las necesitas, como un ludópata perder todas sus ganancias y volver al juego empeñado hasta las cejas.

Al menos el muerto no era mujer. Así que no pudo darme gafe.

En eso de que la mujer trae el mal a los hombres coinciden la Biblia y la teogonía, así que…

 

 

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