Fui a casa de mi hermano. (En la corte del rey de Castilla. 34).

Fui a casa de mi hermano.

No recordaba la letra del piso, el cuarto, pero no había duda. Mi cuñada ponía Radio María y seguía los cánticos con fervor, acompañándolos con voz gangosa. Llamé al timbre inútilmente, pues el tintán se perdía entre el fragor de los cacharros y el duetto ‘a capella’. Como no tenía mejor cosa que hacer -excepto renovar mi carnet de paro, pero eso lo haría más tarde- me puse a canturrear yo también y eso me animó un poco. Así me encontró la vecina.

Y congeniamos enseguida. Aunque me miró como diciendo ‘éste es de la familia’. Yo supe que había algo más en sus profundos ojos grises, como los de una sirena de Disney. Cuando cerró la puerta y dio ese par de pasitos en el rellano me acordé del bolero, o lo que sea, que cantaba María Dolores Pradera: “Te mueves mejor que las olas…”, cuya letra no había comprendido hasta ese momento. Porque todo llega en la vida y nunca estamos preparados para recibirlo. Pero entonces podemos decir: “Un momento, todavía no”, o algo así, y funciona. A mí me funcionó porque lo hice.

-Hola, soy…
Le dije mi nombre de guerra.

-¿Tú eres? -pregunté, muy seguido, para no perder el paso. O sea, muy astuto. Picó.

-Silva de Velázquez.

Me quedé pensando. Ella también inventaba nombres. Sólo que el suyo era de princesa italiana, o algo así. Debería haberme puesto uno parecido, como Amadeo, que para eso ya tenía uno en la familia. O Filiberto. Pero es que yo soy muy gañán, o sea godo, godo.

Esto de los nombres es muy importante. La mayoría de la gente hace con los nombres como con las puertas, o eso quisiera: las deja abiertas, cuando debería cerrar y conformarse. ¿Por qué nunca estamos a gusto con lo que hay?

En aquello estaba, tan filoreflexivo cuando cesó la música -bueno, lo que sonaba. Mi madre decía que lavar los platos era como tocar el piano- y mi cuñada salió al descansillo secándose las manos con un trapo, precedida por un cierto estrépito. Tenía que garantizarse el cotilleo y eso le exigió una rapidez incompatible con la adecuada disposición de sus platos y cachivaches.

-¡Ah, eres tú!

La miró a ella, pero sin duda se refería a mí. Así lo indicaba su tono neutro, plano como el primer acento de las prosodia china.

No os había dicho que estudio chino. Sí. En el INEM no lo dan. Sólo cosas que no sirven para nada, que es lo que proponen esos entes que viven del rollo.

¡Pero el chino!

¿Imagináis poder hablar con un montón de millones de personas tan grande que todo el mundo le tiene miedo? Los chinos son como la marabunta. Si se ponen en marcha ya no hay quien los pare. Así acabaron con los gorriones. Cuando Mao. Resulta que se comían el grano, así que, un día, el gran conductor, el guía siempre alerta de las marchas incansables hacia no se sabe dónde, logró hacer una convocatoria, y ya es difícil, o eso dice la leyenda urbana del Ze Dong. A la misma hora -solar, porque aquello es enorme- todo el mundo batió palmas, como en un tablao, y no dejaron posarse a los bichitos, ‘bugs are fun’, que murieron agotados. Luego se los manducaron fritos. Ya se han recuperado, siguen comiéndose el grano, y las miguitas de los cuentos, y el gran Mao Ze Dong sigue presidiendo en efigie los desfiles y las avenidas. Y es que la unión hace la fuerza, o al contrario. Tenía razón ese que opinaba que lo de arriba y lo de abajo es lo mismo, aunque parezca al revés, que es como se ve todo mirando al espejo. Bueno. Siempre hay alguien a quien perjudica lo que hace otro. En este caso a los gorriones.

¡Pero somos tan egoístas!

Mi cuñada dejó la puerta entreabierta. Silva comenzó a descender del Olimpo. Yo la seguía como el rayo de Zeus -qué metáforas tan cojonudas se me ocurren- y así hasta que salió a la calle.

¡Vaya suerte! Había descubierto un tesoro, como Jim sobre la cubierta de ‘La Hispaniola‘. ¿O eso eran las manzanas?

Bueno, a mí me pasa como a casi todos los españoles, que lo de la cultura… Pero la mitología y el Tarot me apasionan. Ya os habréis dado cuenta.

Entré en la casa. Mi cuñada me estaba esperando ya, en el dormitorio. Se había sentado en el velador -cosas de su madre, la dueña del pisito, que ahora vivía en el pueblo- y aguardaba. Tenía la mirada perdida entre los visillos, buscando la última mosca del verano.

Me senté despacio, como un conferenciante de lujo. Y saqué la baraja.

Porque, si habéis pensado mal, estáis en lo cierto. Yo le echaba las cartas. Le salía más barato y acertaba más o menos igual que cualquiera. Mientras mi hermano el ludópata se jugaba los préstamos en el bingo.

 

 

 

 

 

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