Entonces apareció el pequeñín. (En la Corte del rey de Castilla. 40).

Entonces apareció el pequeñín,

Con su cara de ratón y su mala leche, se dedicaba al noble oficio de usurero. Como los Bancos, en mini. Dice Hesiodo que la mala reputación es un dios. Cela me parece que dedicó algún libro ‘a sus enemigos que tanto me han ayudado en mi carrera’. El tío Amadeo repetía eso de ‘que hablen de uno, aunque sea bien’. Le corregían y él pues se callaba, porque a qué explicar que no, que era eso lo que quería decir, porque más, mucho más prestigio del bueno da la difamación que la alabanza. En este país antes llamado España, digo, y en todas sus secuelas, incluida la corte del Rey de Castilla. Bueno, el caso es que de la calumnia siempre queda algo, y por eso se emplea. El mal, eso de hacer daño, no es gratuito, siempre viene con segundas, y no pasa así porque así. La casualidad no trae cuenta en ese tinglado. Y no basta la conciencia -quien la tenga- para satisfacer y tranquilizar al difamado. ¡Cuánto se echa de menos, a veces, pasar desapercibido!

Al Poeta le ha pasado algo curioso. Ya sabéis que es amiguete del Fenómeno, el futbolista. Así que viene un tío pidiendo ayuda para no sé qué líos con la federación de boxeo, pero el menda es sordo, y no puede ser profesional. El Poeta convence al Fenómeno, le recomiendan, y nada. Es como decir a una maestra de bachillerato que apruebe a un mirlo que no sabe dividir por dos cifras. Así que el boxeador se cree Sinatra en plan mafia, y le endiña al Fenómeno una serie de amenazas y al Poeta una zurra que a poco acaba en pepitoria. El tío Amadeo dice que hacer un favor es una humillación, y el favorecido quiere siempre vengarse. Por eso Jesús el sabio dijo  eso de que cuando hagas el bien que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu mano derecha. Ahora dirían que lo que hace una mano le parece mal a la otra, así que da igual.

Si te mueves algo te cae encima. Y si no lo haces, también.

El pequeñín -que no tiene nada de tierno, así que le llamaré ‘el usuras’; lo otro es cosa de Emilio, que pone motes a todo quisque- apareció en mi vida de rebote. Fue una tarde, ya avanzado otoño, en el Café de las Letras. Habían hecho peatonal el barrio, y como yo soy un mortal sin vehículo me gustaba hacer por allí de literato arruinado. Al menos cumplía una de esas dos conjugaciones de la necedad. Y como no hay español que no haya escrito un libro, pues apurando un poco, las dos.

-¿Eres el hermano de…?

Aquí tengo que parar, porque si no la respuesta va a despistaros. Y también la pregunta. El caso viene por los nombres.

Al Café de las Letras me había llevado una amiga de mi hermano, un sujeto, como veis, fecundo en amistades. Por lo visto también en ardides, que es una cualidad indispensable para sobrevivir cuando se elige hacerlo en la vorágine del mundo. Mi padre, que como ya he dicho estudió en El Puerto, lo decía mucho:

-Luego te das cuenta de que no vale la pena casi nada.

Que no es gran cosa así, de pronto, pero si te paras a pensarlo, un Séneca.

O sea, incluso si eres funcionario, o te quedas en casa con tus papás ancianos, chupándoles la pensioncita. No está hecha la vida para el inocente, a quien vulgarmente se llama tonto. Lo de vulgar se me quedó de Lope, y Lopisantos, el dramaturgo, me lo contó después de una tertulia de esas pagadas por el Casino:

-Ya lo dijo el Grande, Vega mi cuasitocayo,” pues que lo paga el vulgo es justo hablar en necio para darle gusto”.

De esa manera los aplausos, cuando llegan, son un homenaje a la vulgaridad. Paradojas simpáticas, como cuando cazaba el barón de Miés, en La venganza de Don Mendo, y el Marqués de Moncada dice eso de “toman las aves por buey a vuestro padre el barón”, porque las asustaba con una lumbre, una esquila y un cencerro.

Sigamos.

Los ardides ajenos -me pongo plasta porque sé que os gusta, y es bueno para el insomnio. Nada tan entrañable como la salivilla por la comisura, el libro derrengado en el regazo, un incipiente ronquido, la lectura fallida del sábado tarde, cuando las vísperas se aprovechaban rumiando el goce y no estropiciando la sensibilidad, en las rúas urbanas y sus subterráneos. Como quedarse frito viendo la tele o en una conferencia magistral, incluso en algún concierto. El morbo del contraste-. Los ardides ajenos, vaya, asustan más a quienes no los emplean, porque no saben que esto es el póker: entre farol y farol, a ver si te la clavan.

Recuerdo que era el día 27. Tres por nueve, el mejor día para poner el yugo en el pescuezo de los bueyes, y yo apenas me di cuenta.

Eso fue porque ya no se hace caso a los días, con sus números,a pesar de que los chinos dicen que el cuatro es malo y el ocho bueno. Y es que China tira mucho, pero no en esto. A mí me gusta el cuatro, día de Afrodita, y el ocho es más bien para trabajar, cosa que no se me da lo que se dice demasiado bien.

Bueno, ‘el usuras‘ aguardaba con su carita de ratón, balanceándose como el monito del tambor.

-No.

Me miró frunciendo el ceño y se sentó.

No me importó que lo hiciera, siempre que pensara pagarse su consumición. Además, de repente me di cuenta.

-Bueno, sí.

Este cambio rotundo e instantáneo de parentesco no le conmovió. Pensé, creo que con razón, que no me escuchaba.

Y entonces me dio el sobre.

‘El usuras’ no sabe escribir un sobre. La mitad de los letrados y casi todos los estudiantes, tampoco.

El sobre es un trozo de papel que se usa como receptáculo de una comunicación interna, que se mete dentro, vaya. Y tiene que hacerse figurar el destinatario en su lugar, no de cualquier manera, por arriba, como si estuviera siendo recorrido por un hormiguero.

 

 

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