EL POETA. (En la corte del rey de Castilla. 25).

El poeta

tenía una réplica de la mesa del Procope, la de Voltaire. Decía que no había nada tan ingenuo como el sexo: dos personas desnudas, indefensas, intercambiando bacterias. Es que había estudiado medicina, pero colgó la bata por escrupuloso. Me costó convencerle de que se uniera al CDF, porque era un misántropo de aúpa. Esa era su cualidad más apreciada, y la que estuvo a punto de hacerle famoso, o sea de que se le concediera algún premio.

Yo soy un nieto de F.F. -decía- el escritor más antipático del mundo. Un modelo de mal gusto y fobia al fan. F.F. f.f.

Le encantaban los equívocos y el juego de las palabras. Sabíamos que se refería a Fernando Fernán Gómez -le quitaba la g, porque le recordaba al punto erótico que nunca se encuentra- y a su mala leche. Una virtud casi tan inestimable como la de ser gay declarado o miembro liberado de Green Peace, los fetiches del siglo, ahora que los USA se han rendido a la crisis.

-En cuanto os lea mi catarsis, me echáis. Yo no soy un tertuliano del Dragó.

Las noches blancas habían quedado como el arquetipo de las buenas formas entre invitados y anfitrión. Dicen que un día estuvo Arrabal, beodo, y se creyó García Márquez en Macondo. Casi tan importante como Pizarro en El Perú o Cortés en México, o sea un… ¿cómo lo llaman ahora?…un exterminador.

Pero no fue así. Nos contaba las historias dejándolas en el aire, suspendidas de sí mismas como las de Sherezade, bueno era su intención, porque el poeta, como buen andaluz, tenía más vanidad que un político de izquierdas.

-Por cierto -me dijo una tarde, antes de leer a medias y a medias inventar el argumento de la Ilíada, convertida en Stalingrado- Di a tu cuñado, el del Manual, que Pizarro inició la conquista de Perú casi a los sesenta años. ¡Que se anime!

Se lo dije al tío Amadeo. Mi cuñado me había retirado la palabra, como dicen en las comedias de Calderón, y aún no sé por qué. Imagino que por afinidad, los hermanos de mi ex mujer no son mis amigos, alguna tontería así.

El tío Amadeo, genio y figura, se plantó:

-¿Y eso a qué viene, Miguelito? -Hizo un gesto torero- ¿No lo dirás por mí, verdad?

Se despidió con un guiño, como en los viejos tiempos, cuando le pillaba en Korynto inflándose de cigalas y Albariño.

En aquellos tiempos era muy de izquierdas. “Éxito seguro, M.” -decía- “Ser de izquierdas o parecerlo. ¡Me río yo de la cáscara amarga! ¿No lo ves? Cineastas, escritores, farándula, políticos, claro… hazte comunista y guárdate la pasta”.

Parecía tan simple…

El mal recuerdo se recuerda y crea tristeza y mal. El buen recuerdo es sólo para saber que existió: no se recupera la felicidad.

 

 

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