Cerraron el Museo. (El rey de Castilla. 30 bis).

Cerraron el Museo,

pero yo seguí, porque había visita de la Fundación y los retoños ilustres. Me recordaba a la de Asimov, y un poquitín los contubernios de los próceres y del tío Amadeo, pero en fino y con parentela menuda. La presidía un primo de Felipe, que fue a saludar a Froi. Casi se me escaquea el puñetero, distraído yo como estaba con la nurse, que era nueva y estaba buenísima.

El niño se detuvo ante ‘El jardín de las delicias’.

-¡Ahí está! -casi grito. Pero pensaron que era el niño porque me salió el flautín de los nervios.

Las buenas migas que había hecho con el viceheredero se notaron. Fue el único que miró el lienzo, buscando como en un rompecabezas. Y es que uno puede pasarse horas recomponiendo el Jardín, que es un mosaico y una peli detenida, como el fotograma más complejo del mundo. Me alegré de que no estuviera Silva, porque siempre andaba con explicaciones, y esta vez se suponía que era yo el maestro. Una guía que retiraba a su grupo extemporáneamente nos echó el ojo, rumiando qué haríamos ante el enigma. Pero yo lo tenía claro. Señalé. Froi asintió con los ojos abiertos como platos.

-Es igual que en el otro. La misma cara. Le brota la salivilla por la comisura.

Le presioné la nariz. El niño me observaba horrorizado. Una parte del marco se movió y saqué el paquetito. Estaba bien envuelto, era muy fino, y no medía más de treinta centímetros de lado. Me lo guardé bajo la camisa, para protegerme del frío. Eso le dije a Froi, que estaba boquiabierto como un aristócrata consumado. Llevaba camiseta -yo, digo- así que apenas sentí el roce de la estraza, o algo similar, que protegía la pintura.

Y en ese momento sentí algo: una mezcla de placer con el misterio y el absurdo que, supongo, era todo aquello que estaba viviendo. Sentí un jardín, con tantos senderos como en Francis Bacon -Borges era un figurante- pero con orden y sin tanto odio a la vida espiritual. Me eché a reír. Froi me miraba con devoción, como si fuéramos el mismísimo Al Capone y su lugarteniente. Supongo. En alguno de ellos, de los senderos, los sujetos y los objetos fluyen libres, con su esencia, sin constreñirse a ser descritos, sin normas al uso.

El mérito no es pintar la luz, Froi -le dije-. Lo bueno es palparla.

Hizo un gesto, como si intentara atrapar una mosca y metérsela por la nariz al dragón lagartija de Mulan. Me acordé de Hegel justo a la vuelta, cuando oí los pasos del otro guarda, el que meaba cada veinte minutos. Me acordé de la lucha que impulsa a la libertad para salir por las ventanas.

Pero estaban cerradas. Entonces me concentré como un buen zumo de tercera generación. Tenía una nueva tesis para El poeta: la libertad de las narraciones, y sobre todo de las que se insertan en otras, como si fueran lunares o verrugas o caricias o…

Froi me tiró de la manga. El sujeto nos miraba con cara de asombro. No, de estúpido estupor, como si le hubiéramos sorprendido en pleno regüeldo.

-¡Pero qué diablos!

Lo típico. Como si fuera tan sencillo entrar en la intimidad de los personajes llevando una cachiporra. Sobre todo en  los personajes que se contradicen. Nosotros. Desde luego, aquello era arte, pero no una novela histórica por capítulos.

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