Caín y Abel. (El rey de Castilla. 32).

Caín y Abel

se llevan tan mal que parecen un matrimonio, amantes, pareja, hombre y mujer, entre quienes la guerra no tiene -o se rompen- normas o condiciones o curso como un río. Se desborda y arroya. No, no lo corrijas, digo que hace arroyos. La traición es su lema, y por la conquista todo se rompe, se cede, se da, se mancilla. La conquista -o la ruptura- todo lo justifica: es el único fin que realmente ni se plantea qué medios usar. No sé quién dijo que el matrimonio es la unión de dos egoísmos para triturarse. Algo así. Pues nada más exacto con estos dos, y alternativamente con ella. La otra. ¡Rómpete corazón, que nadie va a notarlo! Esto me recordaba a Silva. Y a mí. De ella me agradó sobre todo comprobar que no se esforzaba en imitar a nadie, o sea a representar lo que se supone que es una joven, y encima estando como un queso. No sé por qué se dice así. ¡Vaya descanso, ser uno mismo! ¡Nada de políticamente correcto para que ‘haya paz’! Sólo en ese momento de la vida -que a veces nunca llega, por lo visto- en que se acepta uno como es, se empieza a vivir. Bueno, empieza a vivir el otro, ése que no dejamos ni respirar asfixiado por el que quieren que seamos. Se puede decir mejor, pero lo comprende todo el mundo, sobre todo traducido porque en este mosaico de la antigua España ya se encargarán los escoliastas y los acotadores de decir que esto está muy mal descrito, claro.

La madre les miraba como al temario de oposiciones. Algo bueno debía aguardar dentro de aquéllo, pero se veía poco. Empezaban a discutir temprano, cuando la espada flamígera recortaba el horizonte y lo teñía de escarlata O’Hara. Había procurado educarles, leyendo en sus manos las líneas de la vida, pero desistió al ver cómo la de uno de ellos se truncaba demasiado pronto, y no alzó la cabeza para comprobar su identidad. Cerró los ojos y aposentó la lengua en el paladar como si buscara una espina entre los incisivos.

Comían poco, pero derrochaban fuerza, alimentados por el odio, que es el núcleo de un cometa perdido. Lo buscaban seguros de no encontrarle, y así jamás podrían perdonarse. Por estar juntos, tener el mismo origen, y ninguna excusa para el mal.

Así fue la historia.

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