En la corte del rey de Castilla o el jardín de las delicias. 22. (Yo creía que el muerto y … De repente me di cuenta).

Yo creí que el muerto

había muerto por infarto al ver su cuenta corriente en Caja Madrid, pero debió ser por Caín. Le dio un susto de muerte. Y es que oír estas cosas, sin saber de qué van, se aguantan fatal. Casi me pasa lo mismo cuando el viaje. El grupo cultural de Eva organizó un viaje a El Escorial. No estaba mal elegido el sitio, que por eso se llama así: Real sitio de San Lorenzo de El Escorial. Eva me asaltó en el Panteón de los Reyes. Me arrojó contra el frío mármol negro de San Pablo de los Montes, algo impropio de una republicana.

-Con mis antecedentes, teóloga me iba a hacer.

Bueno; remontarse al Edén parecía algo exagerado. Digo por el ‘odium teologicum’, esa inquina hacia el Creador, sólo porque había echado a sus homólogos de aquel aburrido jardín.

-Sí, sí… Aburrido.

Lo dijo mirándome de soslayo, como en el estrambote del túmulo, que venía al pelo en aquel santuario de Felipe II, el antecesor del Rey de Castilla que D.G.  Pero no se me escapó la picardía.

-¡No me digas que te conservas  tan joven!

Se echó a reír, como habría hecho, supongo, el mismísimo Cagliostro, después de su penúltima renovación o resurrección, cosas de poca monta, mientras los demás nos dedicamos a cuestiones transcendentes como ir a El Corte Inglés o ver ‘Las noches blancas’, que sigue, con Dragó ya momificado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De repente me di cuenta

de que ya empezaba a considerar normal en mi vida esta situación caótica, o sea que antes de Caín yo era lo que fuera y después igual pero al revés, y las dos cosas daban lo mismo. Como el enfermo que se habitúa o el sano que se acostumbra, y así con todo, a ser y tener lo que son y tienen y lo demás se ve lejos o como irreal, o se olvida, o no se cree

-¿Era eso pasar las de Caín?

Se lo pregunté al psiquiatra, pero me dijo que no me preocupase, que siguiera con lo de A. (o S.). Él sabrá.

Por mi parte sentía un gusto especial en haber descubierto yo solito a los gemelos, y en haberme liado con el ligue de mi hermano. Yo podía estar loco -sólo un poco, porque me gustan los billetes- pero no era invisible.

Fue entonces, en esa etapa de seguridad, y con las dosis a medias (sólo ansiolíticos y un par de revitalizantes naturales) cuando conocí a María. Ya sabéis.

María era rumana. Y casi tan tímida como yo, así que nuestro encuentro estaba destinado al más absoluto fracaso. Pero… la Providencia, que vela por sus pequeños, nos olfateó, sintió nuestras necesidades -que en mi caso eran muchas y grandes- y se decidió a echarnos una manita. ¡Gracias! Y Silva, entretanto, en mi recuerdo, pero un poco apagada, porque se lió, creo, con su monitor de Pilates.

María no era tan tímida. Tenía un novio bujarrón y proxeneta, pederasta y chuloputas, que la explotaba y me robó la nómina del bufete Carlines, que paga en efectivo. Yo hacía de mensajero de confianza, y ya ves.

Luego la vi en la Casa de campo y Rosales, vestida de colegiala, ejerciendo el oficio de Lolita.

Pero eso fue después. Mucho después de que me encandilara con la nunca bien ponderada farsa de la ingenuidad. Para ingenuos yo, que diríamos un montón. Podría hacerse sopa de cocodrilo a base de tanta lagrimita. María era experta en mirar a medias, te daba la mitad, y te imaginabas que el resto esperaba, entre la comisura de los labios y el fruncido de la naricilla, que debía crecerle invisible como a Pinocho. Las mentirosas compulsivas son inteligentes, como las cleptómanas tipo Marnie, y es difícil pillarlas en un renuncio, porque hilvanan argumentos y construyen edificios con sus invenciones, laberintos en los que te pierden al menor descuido. Y encima tenía las tetas más golosas del barrio, que ya era poner, en un cuerpo frágil para que el contraste hiciera daño en la sensibilidad. Aquella tarde en el Café de Italia, en la Glorieta de Quevedo, salía con un vaso humeante entre las manos, según la moda itinerante de los anglosajones con el desayuno. Me fijé en su ojo, un pelín morado, y en la blusa entreabierta. Por ese orden, no creáis.

-¿Ha sido un golpe o es que te han pegado?

La culpa era del anuncio. Tanto perseguir maltratadores, por el Metro, la tele, la prensa, no os dejéis, denunciad, los hombres son todos unos cabrones, cosas así, pues yo iba de Dick Tracy.

-No, no. Gracias.

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