Solo en casa… con Anita. (En la corte de Felipe. 17).

Solo en casa… ¡Con Anita!

 

Domingo, 7:15. ha dormido desde las 0.40 del sábado. Se anota como acontecimiento en su cuaderno de Bitácora. Fecha 00/00/00. Intuyo que me aguardan hechos heroicos. Estoy pesado, como la niebla que oculta hoy El Escorial. Aún no humean las calefacciones y los últimos noctámbulos sortean vehículos de insomnes medio ebrios. Un día más ¿un día más Efectúo mis abluciones rituales, ojeo la prensa de ayer, pienso como siempre en mañana. No sé cómo me apaño para ignorar el presente, como si “carpe diem” fuera una prohibición algo así como “cave canem”. Latinajos, claro. En el monográfico de ABC me desaniman los lenguajes del siglo que viene e-commerce, tecno moda, qué se yo. Así que añoraré pronto a los antiguos clásicos semiextintos. ¡Qué será del pobre Virgilio y su Eneida? Me parece que aún no he descubierto La Odisea. La niña aprenderá a moverse, a hablar , a precisar, como sus hermanos y más si cabe, porque yo, de magíster, poco. La miro, digo a Anita, en su minicuna, me devuelve la mirada, azul como la de Alfonso, en una carita parecida a Laura. Es linda. Toma su primera comida del día, teta a tope. Se queda satisfecha, plácidamente instalada. Ha echado tres aires y dos regüeldos. Se anotan. Después del cólico de gases del otro día, estamos controlando el sistema. Ayer hubo que cambiarle hasta la medalla de neonato. En fin, demos gracias y estemos contentos, mejor eso que una obstrucción intestinal. Algo así opinará Shrek cuando le toque. Mejor fuera que dentro, vaya grosería. Pero ahora he de prepararme, porque a la madre se le ha ocurrido que tiene que estirar las piernas, Dios mío, qué cosas, y me deja, nos deja solos. Claro, yo he puesto la cara de autosuficiencia y aquí estoy, dispuesto a todo, capaz de todo, los últimos de Filipinas, a mí la Legión. Espero que no me pase como con la Bolsa, que por valiente y por seguir a los expertos he perdido hasta la camisa. La niña está tranquila, sonríe a su modo, con los ojos. Me sentaré a su lado, en el sofá, así mi presencia hará que se mantenga confiada. Abro el libro, “El Tunel”, de Sábato. Ya sé que no es la lectura más apropiada, pero me pillaba a mano, no quiero alejarme mucho de la fuente de conflictos. Suena el pí de la alarma: sale la mamá. Me siento. Duerme. Castel, el pintor, está por aquí con su maraña de manías al borde del túnel, me entra la modorrilla postprandial después del Nescafé. Me gusta el llamado café vienés, o el bombón, dulce como los besos de las doncellas. Anita me reclama. La saco de la cunita, la coloco sobre mi hombro , eructa. La echo en la cuna. Protesto. Vuelta a empezar. Ahora se me acurruca, bailo con ella al ritmo de Julito Iglesias, el multinacional de Benidorm. Creo que es la única pareja que no protesta, está a gusto conmigo. Ensayo unos pasos de baile al estilo Gene Kelly -Fred Astaire me queda algo mayor- y tan contentos. Nadie nos critica, eso que hacen los demás sin fijarse en ellos mismos. Nos sentamos en el sofá, a sestear ¡Que felicidad! De repente , sin previo aviso, como es su costumbre, la sirena. Un agudo aviso de emergencia “Espera, que te preparo el biberón”. Imposible. No espera, le urge mi atención inmediata. Cacofónico, reiterativo, la tomo en brazos, un barullo pucheroso que demanda comida. Con ella encima caliento el agua, echo las cinco medidas rasas, suena el teléfono. Suena el móvil. Agito el agua, cierro el biberón, agito de nuevo, no he cerrado bien, se sale, lo enrosco otra vez, sigue saliéndose, suena el teléfono, suena el móvil, llaman a la puerta, llora la niña, grita la niña. El berrinche, llega la sirena de emergencia esta vez en su momento de mayor estridencia. Voy, voy, grito. Se han calmado los timbres, ha huido el visitante, pruebo la temperatura del bibi: leche fría. ¡El calientabiberones está desconectado! Lo enchufo, muevo a tope el mando, introduzco en el agua el recipiente, como hacia la cuna. ¡Un pequeño ser morado me observa, con las fauces abiertas, la campanilla agitada, los ojos en un mar de lágrimas, el gesto reprobatorio, una explicita acusación de torpeza y descuido en su grito de guerra! A estas alturas los vecinos deben estar alarmados, o alertas, o expectantes. Alfonso habrá llamado al 112, emergencias dígame. Otros comentarán que los del 13ª dejan sola a la niña. En la próxima Junta votaré que  no a todo. Saco a la nena, la meneo, le enseño el mundo hostil y nublado por el ventanal del noroeste. Le enseño el Bernabeu para animarla. Arrecia en su crítica. ¿Será del Barsa? Como  con ella en la cocina. Siento algo húmedo en mi mano, debajo de su espaldita, la saco: sí, empapada, regreso al cuarto, la tumbo. ¡Dios mío! Esto es una declaración de principios: o me atiendes ipso facto o Normandía, Troya, los últimos de Filipinas, el crac del 29… pero tengo que mudarla. La desnudo, y no quiero transcribir el proceso con detalle: se agarra a cada manguita del body como un náufrago al último bote salvavidas, luego me engancha los pelillos del pecho y tira y tira, desconocedora del aprecio que les tengo, cuando se los ha apropiado comienza a introducírselos en la boca, junto con el puñito completo, lo extraigo, voy a por la lupa, saco los pelazos uno a uno, parece que se ha entretenido algo escupiéndolos, o saboreándolos… ¿será canival? Supongo que la Nidina o el Nutriben leche de lactante no tendrá nada de vaca loca, puaf. Reanuda el llanto, decido envolverla en una toalla, dos toallas, restos de vestidos, la rebozo como una croqueta y me la llevo a la cocina. Saco el biberón de su lecho caliente, prueba: quema. Es demasiado. Mal de ojo, conspiración, vudú, alguien que me odia. Ensayo los métodos tradicionales de enfriado, y decido enchufárselo cuando la niña está al borde de la apnea berrianchil y yo con el colapso. Es un biberón a prueba de gases, Antipo, reflectante, doble airbag y CD. Funciona. Se ha calmado. Instantáneamente. ¿Será un chip? Mueve las piernecillas, recuerdo que la tengo desnudita, aproximado el radiador auxiliar, lo conecto con el pie derecho, acerco la silla con el izquierdo, me siento. ¡Bien! Tras sesenta y tantos siglos de la llamada civilización, heme aquí triunfante. Tal vez deberíamos ser hermafroditas o disponer de mamas concluyentes, y no sólo para hacer pesas. Desvarío. Tengo el ojo derecho con el tic, empieza la migraña. Pero mi nena cierra los ojos, feliz, deglute sin pausa, saborea la insípida leche filo materna con el interés que habrán detectado ya los laboratorios. Sueño, para ser un dios, con un auténtico Jabugo y cosas así. De pronto, los hombres. Otra vez. Recuerdo “la ventana indiscreta”. Alguien debe estar observándome, y atraca para fastidiar. Luego miraré concienzudamente, con los prismáticos, los edificios de enfrente. En cuanto pueda levantarme, o sea, cuando termine la niña, la visto, la acuesto después de expulsar los gasecitos, y se duerma, cerraré los visillos para salvaguardar mi intimidad. Detengo mi pensamiento. Vuelve la desesperanza. ¿Sucederá eso alguna vez en el tiempo, en las próximas horas?. Solo en casa con Anita, y ni siquiera es la hora del culebrón.

 

Las madres son inteligentes. Su salvación es el trabajo fuera de casa, y el yoga. Cuando están hartas suspiran y rompen los platos. Ahora que Anita es mayor puede estar con sus hermanos, con Dani, con Toñi, incluso con las amiguitas. ¿Y el cole? Es cole es una expectativa ponderable y lejana, un desideratum cósmico, una liberación, el puente sobre el río Kwai, las minas del rey Salomón, un desayuno con diamantes. “Anita escaladora”, ese podría ser el lema de esta etapa de su vida. Alfonsito trepaba como un mono por los barrotes. Ana saca los cajones de las mesas y asciende a sus Everest de aparataje por manipular, mete los deditos en el CD, pulsa los botones, asienta sus reales dodotis en el altiplano. Sale de su silla comedero y se arroja al contiguo sofá, coge una estantería y se impulsa hacia arriba mientras pulsa con los dedillos del pie los interruptores de las lámparas de pie. Riega las alfombras y el suelo con sus tacitas de agua y adora las pelis españolas en blanco y negro. Se emociona con la despedida en el tren humeante de Tolita, la sobrinilla de la tía Tula, en la escena final, pero eso condicionado a que las emitan de madrugada. Le encanta tocar el piano con los pies y arrancar las colas de madera de los caballitos de papá, que son naturalmente suyos como todo lo de casa. Laura se ha traído un programa infantil para pc y lo maneja con la destreza de un chimpancé experimental, tipo Charlton Heston en el planeta ad hoc.

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