Manual para padres mayores. (Retazos). (En la corte del rey Felipe de Castilla. 20).

MANUAL PARA PADRES MAYORES (Retazos).

 

Soy un padre mayor. Tengo cincuenta años y dos hijos, dos mellizos, que acaban de cumplir su primer año de vida. Les miro, me miro y me pregunto cuántos estarán en mi lugar, qué pensarán de su situación, si les preocupará el futuro, si les incomodará el presente, si serán tan incapaces de aceptar que son las personas más afortunadas de la Tierra. Cuando miro a mis pequeños no me importa el dinero, ni los amigos, ni la esperanza, ni todos los trópicos tópicos de Henry Miller, porque soy el hombre más feliz del mundo.

 

Cada situación es maravillosa. Cada problema, y los míos son dobles, tiene incorporada la solución, y no existe eso de un callejón sin salida, porque mi espacio es tan diáfano como el mismo aire que nos rodea. Por eso he escrito mi experiencia de padre mayor, para que veáis lo bien que lo estoy pasando, y podáis apuntaros a hacer lo mismo.

 

 

Así empezaba, como si tuviera miedo a que alguien le mirase con compasión, y se propusiera dejar bien claro que las apariencias pueden engañar, y que deberían mirarle con envidia.

 

 

 

Viaje con niños

 

El padre mayor es sufridor por naturaleza. Digo por la naturaleza de serlo, que le obliga a intentar hacer lo que otros hacen y hacerlo bien. Es la única razón de que viaje con niños. Con sus niños. El padre mayor deberá leer atentamente lo que sigue y luego hacer lo que le de la gana, pero a sabiendas de lo que se juega y llevándose una caja sin empezar de Lexatin o de passiflora, si es bucólico y naturópata.

 

Todo empieza con la decisión. Tomar la decisión de viajar con niños se hace en momentos de gran soledad emocional o de euforia, que viene a ser lo mismo. Ya lo dijo el poeta:

En este mundo hay tanta soledad

que llenaría todos los huecos

del universo.

 

Y no es una exageración, bien mirado. Pues cuando se está en esos instantes que son igual que la eternidad, todo parece posible, incluso deseable, realizable desde luego y casi necesario.

 

-Por el bien de los niños.

 

La infausta coletilla de los abuelos, que ha pasado al padre mayor. Ahora los abuelos callan y disfrutan, y su papel ha sido usurpado por los padres mayores.

 

Una vez tomada la decisión llegan los preparativos. Hay dos clases fundamentales,  según vayan a ir en coche o en avión u otro medio de transporte ajeno.

 

El viaje en coche tiene el aliciente masoquista de la conducción. La madre no conduce, o conduce poco, o el padre mayor no se fía, o entiende mejor el coche. En fin, que se carga con el estrés añadido del tacómetro. El padre mayor sabe que va a cansarse, que se pondrá de mala uva, y que se arrepentirá, pero le da igual, porque no puede eludir su rol de padre dinámico, doblegador de dificultades y repleto de iniciativas juveniles. Es el primer paso a viajar con fisioterapeuta incorporado.

 

-O con chófer.

 

Ya no se estila el chófer, que es un oficio a extinguir, y parte de culpa la tiene esa tendencia macarra a ejecutar todo por sí mismo excepto la limpieza. Los oficios se han extremado, o sea unos están de capa caída y otros en pleno auge, y nada más claro que este ejemplo. Aquí todo el mundo tiene mucama y sólo los políticos tienen driver.

 

-Y algunas señoras de banquero.

 

-Eso. Aunque de seguir así, hasta ellos estarán de capa caída.

 

Pero seguimos a lo nuestro. Vamos a analizar los dos tipos principales de viaje con niños. Primero el de transporte propio, el coche de papá.

 

El equipaje. Si se escribiera una nueva epopeya en la que los protagonistas, como los buscadores del anillo, anduvieran por tierras y espacios interminables, el autor debería echar un vistazo al equipaje. Para que no les falte de nada.

 

-A Ulises no le faltaron ni las sirenas.

 

-Odiseo, ése es el nombre. Podría ir a la tele, a un programa que se llame ‘tengo una carta para ti’. Conozco una chica muy mona que podría dirigirlo.

 

Cuando el equipaje está colocado  en perfecto orden de batalla junto a la puerta, el papá mayor lo mira, y en su tensa mente analiza la posición espacial que ocuparán los bultos en el maletero del coche. Cuando está convencido de que aquello no cabe, hace la pregunta.

 

-¿Hay que llevarse todo esto?

 

La mitad del equipaje y el doble de dinero. Esa es la consigna inteligente.

 

-Y estas dos bolsitas, pero pueden ir dentro.

 

La mamá coloca las dos bolsitas –así lo dice, con esa tendencia al diminutivo que se da a las cosas grandes, como llamar Pichichi o Ramoncín al pivot de la NBA- junto al paquete principal de bultos, un poco al sesgo, como si fuera impedimenta auxiliar, prácticamente invisible. Luego saca los paquetes-sorpresa. Un tentempié, algo de agua –los niños van  a pedirla enseguida- su bolso –cada día los hacen más voluminosos, y además modulables, casi hinchables- un soporte higiénico de dodotis, kleenex y tiritas, la cámara de fotos, gafas de sol con sus estuches, las medicinas de papá, que van a mano por si acaso, y la bolsa de El Corte Inglés.

 

En todos los viajes hay una bolsa de El Corte Inglés.

 

Papá mueve la cabeza. No se sabe si asiente o tiene  principio de Parkinson. En ese momento los niños se percatan de la situación y empieza su turno. Lo primero es descolocar las cosas, para que el orden mental de ubicación se trastoque.

 

-Queremos ayudarte, papi.

 

Lo dicen muy serios, arrastrando algún maletín o volcando la única bolsa que tiene objetos sueltos. Uno de ellos, de cristal, se rompe.

 

-¡Qué bien huele!

 

Es el perfume que mamá se autoregaló por su cumple, porque papá sólo regala flores. Duran poco y luego se tiran y no ocupan espacio.

 

Papá recuerda entonces que ha olvidado el linimento para las contracturas y las cápsulas de aleta de tiburón.

 

-Han retirado el Osopán. Iba  muy bien para los huesos.

 

Al padre mayor le duelen los huesos, y eso que los huesos no duelen, y piensa que tiene osteoporosis, o sea que se va fragilizando a cuenta de las tensiones y los esfuerzos. Ya no disfruta de la siesta y está a punto de suprimir el vino. El desastre aún no es irreversible pero tiene mala cara.

 

El viaje promete ser movido. Anita se marea y vomita con cierta regularidad. Alejandro golpea ininterrumpidamente el asiento del conductor con sus piececillos, que quedan justo a la altura de las cervicales de papá, una vez realizada la contorsión correspondiente.

 

-Lo mejor es que traigas el coche a la puerta y lo cargamos todo aquí.

 

Esa expresión es una trampa. Nunca saques el coche del garaje, si tienes la fortuna de poseer uno, sobre todo en Madrid, donde ya se cotizan como pisos de soltero, y caigas en la tentación de la aparente facilidad con que te tientan. Será mucho más difícil todo: la segunda fila –porque no pienses que vas a encontrar un hueco en la puerta- con el ataque permanente de los otros vehículos, tus enemigos; el transporte humano, la carga de los niños y depósito en sus asientos, los correajes y cierres diseñados por italianos hartos de Chianti; el traslado del equipaje propia o impropiamente dicho, o sea los bultos, las maletas, las bolsas, los paquetes, en fin…de acoplamiento imposible en un coche de tamaño natural, pensado para un carguero o la bodega del transbordador espacial.

 

Con un poco de suerte no te lesionarás ya de entrada, antes de salir. Con suerte, porque lo normal es que tus lumbares, ahora calentitas, no te avisen de las malas posturas, el sobreesfuerzo y poco a poco vayas sintiendo la necesidad de un relajante muscular de doble hélice. Sucede aproximadamente a la hora y media de viaje, y siempre cuando te bajas del vehículo para una de las paradas de rigor.

 

-¡Pero si estás doblado!

 

Lo dice cariñosamente la mamá.

 

 

 

Me acordé del último viaje, cuando se quejaba de que su coche coreano hacía demasiado ruido -siempre le puso histérico el ruido. Lo aguantaba poco, como los olores fuertes-. Mi hermana le miraba y se rascaba la cabeza, un gesto acordado para ponerle aun más histérico. Cosas del matrimonio. Un pintor puede desahogarse echando botes de Titanlux en un lienzo, pero ensamblar palabras… El misterio de la doble vida. Supongo.

 

 

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