En la corte del rey Felipe. (15). Mi hermana vivía en Vallehermoso.

Mi hermana vivía en Vallehermoso, cerca de Canal.

Tenía dos niños, pero cuando nació el primero, que era  niña, sólo tenía una, ésa. Era muy espabilada, y mi hermana, que es funcionaria y tiene muchas bajas y cuando no las tiene sí tiene mucho tiempo, le hizo una especie de Memorias. Las llamó ‘Memorias de un bebé’, primero, y luego, ‘Memorias de un bebé con hermanito’, aunque el hermanito llegó cuando la ‘bebé’ ya tenía cuatro añazos. Me las agencié un día que estaban de limpieza y casi las tiran. En mi familia tiran mucho. Mi banderín de balóntiro, un deporte olímpico -es broma- ya desaparecido, y cuyo campeonato escolar conquisté a los diez años en los antiguos Menesianos, los Hermanos de la Instrucción Cristiana, que habían vuelto con el temor al infierno de la segunda década del siglo. Esto sucedía de vez en cuando, eran los terrores del milenio, por ejemplo, y le daba una salsa picante a la historia. También tiraron mi cuadro con el emblema ‘el dinero ni se crea ni se destruye, sólo se transforma, y acaba en los mismos bolsillos siempre’, que era la traducción libre de un aforismo sufí. Mi hermana estaba separada, como todas, y parecía triste siempre. Antes y después, lo que conforma mi teoría de que el matrimonio debería estar prohibido. Alguna vez será. Quien no tome drogas será un pervertido, y quien se case un ser antisocial. Todo será colectivo, como en los viejos tiempos, cuando los retratos de Lenin alumbraban los mítines en los sótanos rojos, con las arañas de diamante colgadas de lóbulos ajados. O cuando Gabo adoraba a Stalin. Un lío. Desde que escribía mi diario con el psiquiatra, que era yo mismo, como Adán es Caín, como soy también mi hermano, una trinidad en la que seguimos siendo sólo dos, el tío Amadeo, que se enteraba de todo, me seguía. Una sombra como la de Peter Pan, encerrada en los cajones de la cómoda, mientras Campanilla le secaba la frente con un mohín de asco, porque era ya mayor y Lolita se ha ido con el chófer. ¡Eso quisiera! Se ha ido con el hijo del notario, con el sobrino del dueño, con el cuñado del presi, que juega al golf los lunes y va a las cacerías en helicóptero. Leía el Diario del bebé y soñaba, en la corte de mi rey, que imaginaba como la barra de un bar recoleto y oscuro, como el silloncito del rincón en el pub irlandés, en Paddys quizá, donde te ponen garbanzos con la cerveza. Mi hermana meneaba la cabeza sonriendo con su gesto gris, envejecida por la soledad, tan lejos de todo el mundo como un chiflado en el Bernabéu.

-¿Y cuál es el bebé? ¿El primero?

 

Claro. Siempre es el primero. Los demás, luego, ya no son bebés. Son tan adultos como un fiscal. Pero mi sobrinita me hablaba desde esas páginas que dictó a su madre, y ahora, de vez en cuando, decía: ‘léeme un poco’, y yo ensayaba para hablarlo con Silva, o para hablarlo con María, o con Isa, que era Eva, todo mujeres, o para imaginar que lo hablaba, porque se me iba la cabeza y el corazón golpeaba hasta a la vecina, sólo había que esperar el momento, cuando bajaba el sonido de la tele

-Se llevan bien. -Mi hermana señala la foto en la que sus hijos aparecen con los otros, los que llevó mi cuñado con la separación de bienes y la guitarra-. Me dieron unas ganas enormes de salir corriendo, a un top o a un puti o a la cola de la disco juvenil del viernes, pero no lo hice. Nunca hacía lo que me gustaba, nunca, y eso me había hecho vulnerable. Una palabra que no era capaz de definirme, pero lo intentaba, sí.

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