En la corte del rey de Castilla. (19). Mi ex-cuñado Rubén.

Mi ex-cuñado Rubén se casó por tercera vez

porque mi hermana mayor quería tener un niño y le engatusó. Luego se divorciaron y él escribió el Manual para padres mayores, pero nadie se lo publicaba porque en España sólo publican cosas de las que hablan o les interesan a los políticos, como la Guerra Incivil, bautizada así por el viejo Anson, que se quitó el acento en el apellido y lo hizo rarito. También se editan las historias de Cruzados y catedrales, los héroes de siempre, con ropaje nuevo,casi todos plagiados de las narraciones de los clásicos, o títulos parecidos a ‘cómo respirar mejor’, ‘el punto de cruz’, ‘¿es un montaje de Cappa la foto del miliciano?’. Como yo no leo, eso me lo dicen en el Casino, donde hago horas extras en el comedero de socios, que es bastante cutre, a pesar de las pajaritas. A mí no me importa porque el socio es mi hermano, y yo voy con su carnet. Nadie me lo ha pedido nunca, y ya soy veterano.

Aquella tarde estaba yo muy bajo de forma, casi depre. Hacía calor, y encima llevábamos dos días con la cantinela de los políticos en campaña, una clónica sucesión de Pinochos. Entonces lo vi: el Manual. Comencé a leerlo, pensando que era el último incunable. Porque mi cuñado hizo lo de J. Kennedy, el de ‘La conjura de los necios’, que se suicidó porque nadie le publicaba su cuento genial. Sólo que en mi cuñado el cuento era su vida. Día tras día con la tensión por las nubes, aguantando la retahila de barbaridades o peor aún de vulgaridades o peor aún de vagas o concretas locuras, comentarios sin sentido pero que adquirían el sentido atroz de lo cotidiano, como un picor, la alergia que aumenta cada día y es tan inevitable como el tiempo.

Llamé a mi madre. Estaba animosa, como casi siempre. Un modelo de fuerza, con su debilidad sostenida por una energía del alma, que me recordaba a los santos de las estampitas, frágiles e invencibles, un milagro. Aquellas páginas las había escrito el mismo que transformó su cuidado en un infierno, porque había nacido descontento y así moriría y su misión era aturdir al despierto, asustar al tranquilo, inquietar y no aquietar, porque insatisfecho de vivir, pobre, para él sólo existe la alegría de la muerte. ¡Qué liberación! Y no es algo extraño, casi puede decirse que es frecuente, eso de ver un pozo negro y no querer desviar la vista de esa oscuridad densa. ¡Pero vamos a dejarlo, que me saltan las neuronas como canguros! Aquella páginas sin embargo… Lo distinguían de su otro yo, como si hubieran convivido para equilibrarse, incluso riéndose uno de la malicia del otro, y otro de la ingenuidad de uno, pero al final venció el egoísmo y la envidia de su otro yo. Siempre tiene que haber gemelos, bueno, parejas, vías paralelas, o divergentes, siempre tiene que haber dos en uno en mi vida, y me extraña que no haya dos lunas y me sorprende que no haya dos soles. ¿Cómo puede un tipo cruel consigo mismo y con su cercanía escribir un relato de humor? Mi madre me dijo que tenia un montón de cuadernos, por todas partes, escritos con una letra diminuta, muy clara, caligráfica, de artista. Combinaba letras y números, inventaba alfabetos, dibujada mapas y hacía diagramas, flechas que entretejían conceptos o los disgregaban. “Eso lo dice todo”, comentó cripticamente, cosa inhabitual en ella, como si le debiese un secreto, mantenerlo en el alféizar de la ventana, procurando que el viento no lo esparciese como los restos de una gallina desplumada. “¿Y dónde están?”. Le pregunté. Calló un momento. Al otro lado de la línea se oyó un chasquido. No estaba sola. Cambiamos de conversación y pasamos a hablar de lo mucho que había cambiado la vida, y de que aquel invierno se hacía interminable, porque cada año que pasaba lo sentían más, el frío, la dureza del clima, un visitante que tardaba en partir porque lo que quería era fastidiar

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