Del diario de Anita. (En la corte de Felipe rey de Castilla. 18).

 

Pero esto es muy aburrido; lo mejor es dejar que sea la misma nena quien nos cuente cosas. Que nos las siga contando, en su diario. Por ejemplo cuando sepa la hora de las comidas…para salir corriendo, porque esta chica es una índigo que come poquísimo.

 

Del Diario de Ana María.

 

Mimamá está empeñada en que me coma un puré de lentejas. Mi mamá me dio ayer una bolsa de chuches, se las comió conmigo en el banco del parque y lo pasamos muy bien.

 

EL MOSCARDÓN

 

Hoy cumplo seis años. Cuando mamá estaba preparando la merienda ha entrado un moscardón en casa. Lo hemos detectado por su vuelo, que sonaba como un motor de helicóptero. Mamá ha abierto la puerta de la cocina y ha llamado al ascensor, que es lo que hace cuando Alejandro se pilla los dedos con un cajón o se da un golpe en la cabeza. Luego ha buscado a la vecina, que no está nunca. Ha llegado papá y se lo ha contado, y papá le ha dicho en broma que llamase a los bomberos. Mamá ha llamado a los bomberos, y le han preguntado de qué tamaño era el moscardón. Mamá ha dicho que enorme, pero no han venido. Le han dicho que abra las ventanas. Mamá ha abierto las ventanas de la cocina, y el moscardón se ha ido al comedor. Papá se ha sentado a leer el periódico, que es lo que hace cuando hay una emergencia, según dice mamá. Mamá ha abierto las ventanas del comedor y el moscardón se ha ido a la habitación grande. Le hemos seguido, y mamá ha abierto las ventanas de la habitación grande, pero el moscardón no ha salido. Entonces mamá, lívida, se ha sentado en el sofá abrazándonos fuerte a Alex y a mí, como si aguardase un cataclismo. Los tres hemos mirado a papá, que finalmente se ha levantado doblando su periódico. Papá dobla su periódico muy bien para espantar moscardones y avispas. Luego se ha encerrado con el moscardón en la habitación grande. Hemos oído silbar el periódico por el aire y el jadeo y los gruñidos de papá. Después hemos oído que alguien se sentaba en la cama y hemos deducido que era papá porque el moscardón no habría hecho ruido con los muelles. Enseguida volvieron los silbidos y las exclamaciones de la lucha, pero el moscardón no se posaba nunca, al parecer, y papá batía el aire como un espadachín. Llegó el silencio de repente y papá nos contó que el moscardón había salido por una ventana y se había posado en el alfeizar. Le miró un rato, consciente de su superioridad y dejó que cerrase los cristales. Luego alzó su vuelo ronroneante y se alejó por el cielo. Había muchos vencejos y golondrinas, así que posiblemente se lo hayan comido, cosa que a nosotros nos parece muy bien, aunque el moscardón a lo mejor lo sabía y por eso vino a casa a refugiarse. Se lo dije a papá y me respondió que era el ciclo de la vida. Me dio mucho asco.

 

 

 

 

 

 

LOS CABALLITOS

 

Papá ha perdido tres billetes de quinientos euros, de los rojitos. Estuvimos buscándolos por todas partes, en los cajones de la ropa interior, dentro de la nevera, debajo de la alfombra del salón, detrás de la tele, y nada. Pasaron unos días  y papá siempre decía lo mismo: “¡Pero dónde estarán los mil quinientos euros!”. Por lo visto era mucho dinero y lo necesitaba para pagar no sé qué cosas de mayores. Un día dijo que se le habrían caído por la calle y mamá contestó: “¡Pues vaya suerte quien se los haya encontrado!”. Al fin dejaron de hablar de eso, y seguían como siempre, peleándose mucho y regañándonos a todas horas, que es lo que hacen los padres. Llegó el sábado y bajamos a dar un paseo. Alejandro señaló el puesto de los caballitos. “¡Allos, allos!”, dijo, y le llevaron allí, Bueno, yo también montaba, porque me gusta dar vueltas en el cubo y papá se pone nervioso y me dice. “¡Te vas a marear!”. Cuando fueron a sacar los tiques, Alex sacó del bolsillo los tres billetes de quinientos euros. “¡Allos, allos!”, repitió, y le dio el dinero a papá.

 

 

 

 

 

 

Bueno, así pasé muchas tardes. Mi hermana decía que era yo el único que leía sus cosas, y en el tono de su voz se delataba que eso era un pobre consuelo. Nunca he comprendido el empeño de la gente por darse a conocer, vaya lata, eso de ser popular, o de tener obligaciones como firmar libros en la feria del Retiro, y no sé cómo se vuelven locos por ser famosillos, salir en la tele, que aireen tus intimidades, pero claro, yo me eduqué con los jesuitas de El Palo y allí lo más abierto que veíamos era una lata de sardinas. Por eso dejé de pedirle sus escritos, y no supe ya si seguía con ellos o se había retirado de la actividad. Su mayor mérito era compaginar lo que fuera con el ruido y la murga del piso, el barrio, la vida. Tampoco se aprendía mucho de esas cosas en El Puerto, con los otros jesuitas, los del abuelo y el tío Amador. Así que con tales precedentes la vida no podía exigirme demasiado…

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