Latro. (Micro-relato).

 

LATRO

El único ladrón es el tiempo, pensaba M. mientras firmaba la denuncia. “Otra pérdida más, tan grande como la vida”. Así le parecía el trámite, porque nunca iban a recuperar esos objetos que simbolizaban su decadencia. “Seguro que hace unos años me habría dado cuenta”, se lamentaba en silencio, mientras los grajos reían con sus ojillos rojos entornados. “Lo peor, las fotos. Qué harán los chorizos cuando roban el alma”. Al mismo tiempo, en otro lugar que era un sector virtual del vacío, los verdugos del descuido se repartían el afán y los despojos. A M. le correspondió un antiguo matarife romano, jubilado del oficio, que merendó aquella tarde con sus coimas de Aluche una lata de zamburiñas.

 

 

 

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