En la corte del rey de Castilla. (14). Silva Velázquez escondió al niño detrás del biombo, ¿Abel?, El teatro del Canal,

Silva escondió al niño detrás del biombo.

Juraría que los ruidos provenían del baño y no era precisamente la cisterna. Aquello se asemejaba a una peli de espías…

-¡Míralo bien! ¿Ves? ¡Mi cuadro es lo que le falta!

La celadora del Museo apareció de repente, como hacen los guardias.

-¡Terminantemente prohibido tocar esa cinta de seguridad!

Se alejaron del cuadro mirándolo de reojo. No les convenía tener un enfrentamiento con la autoridad, aunque estuviera tan enclenque como aquella.

-¿Has visto aquél de allí? El de la chupa de cuero.

-Es imitación.

-No, hombre; digo que nos está siguiendo.

-Será de la Cofradía. La R.I.P.

Silva dio un suspiro.

-No bromees. Menos guasa con esas cosas.

-Pero si es la Rebotica Internacional de Putañeros. Cela fue su capellán. Se lo escribió a un tío que le mandó un panfleto sobre las Malvinas y Nostradamus. Decía que  las Malvinas eran unas doncellas que se tiraban al profeta en un canapé rococó.

-¡Qué cosas dices! ¡Y en estas circunstancias!

Silva hizo unas fotos con flash, aprovechando que la celadora no estaba a la vista.

-Por unos cuantos no se va a estropear el lienzo.

-Eso dicen quienes tiran botes al mar y los que no cierran el grifo.

Se volvieron. El tío de la chupa les sonreía. Los dientes de arriba, los paletos con perdón, muy separados, como ese actor inglés, el pelirrojo, de algunas comedias.

-Me llamo.. Bueno, digamos que eso no es importante ahora. Soy detective privado y tengo un recado para ustedes.

-¡Atiza! -Se me escapó. Silva reculaba y ya casi estaba en la esquina, con cara de susto.

-Por ahí no. -Dijo el medio anónimo, o el detective demediado-. La puerta de Goya está cerrada. Vamos por la de Velázquez, al Paseo del Prado. Y daremos una vueltecita por el Botánico. En septiembre, y con este veranillo de San Miguel, está de lujo.

Se hizo el grupito. Doblaron el recodo de Velázquez y tras dejar paso a un compactopelotón de japoneses, enfilaron el lujoso itinerario que les llevó a la calle.

Diego

Silva dio otro respingo. ¿Qué tenía que ver su hijo? ¿O es que ya le habían secuestrado?

Miró el reloj. Se había parado a las once.

-¿Qué hora es?

-La una y cuarto.

Faltaban dos horas para la salida. Llamaría. No, en secretaría nunca cogen el teléfono. Parecen funcionarios. Lo tienen de adorno.

Diego Velázquez de Silva. ¿No suena un poco portugués? -Señaló el busto que presidía la plazuela, en los jardines del Paseo, ocupado por una legión de adolescentes en flor, tan interesados en el arte como un hámster en los últimos avances de la vacuna contra la gripe.

Decidí acortar la lección. Silva me miraba, pero como la señora al señor Smith.

-¿Por qué nos sigue?

El demediado -ahora me fijé en una extraña cicatriz sobre el labio, que le asemejaba a los Austrias- abrió los brazos, como si un alumno hubiera preguntado al maestro qué hacía dándole clase.

-¿Y qué hacíais vosotros aquí? ¿La visita cultural del miércoles?

Nunca he sido rápido con los gallegos. Digo, los que hacen una pregunta cuando tú les preguntas algo. Es una trampa facilona pero muy eficaz, porque te dan ganas de responder, y dejas al otro en ventaja. Pero de todo eso me acuerdo después, cuando pienso en lo mal que he hecho algo, o cuando otros me lo dicen, que es lo habitual. En ese momento me quedé cortado. ¿Qué habría hecho Odiseo? ‘Vamos, muchachos, cargad las naves, no es hora de ser timidos’, así que apreté los puños -me di cuenta de que estaba temblando- y mi voz salió como un chiflido de pajarito.

-Eso a ti no te importa.

Silva movió la cabeza suspirando. Lo de Ulises no valía, tal vez era un héroe anticuado. Silva tenía los pechos como Brandy, la chica de Liberty Meadows. Me entretuve un poco mirándolos, delicadamente.

-¿Queréis que os dé el recado? No tenemos todo el tiempo del mundo.

Pues eso era lo único que yo tenía en ese momento. Porque todo el tiempo del mundo es cada instante que vives, y si te das cuenta de que lo estás viviendo. Yo me daba cuenta, aunque de vez en cuando volvía a la juventud y todo eso y me perdía en perderlo, pero no era el caso.

-No queremos ningún recado. -Dijo Silva. Queremos que nos dejen en paz. Somos ciudadanos libres… Bueno, seres humanos libres… -Miró alrededor, buscando la estatua de Ortega, o de algún explicador de conceptos básicos. Encontró un castaño, alto y oscuro, como el pensamiento de un metafísico. Resopló.

-Os lo daré de todos modos. -Nos invitó a seguir caminando por el paseo central, muy poco concurrido a esa hora. Puso una mano sobre el hombro de Silva, que le rechazó-. Eres una chica con suerte… Tienes algo de mucho valor. Y alguien está dispuesto a pagar por ello una fortuna.

Se adelantó unos pasos. Luego se giró de golpe, como queriendo sorprendernos en  ese  juego inquieto de miradas que en aquel momento nos cruzábamos. “¿Pero qué quiere este tío?”. Tendió la mano, desde muy lejos -o yo le veía así, como en los objetivos deformadores de las cámaras reflex- y esperó, esperó, sin dejar de sonreír, que alguien la estrechara. No recuerdo si yo lo hice. Luego desandó el camino, unos pocos pasos que levantaron la hierbecilla del paseo, y se dirigió a Silva casi sin detenerse.

-Me llamo Adam. Adam Sanches. -Remarcaba la m final, como queriendo desvincularse sin equívocos del Paraíso-. Ya nos veremos.

 

 

 

 

 

l-¿Abel?

El chico se dio la vuelta; le miró, sonriendo.

-¿Tú qué crees?

¡Eran gemelos! ¡Así se comprendía que aguantaran de esa manera! ¡Eran dos!

-¿Pero cómo dos tíos iguales pueden odiarse tanto?

-¡Por eso!

Eso fue lo que le contestó su hermano. Mirándole desde arriba, siempre lo parecía aunque estuviera sentado, porque su hermano estaba en otro espacio, su geografía era tan selectiva como la del cátedro Poya, el funcionario prevaricador de salón, que calificaba ad baculum como impartía justicia el Cadí. Me pareció que en esa frase había un puntito de confesión, o sea que para cumplir nuestra educación expiatoria, a mí también me odiaba. ¡Qué liberado estaría yo si hubiera podido odiar! A veces, en mis accesos de ira, sentía como un chorreón de endorfinas que desatascaba los nudos de mis neuronas, incluso podía ver como en los monstruos de Bacon, que no era capaz de imitar a El Bosco, una imagen difusa que se iba concretando con la cercanía. La cercanía era esa que adquiere la imagen a través del microscopio, una revelación de secretos que es en sí misma el delito de descubrir lo que otros quieren ocultar, su propia naturaleza extraña y deforme, porque la forma no es mas que una convención. Bueno, poco a poco, lo sabía, iba a darme lo mismo, y si bien nunca podría dejar de sufrir, al menos sería capaz de soportarlo como quien tiene una verruga junto a su nuez y al afeitarse debe cuidar el tajo, para no rebanarse el pellejo. Nada cómodo, pero controlable, y de eso se trataba.

-Pero si son dos… ¿Cómo vamos a distinguirlos?

Mi hermano sonrió, y cerraba los ojos con sus párpados pesados como el pensamiento de Hegel, así que luego sus palabras salían a borbotones, una fuente que tuviera algo atascados los resortes del chorro, en fin. Lo mismo que en mi cabeza, pero al revés.

-Por el otro. Por el tercero. Ya sabes… No hay dos sin tres.

Me daba la espalda, como si acabara de indicarme la dirección de una calle, y tras comprobar que pese a mi torpeza me había enterado, se desentendía, iba a su mundo, tan ajeno, tan lejano del mío como nosotros mismos.

 

 

 

 

 

 

 

El Teatro del Canal

ponía en marcha su III Ciclo de narrativa dramática endógena. La característica principal de las obras, seleccionadas por un comité municipal, era la ausencia de guión. Se trataba de que el espectador no sólo participase a instancias de los actores, sino que construyese la trama. En una de las más premiadas -La boda da del camaleón- ni siquiera había actores. Boadella, desde su finca de El Escorial, lanzó una soflama contra el esnobismo pero no fue atendida. El colectivo gay-Chueca, lesbio-Aluche, taxistas oprimidos y la ONG  ‘ Disociados del jodido mundo’ copaba el ochenta por ciento del aforo, subvencionado por la empresa mixta -o trixta- ‘El rayo que no cesa’, formado por la Comunidad, el Ayuntamiento y herederos de Mangas Mazimin.

Desde las tertulias de ondas e imagen uno o varios señores o señoras dictaban al vulgo qué calzoncillos ponerse, cómo deglutir la sopa, vedar los calcetines cortos y consumarse en la hortería con gran satisfacción y mimetismo. Un diseñador de trajes de preso, a rayas, recibió el colgajo del Tocasón.

Madrid había recibido el galardón-gallardón de ‘villa horadada’ , que se tradujo por ‘villa dorada’ al chino mandarín. Otros dieron la versión ‘ciudad prohibida’ para el transeúnte, pero sin éxito, porque a los cosmopolitas les estimulan las dificultades.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

-¡Venga! No te pongas dramático.

-¿Dramático? ¡No es teatro, precisamente, lo que hago…! ¡Siento cómo he vivido y sólo quiero terminar! Seguir así es… ridículo.

-Un adjetivo… curioso… para definir la vida.

-En realidad es un eufemismo. Pero nos gusta, a pesar de todo, consolarnos, pensar que no somos tan desechables.

-Todo depende de las metas que te hayas propuesto. O de la visión.

-No. Depende del dolor. O del gozo. Lo demás no importa. Bueno. Dejemos ya la filosofía. No está bien vista.

Alzó la llave inglesa y le atizó en la nuca. Abel -o Caín, no pude reconocerlo- cayó como un saco de clavos.

-Consumatum est.

Abel, o Caín, metió el cuerpo en el maletero de la Range Rover, se sacudió las manos, tiró el arma del crimen a la basura y abrió la puerta del conductor. El portón automático se abrió chirriando, como todos, y un golpe de aire helado se metió por las rendijas de mi armario. Parpadeé como un alérgico y estornudé un par de veces; luego muchas. Sentía ya mi nuca destrozada cuando un ‘crac’ me advirtió que el garaje estaba nuevamente cerrado.

¿A dónde iría con el cuerpo? Salí a trompicones, pensándolo. Quizás lo arrojase en la obra del río, para que fortaleciese los ánimos del Nuevo Puente, entre el de Toledo y el de Segovia, que iba a comunicar Bailén con la Casa de campo, hoy ‘Ciudad de congresos medioambientales’.

¿Y eso era todo? ¿Así se acaba una vida, es decir, así se acaba el mundo? La historia de Caín y Abel en el Libro no tiene nada de cuento, es la constante de esa relación humana de la proximidad. Cuando algo está demasiado junto, se rasga, el peso o la fuerza o la inercia de cada masa desmorona la estructura, se cae hacia un abismo que es la nada o el comienzo. Depende de la imaginación. Porque, ¿en qué se diferencia el todo y la nada, el ser y el no ser, todo eso que nos cuentan? En la perspectiva quizás, y ni eso. Suena la puerta, se abre o se cierra, y suena el hueso de la nuca, occipital, el de la frente, el temporal, nombres que se le dan a las cosas aunque estén rotas, pero el sentido lo da el golpe, el crac es el de un momento de locura que fractura los huesos y con eso se quiebra lo que estaba unido, se pasa a la otra dimensión, y allí te reconoces como el otro, cuya vida has rasgado como el velo de Isis, que encubre tu propio misterio. ¿Para qué sirve ese misterio sino para engañar a los incautos que se miran al espejo y piensan que son distintos a los demás, que les ha señalado la mano de un dios o de un destino que les es propio?

Pero ya se había cerrado la puerta. La sombra que estaba aguardando en el tejado de la casa descendió hasta la acera para cubrir el paso de Caín -o de Abel– y me pareció que era la capa con que se cubría el diablo en la noche de máscaras veneciana, con un brillo de oro, el mordisco quizás de un licántropo, tal vez el beso de la muerte.

 

Me llevaron de testigo

para el divorcio de los padres de Caín, (Adán y Eva). Me hice un lío. Cuando el juez me preguntó si tenía interés en el pleito dijo que claro, que quería que ganase Adán, que era mi psiquiatra. En realidad no lo era aún, pero me pareció que si lo decía podría hacerme algún descuentillo.Nos pusimos de acuerdo al final. Fue rápido. Un flechazo tipo opositor a la primera. Me dijo que hiciese un Diario, ya veis qué morbo, y luego pasaríamos al psicoanálisis. Me asustó.

-Eso es muy caro.

-No tanto como no hacerlo.

Enigmático.

Luego supe que le interesaba mi subconsciente o algo así, como a otros les interesa la ensalada de bogavante, una cosa selecta digo yo. Comencé con el taco del Sagrado corazón de Jesús, que siempre andaba por la casa de mis padres, junto al rosario y la Novena del Perpetuo Socorro -vaya nombrecito-, día uno, San Agapito, etc., pero no me salía,  hasta que me lo imaginé a él, a Adán, en mis circunstancias. Un truquillo de frenópata liviano, me dijo, pero yo creo que le gustaba. Se lo quedó. Mi diario. Cuando pasó lo que pasó y hurgamos en su cuarto lo tenía allí, abierto, en el buró de raíz que le había regalado Caín, o Isa, en la última Navidad. Pero hasta entonces, cada vez que le visitaba, lo escribía. El diario. Lo llamé diario de guerra, porque me imaginé que era un corresponsal tostado por el sol del desierto, con salacot y pistola, como esos legionarios que salen en las películas pintadas.

-Anda, déjate de rollos y escribe. Pero ya sabes: nada de secretos, porque yo tengo que leerlo todo.

Me daba mucho morbo, pero conseguí hacerlo al revés, como si fuera todo ello una confesión. Empecé el día en que Silva me dejó, el día en que se dio cuenta de que yo no era Harrison Ford, porque se puso las gafas.

-Tonterías. Las mujeres nunca se enamoran de los guapos. Eso, las jovencitas.

¿Sabéis la sensación que da eso de que te expliquen algo que no te importa nada oír porque lo de menos es entenderlo, y menos aún que lo entiendan otros, los muy sabihondos, que en carne ajena no duelen los golpes? ¡Un refrán! Me miro en el espejo del Gim Pizza, recién inaugurado y veo mi tripita. Por eso se me ocurren refranes. Le doy el folio. Se lo guarda como el cambio de uno de quinientos.

 

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