Semana Santa.

No es por la visita del Papa. O no sólo por eso. Tal vez sea la última vez que ponga acento en ese ‘solamente’ apocopado, que los académicos ahora suprimen, imbuidos de la tontuna política de prestar atención a las nimiedades y perderse en las tonterías mientras los bárbaros toman Roma o Bizancio o el Bernabéu. Puestos a hablar mal, digamos gilipolleces, cosa sensata. No es por eso mi semana santa, es que he dejado de entrar en el falso blog que nos ocupa, a ver si alguien me echaba de menos, como al Estado palestino a la pastilla del rato después. El Rato después ha recibido ya un medallón al mérito, que con su retranca inteligente acata pero critica .”Aún no he tenido tiempo de hacer nada”. Pero lo hará. No me han echado de menos, pero yo tampoco. Podríamos suprimirnos, como cuando se apaga la luz o se cierran los ojos.El interés de la vida es lo cercano, lo que te pasa, a quién tocas y cómo te miran. Editar, ganar, fantasear, gastar, sonreír, está bien, sobre todo si devuelves o te devuelven parte de ti, la opción más generosa de los ángeles. Bueno, mi mujer se burla de las toses y el carraspeo matutino, creyendo acaso que ella sí puede detener el tiempo. Pero son los ácaros, no la edad, es la polución del Madrid atónito de la sequía de siempre, que esta vez ha llegado y se queda, es eso y no los años en exclusiva lo que irrita mi garganta. ¡Si supiera cómo ando de neuronas! Podría invocar a Jardiel o al mismísimo Muñoz Seca para cachondearse del escribidor -Vargas ya ha perdido su condición de Llosa-. Más gastadas las tengo que los filillos de una alfombra afgana, puesta al borde de la tienda del jeque, harta de sol, mirando sus dibujos de caza en los espejismos. Cada cual busca su propio oasis. En esta mi semana, que dice Peñafiel, aparece en El Mundo una frívola fábula, edulcorada y pelotuda, de Amestoy, que aún navega, en la que muestra su ingenio, pero me pisa alguna idea de mi comedia bufotrágica sobre el rey de Castilla. Alfredo no lo sabe, claro, porque las ideas son siempre las mismas aunque las digamos de varias maneras. Si el valido es Gallardón, aviados vamos, Señor. Tampoco tiene nada que ver el gran Mendoza -grande a pesar del Planeta, que empequeñeció al gran Cela- con la coincidencia de mi Silva y su Velázquez, en la trama surrealista de ‘mi’ Rey, pero conste que yo lo escribí primero. Ya me pasó con Seagull, que dormíamientras se publicaba Juan Salvador gaviota, o con las aventuras mágicas del país de los asombros -título homenaje a Alicia- y tantas cosas que otros desarrollaron tan oportunamente como la dueña del talento de Potter, mi admirado aprendiz, o los arroyos de tinta -algo pesadota, la germana- o esos requiebros de la magia al fondo de los armarios o por las puertas a otra dimensión. Pero ¿qué hago? ¿Lo tiro todo, como dice mi mujer, que es muy práctica? ¿O sigo conservando los cajones repletos de cosillas como las del blog -mi falso blog, que añora sin envidiarlo el tirón mediático de la Belén del Párpado? Mientras me decido, haré otra mudanza o me haré jesuita, si siguen existiendo, para no tener que hacerlas más, ya que están tan revueltos los tiempos… y lo que rondaré, morena. A Felipe IV le llamaban ‘el rey planeta’, y era grande, decía Quevedo, como los hoyos, tanto más cuanto más tierra se les quita. Y quisiera yo el gafe. Mi ex amigo Gúrpide fue finalista, pero estaba previsto dárselo, así que se decepcionó tanto que el BBV le expulsó de su seno porque  a un banquero que no sea suizo le dan vergüenza los poetas.

Lo de la y -antes ‘i griega’- supongo que será de coña.

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