En la corte del Rey de Castilla. (13) (Adam, Adán, Cha, Felipe, el Primer Ministro, la crisis, sarao político, Miguelito Mar´tinez se presenta, la Corte de Madrid, Partidos, el muerto no estaba solo, Caínb, mi hermano y su ligue, la Casa, el canguro y un poco de Tae-Kwondo).)

Adam Sanches suspiró.

No le parecía mal el encargo del Honorable, y menos aún el sueldo, en libras, claro. El dolar USA ya estaba exhausto, tras la segunda guerra de Irán, -los Bildemberrider no se decidían: quebrar el sistema para salvar a los bancos, o quebrar a los bancos para salvar el sistema, ya que eran los amos de ambos- y Caradurana de Gibraltar cumpliría… Su aliado en el continente, el plutócrata Hassan de Melilla, mano derecha del Comendador, le avalaba de sobra. Adam sonrió, en la medida que le permitía un corte profundo cicatrizado sobre el labio, que asemejaba un extraño leporino. Tampoco le favorecía el gesto una parálisis facial no muy bien curada, secuela del ictus sufrido a los cuarenta, cuando aún no era el predicador más famoso del oeste. Ahora sus fanáticos le habían abandonado, hartos de que fallara tanto en sus profecías, como si eso fuera una novedad entre la farándula apocalíptica. Se había pulido los diez millones de dólares recolectados entre los fieles, casi todo con las fieles más fieles, alguna de ellas le salió respondona, claro. Repasó el plan. Debería utilizar su experiencia de embaucador para infiltrarse en Ispania, entre los taifas del antiguo Estado unitario de Iberia, y sonsacar toda la información posible para trasladarla a su contacto. Se le escapó un pelín la babilla cuando rememoró el contacto de la contacto, que era una sobrina de la Pataki. ‘Menos mal que no es la hija, porque le ha salido la napia del padre’.

 

-Cherchez la femme -se oyó decir. Pero le pareció que era otro quien hablaba.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Juan Chan repitió la pregunta.

Luego se dirigió al monarca.

 

-A ver, Don Felipe, una frasecita.

 

En la pizarra verde, con tiza blanca, unos signos como las huellas de las gaviotas en las playas, pero mejor, se alborotaban. Bajo ellos la insípida traducción al bochornoso lenguaje de los parias.

 

Felipe tragó saliva. Le había crecido tanto la nuez que parecía atragantado.

 

-Pues, pues…

 

-Eso, eso es, ya sale, ya sale.

 

El parto estaba a punto, pensó su compi de pupitre. Sólo aguardaba el mismo destino de Villalarga o de Guerrita, cuando dieron las clases a la vera de Nazarín o Felipito Dios.

 

Era Amadeo.

 

Un sujeto curioso. Salió del orfanato, y se agenció una par de padres y otras tantas madres, y eso el primer año. Con ese precedente escaló rápido, apoyado en unas tarjetas flamantes: Amadeo de Sayoba y de Sayoba, marqués de la Fontana di Trevi.

A nadie le pareció llamativo que no tuviera el menor acento italiano. Ni siquiera cuando cantaba Cosi fan tutti al alimón con Merceditas, la prima  del Rey, que era un talentazo, simpática visitadora del Lidl y del mercado de Chamartín, lozana como Isabel del Canal. .

 

Juan Chan recogió sus bártulos. Era final de mes y día de cobro. Eso le compensaba aquella manía por aprender chino de aquel cazurro castellano y su amiguete, otro europeo pálido como el jinete del alba. Y todo para invertir en China, ya ven, como si los chinos fueran tan tontos que dan duros a cuatro pelas…

 

Y es que Juan Chan había aprendido el castizo en Chamberí.

 

 

 

 

 

 

 

 

-¡Pero qué te pasa ahora, Felipe!

 

Don Cosme de Medienlamuí, jefe de la Casa real, trinaba como un jilguerillo en la fronda. Y es que no se acostumbraba a las salidas de tono de su patrón.

 

-¡Esta gente del Consti, Cosmito! ¡Es que no les soporto! Desde que me denegaron el doble Toisón Populachero, porque aún no era bastante plebeyo, ya ves, no les aguanto.

 

‘Por una vez vas a tener razón’, pensaba Don Cosme, a quien las decisiones del Tribunal Constitucional de la Alta Castilla se la traía  floja.

 

-¿Y qué ha hecho esta vez?

 

Felipe suspiró.

 

-Pues ya ves. Ha aceptado el recurso de una Fundación Folladera para que se den preservativos con música y a medida… Nos va a costar un pico… Ahora que tenía ajustados los presupuestos…. ¿No hay manera de controlar a estos tipejos?

 

-¿Es que quieres dejar el paisito vacío?

 

Felipe volvió a suspirar, porque se le daba bien.

 

-No lo había pensado…

 

-Ya… No es raro.

 

Aquello le sonó a dilogía, pero como no sabía qué era, pues ni fú ni fa de mosqueo.

 

-Y no le dieron a papá el nombramiento honorífico de hijo del pueblo, los cabrones…

 

-Hombre, es que aquello sonaba a chufla.

 

-¡Pues bien popular que era!

 

Don Cosme hizo la señal antivampiro.

 

-¡Eso ni lo mientes! Lo de popular, mejor dejarlo, por si acaso, que es gafe.

 

 

 

 

 

El Primer ministro sonrió.

 

-Señor -por cierto, vamos a utilizar lo de SIRE, que es muy chic- se trata de engañar, sí. Pero con una mentira que roce la verdad.

 

-Sutil… o imposible.

 

-Ni una cosa ni otra. Útil. La gente se cree cualquier cosa. Incluso que los políticos somos necesarios…

 

-¡Hombre..!

 

-Sí, sí. Está probado eso de Lincoln, que se puede engañar a todos durante un tiempo. Nosotros hemos ido más allá. Podemos engañar a todos -bueno, menos a los que están en el secreto- todo el tiempo.

 

-¿Y cómo? ¿Son tan bobos?

 

-¡Claro! Digo… No. Lo que pasa es que conviene oír determinadas cosas, y así se creen determinadas cosas, oiga.

 

-¿Oiga?

 

-Digo, SIRE. Ese florentino, ya sabe, lo aplicaba bien. La mejor mentira es la que se parece tanto a la verdad que casi lo es.

 

-Es un sudoku. Un equívoco. Un galimatías. Por lo menos de tercero de ESO.

 

-¿Eso?

 

-ESO. Eso creo.

 

-¿Entonces?

 

-Manipular. Si lo haces bien… ¡plaf! Sacas el conejo de la chistera.

 

-Y le das su zanahoria.

 

-Panem et circenses… Lo de siempre. Como los cuatrocientos euros.

 

-¿Qué es eso?

 

El Primer ministro arrugó el gesto.

 

-Algo que se nos ocurrió para…. contentar a los indecisos antes de unas elecciones. ¡Lo repetiremos!

 

-¿Comprar votos?

 

-¿Y qué hacen los programas? ¡Todos engañan!

 

-Entonces… La manipulación es sencilla.

 

-¿Qué puede esperarse de una especie que construye bombas atómicas, y… ¡las utiliza!

 

-Que desaparezca.

 

-Pues antes, vivamos, Sire, vivamos.

 

 

 

 

LA CRISIS

 

-¿Darán algo por el Toisón?

 

-Puedes ir de visita y  arramplarlos. Como ‘el rosario de mi madre’.

 

Felipe miró a la consorte.

 

-No te quitas el pelillo de la dehesa ni a tiros. ¿Quieres que gitanee con dádivas?

 

-¡Merluzo! Si no tenemos presupuesto ni para pipas… Y las niñas tienen que renovar el vestuario. ¡Y no van a ir de Benetton otra vez…!

 

-Dile a las infantas que te den la ropa de sus vástagos. Está nueva.

 

-¡Ni hablar! De usado, nasti. Me recuerda a la camisa de Isabel…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un especimen involucionado de la casta enfermeril

Me desatendió el día D, el del cólico. A Eisenhower le pegó cuando lo de Normandía. Odiaba su trabajo -siempre con enfermos o hipocondríacos, que es peor- y no se soportaba a sí misma. Aquí no hay cuota, así que me tocó una el día de urgencias.

 

-Usted aquí -me dijo.

 

La conocía de una consulta. El día que me falló el coche y le dije que tenía prisa.

 

-Tiene que esperar una media hora.

 

¿Por qué nunca se llega pronto a las consultas? Tú vas a la hora, pero siempre van con retraso. Lo malo es cuando es el urólogo y te estás meando porque, claro, te han dicho que bebas y bebas para la eco y la flujo.

 

Las enfermeras siempre rebañan a los pacientes, tipo ganado, para que se crean que los dominan. Son esoterismos de hospital.

 

-Es que tengo un problema.

 

Para una enferma o auxiliar o celador eso de tu problema es como un sudoku de cuatro números,o sea imposible de resolver sin una maquinita. Así que te miran desde el alto triclinio.

 

-Tiene que esperar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pasaron al saloncito.

La fiesta acababa de empezar. Bueno, la segunda fase, la de la deshibición, que era la nueva palabra de la SGAE para el puterío. La Sociedad de autores había suplido a la Real Academia de la lengua, después de arruinarla con los timbres y cánones que habían extendido a cualquier manifestación llamada creativa. El ministro SGAE, Pompiño Guarrez y su secretaria de miniestado, Alarma Bisex, se refocilaban en un canapé rococó, bajo un óleo del gran Cela, quien desde el cielo de los cómicos se cachondeaba a tutiplén, junto al cabreado genio Fernán Gómez, que discutía como siempre.

 

-Los políticos, una profesión en la que las equivocaciones no cuentan.

 

-Al contrario -dijo Suances, el financiero culto, que iba de incógnito para conservar su imagen de patán ricacho, la que le daba prestigio en los foros econométricos-. Ya sabes lo que dijo Galbraith: Cuando todo lo demás falla, siempre te queda cometer un error garrafal para alcanzar la inmortalidad.

 

-¡Pues entonces nosotros estaríamos rodeados! Porque no dan una.

 

-Como en el cine: los errores y la mala calidad no impiden ganar dinero.

 

Hablaba el amigo de Suances, Armandito, otro poeta introducido como quinta columna en el sistema. No lo conocía ni San Pedro, pero saludaba a todo el mundo. A los hombres como si acabaran de comer juntos y a las mujeres como si acabaran de acostarse juntos. Lo que viene a ser lo mismo.

 

-Eso dijo Marlowe, creo, aunque no viniera a cuento, como todas esas frases brllantes. Me imagino a los héroes de comic en la barra del Savoie paladeando un Martini seco, agitado no meneado, o como diga el Bond. Me da un poco de risa.

 

-Si hablas del detective, pues no -puntalizó Suances, que era un erudito camuflado-. Lo dijo Chandler.

 

-Es lo mismo.

 

Bueno, no era lo mismo. O sí. A mí me importaba seguir husmeando, y busqué con agitación en mis neuronas y en mis arterias a Nikol. Kidman, claro. Me habían dicho que estaría allí, siguiendo a Bardem, el pollastre del norte, amo de Hollywood.

 

Pero no la vi.

 

Estaba ya cansado y un pelín alicaído, como Pérez Reverte leyendo un artículo de Juan Manuel de Prada, cuando sonó el teléfono. Hubo un segundo de estupor, porque aquel timbre parecía extravagante, y si me apuráis extemporáneo, ya que a la orgía había acudido la plana mayor de la Magistratura, tan dada a los plazos.

 

-El número quince -dijo alguien, o sea un camarero vestido de Humphrey Bogart que manejaba el auricular como Carmen Sevilla las bolas de la Primitiva. Se le acercó una rubia esplendorosa, con un candelero en la mano derecha y un meneíto con rubí en la izquierda.

 

-Déjamelo, Rubén, Y ve por ahí a hacer publicidad de la casa.

 

-¿Me llevo el candelabro? -Preguntó Humphrey, solícito.

 

La chica miró el instrumento. Pareció preguntarle el nombre, y cuando lo tuvo claro dijo:

 

-Es un modelo de masculinidad reprimida. No sé si te apetece.

 

-Sí, sí -dijo él. Mirar un culo con giro menor de treinta grados, pues nada. Si te pasas de ese ángulo, multa.

 

La chica colgó.

 

-¿De qué hablas?

 

-Acoso. Es lo nuevo. Aunque mirando por aquí, tiene guasa.

 

Se cogieron del bracete. Yo dudaba a esas alturas si había bebido demasiado, o estaba en una fase de desdoblamiento astral. “ En cualquier momento me veré sobrevolando el salón o saliendo del espejo, como un ectoplasma”.

 

Pero no pasó nada. Fesa me llamó por el móvil

 

Nene, ¿Me has mirado eso?

 

-Le dije que sí. No sabía aún de qué se trataba, pero ella parece satisfecha. Como un investigador que saca conclusiones erróneas que nadie es capaz de rebatir. Así se perpetúan los errores. Como la burocracia.

 

Una miembra del Club de la igualdad tosió. Lo hizo después de Miramolinos, el gurú de la Bolsa. Para no ser menos. Con la diferencia de que el pobre Miramira había cogido un catarrazo en Los Mesones, papeando tortilla en la barra del Candelas.

 

-Deberías mejorar ese tono. Pareces un híbrido.

 

Me di cuenta entonces de que se la estaba meneando. Lo hacía con sutileza, como si Audrey Hepburn estuviera deshollinando la chimenea de My Fair Lady, bajo la empalagosa mirada de Dick.

 

Esto me recordó que en la RAE, cuando fue confiscada, había ya veinticuatro mujeres y veinticuatro hombres. Alguien propuso otro reparto: veinticuatro homosexuales, doce hombres y doce mujeres, y veinticuatro heterosexuales, lo mismo. Pero resultaba complicado. El caso era no trabajar, porque las sesiones se parecerían cada vez más a las del Parlamento, donde reside la soberanía de la nación. Así que somos una nación de vagos y de incumplidores, cosa que siempre gratifica, por lo de las comparanzas.

 

Yo tenía el complejo de las comparaciones: “Mira qué formal es fulanito, y cuánto estudia Pepito, y Marianín ya tiene novia, y Andresito ha aprobado todas y tiene beca…”. Por ejemplo. Yo era campeón de balóntiro, de chapas y de canicas, y eso con una rodilla a la birulé, después de la caída.

Los curas del cole se empeñaron en hacerme andar, para calentar. Mi rótula estaba chascada, y a poco me dejan cojito a la mayor gloria del Santo Lammenais, cuyo nombre nos daba para coñas mil. Se lo decíamos a las nenas del Pilar.

 

-¿Tú no eres de Lameneas?

 

O algo así, que no entendía casi nadie, porque el español tiene poca gracia para el equívoco, y se le da mejor lo burdo, como contar chistes. Aunque hay chistes finos. Picuelas, el atleta, un gran tipo, y Mundito, el grandote portero del equipo de fútbol, los contaban bien. No paraban. Yo anoté alguno en mi libreta, pero contar chistes consultando notas no quedaba guay.

 

Entró por la puerta trasera, como un subalterno. Pero llevaba cuatro gorilas, uno de ellos algo escuchimizado. Debía ser un sobrinete. Era el ministro del Interior, ahora llamado el invisible, o el pasillero. Se rumoreaba su inminente exterminio, fumigado por los defensores de la transferencia de competencias. Habían hecho una letra política para la Eurovisión, en la que participábamos con dieciocho representantes y un extra, que era el tertuliano más prolífico del año. Se parecía a Dios, ubicuo y multidisciplinar.

 

El caso es que mi novia pilló lo de la RAE, porque era secre de la SGAE.

 

-Claro, ni limpia ni fija ni nada, y el esplendor ni en la hierba.

 

Se me estaba subiendo la bilirrubina, con la tequila. El invisible tomaba Whisky en taza de té, porque era del Opus, que ya tenía diez santos, a saber… Bueno, me callo por ahora. Porque las letanía, mejor soñarlas, que da gustirrinín.

 

-¡Y llegaron los bárbaros! -Es que había captado al vuelo lo de Bizancio. Me recordó el bachillerato, luego llamado Eso o Deceso, ya no sé, porque los peques llevaban los textos en carretillas, y aprendían seis lenguas además del inglés y el chino. Mientras se hablaba del sexo de los ángeles, les cortaron las pelotas.

 

-Eso pudo hacerlo Atila, y Gengis. No se sabe por qué no lo hicieron.,. Se quedaron disecados, mirando el Tíber.

 

Mi tesis es que les dio yuyu. ¡Que fastidio, eso de instalarse en el secarral de estos predios! Se volvieron a los caballos y las estepas. Preferían Afganistán, como los vencedores de las tres últimas guerras mundiales.

 

¡Justo cuando en el Moulin Rouge se meaba en el bidé!

 

Por cierto. No me he presentado. Soy Miguel, Miguelito Martínez, M. para los amigos.

Ya oiréis hablar de mí.

 

 

 

 

La Corte de Madrid

 

En 2025, claro, hasta el Halley era moderno. Felipe y Leticia, que asistían cada jueves a las veladas de Carrillo y Sabina -‘los sabinos’ les llamaba Aute, antes de que al bueno  de  S. le apodaran ‘letrina’- invitaron aquel día a los Condes de Barselona.

 

-¡Ay, Felipe! ¡Cómo me acuerdo de Don Juan, tan grandote y tan derecho! ¡Y ahora éstos, que se tiñen el bigote!

 

Se referían a Jaume Duracarot y Condesa. O sea, al hermano y a la mujer del Conde.

 

Los señores de Biscaia, antes Vizcaya, Mikel Ibraletxera y maita o señora, habían hecho pocas migas con los de la barretina, porque siempre les tocaba pagar la cena, y el control del presupuesto era ya férreo. Sólo podían escaquear la comisiones de las obras públicas, cada día menos frecuentes porque quedaba poco fuera de los bolsillos, y además se llevaba todo Galardonazo, el cementero, cuya ciudad aún pagaba los intereses de los bancos que la habían hipotecado como a un matrimonio jovencito.

 

 

Los PARTIDOS

Seleccionaban candidatos, como en ‘OperaciónTriunfo’. A esta fase la llamaban también OT, porque el jefe de negociado audiovisual de la televisión nacionalsocialista se llamaba Oti, apócope de Otilio, chapuza a domicilio. Habían previsto un sistema de listas, y para conformarlas cada miembro del politburó o del nomenklator, según, proponía a dos de su cuerda. Este nepotismo estaba justificado, porque, como decía el líder invicto,  presi vitalicio del subgobierno de la autonomía central, Patacero de las Mercedes, “más vale lo malo conocido”.

 

Pero a mí me paso una cosa, que aún no he comprendido del todo.

 

El día anterior a la presentación de las listas en la secretaría del Congreso, negociado ‘los jetas del reino’, que era el enunciado popular con que se conocían los diputados y senadores, sonó el timbre de mi casa. Me asusté porque estaba viendo Disney chanel con mi sobrinito Alejandro, y en ese momento Spider Man iba a zamparse una pizza Margueritta, creo.

-Dígame.

-Aquí un telegrama de la Comisión electoral.

-¿Y qué es eso?

-Lo de las plazas para cobrar sin dar callo, cosas de políticos.

Me pareció interesante, pero pensé que se habían equivocado de destinatario. Se lo dije  a Alex:

-Nada, que debe ser para la vecina. Su marido es del Opus. Y esos mandan mucho.

Alejandro, que es un tío muy listo, asintió sin mirarme. A sus cuatro años ya era todo un escéptico. Chapeau.

“Seleccionado para diputado de barrio, según el nuevo esquema del subgobierno de la Comunidad central o zong kuó, elecciones conjuntas con las de diputados y senadores, preséntese en la casa del pueblo de Patacero, o sea en Alpedrete sur, salida 10 este, viaducto de la M-60, el martes a las ocho tarde. Habrá cóctel”.

 

Me reí. Acababa de inventar un chiste. Malo, pero chiste.

-No es lo mismo la Casa del pueblo que una casa en el pueblo.

Alex asintió de nuevo. Le miré de reojo, por si tenía puesto el sonotone de mamá o mis  ceras de piscina. Comprobé que las llevaba en el bolsillo, y las arrullé entre mis dedos, como un gran mocazo. Cuando somos mayores se nos olvida qué gusto da eso de hacer albondiguillas.

Bueno, para abreviar, me presenté como un falangista a la hora y en el lugar señalado por el líder, con el ademán firme y los muslos apretados, porque me producía un cosquilleo en la entrepierna eso de ser diputado elegible. Lo del error o el malentendido no venía a cuento, y me consolaba pensando cuánto alto cargo va por el mundo sin pelotera idea de nada, o aún peor. Y a las pruebas me remito, como decía el abuelo. Claro que él decía ‘pijotera’ porque era más fino.

En la verja de la finca, que había sido remozada y ampliada con cargo a los distintos presupuestos de los distintos entes, montaban guardia una docena de pistoleros, o porteros de discoteca, lo que unido a las luces intermitentes de distintos colores con que la jefa celebraba estos encuentros -terapia del gesto, la llamaba, no sé por qué. A lo mejor por la cara que se te ponía pensando que te habías equivocado y que aquello era un puticlub de carretera- me desorientó un pelín.

-La carta.

-¿Cómo?

-¿No ha recibido una carta?

Se la di. La miró como si estuviera aprendiendo a leer. Al fin vio mi nombre -o el de mi sosias- en la cabecera.

-¿Es usted?

Naturalmente. Yo era yo, indiscutiblemente. No mentí.Llegué a la sala del trono a través de una alfombra de hojas barridas sólo por el viento áspero del Guadarrama. Esto me queda bien, porque me imaginé un 007 en misión especial. La chica estaría por ahí. Y si me descubrían, al menos iba a enterarme de qué iba la cosa.

Pero no era un error. Ahí estaba. El tío Fede.

-Chiquitín-me llamaba así desde los cuatro años- ya veo que no te has perdido. Ven, voy a presentarte. A propósito. La próxima vez te pones corbata, que eres un padre de la patria. Y no hagas caso de esa patraña, que la corbata sólo la llevan los pringaos.

-Vale.

Era muy socorrido, pero todo el mundo lo entendía. Vale.

-Te vas a enterar de cómo se fabrican las estrategias de una nación.

Me sonaba a peli primitiva, un poco USA, un poco rusa, no sé. Entre el surgimiento y el hundimiento. Le seguí. Llegamos después de mucho besamanos a una mesa de juego. El humazo era alentador, y olía a whisky sudado.

-Será tu tutor -me señaló a un edil municipal de la periferia, que yo conocía por los encierros de Geta y Sanse, años atrás. Era un cobardica y un chuleta, pero se las ingeniaba muy bien para no parecerlo.

Me echó una mirada de soslayo. El purete se estremeció un instante en su hornacina, casi cubierta por un bigotazo chusquero.

-El del mostacho -me señaló el tío Fede, como si no nos hubiéramos conocido-. El otro alzó su póker, saludando a una mosca, supongo. Aún había clases y distancias, claro. Yo era un alevín, un aprendiz, y él un gran maestro.

Perdió pronto la mano. Se alzó del sillón arrastrando un voluminoso abdomen, y me echó la zarpa al hombro.

-Bueno, mozalbete. Vamos a empezar el master.

-Vale.

La conversación prometía. El tipo me inspiraba. No sé por qué me recordó a Andresín, el que se equivocaba de número y me enviaba a mí los mensajes eróticos que dirigía a sus novias. Claro que sólo el guarro Freud o ese Jung pueden explicar semejantes asociaciones de ideas. Imagino que por lo chusco del caso, y porque iba a tener algo que contar.

-¿Ves? Esto se llama la comisión para la defensa de los pueblos iberiyankispánicos. Un poco largo, pero es que tiene mucho presupuesto.

Se palpó el bolsillo y sonrió como Groucho Marx antes de poner la zancadilla a una viejecita.

-Cada pueblo, un defensor, que es enemigo y atacante del otro.

-¿Es un juego?

Se atragantó antes de soltar la carcajada.

-Puede llamarse así. -Me atornilló la sien- ¿Un cerebrito cachondo, eh?

Bueno, ya entendería. De momento, ahí se quedaba, reciclando, la información esotérica del prócer.

Pasamos a la Sala Hiede. Sonaba mal, pero no olía. Es que yo tengo la pituita floja, y los hedores me perturban, me producen neuralgia, como las conversaciones forzadas y las consultas a la cuenta de Caja. ‘Histriónica escuela de envites’, creo que se llama en largo.

 

-Un caso práctico. En vivo y en directo.

Al mastermagister le encanta eso de hablar como los anuncios. Como se hacía mucha gracia -de pequeño nadie le reía sus chistes y llevaba treinta años sacándose la espina, como Patroclo a su león- pasaba un buen rato luciendo su dentadura kiss white y repitiéndose como un ajo peleón. De vez en cuando sacaba un anglicismo, que en las escuelas de empresa y aledaños viste cantidad. Y no digamos el latín macarrónico.

-Casus vivus, courses ofered, location, sí, muchachos, la vida misma. Anotad, la composición de lugar, antecedentes de Estado mayor, Loyola y Metternich, no necesitamos a Su Yung o como se llame, el de la guerra, que nunca puede ser un arte.

Yo tomaba notas, la escritas y otras, que procuraba enredar en mi asociación de ideas como los trucos de los nombrecitos, cuando mi hermano y yo actuábamos para la familia y sacábamos un extra con el memorión, que era más falso que Judas. De ahí me vino un poco la afición al comercio. El tío Anselmo me lo decía.

-Un trueque, Miguelito. Todo es un trueque. Dar y tomar, fas y nefas, quiero decir do tu des, sinalagmas, nos vendemos y nos compran, todo es un cambio, y no siempre la mercancía es de calidad.

No sé si lo de la mercancía lo decía por nosotros,

pero con las quinientas pesetas nos íbamos a Suiza, que no estaba en ninguna de esas falsas comunidades de naciones o pueblos o estados o engendros y por eso vivía mejor, sin tanto burócrata, con sus chorizos de siempre, los banqueros, los joyeros, gente de orden. Llevábamos dos botellas de coñac y con las plusvalías de su venta sin aranceles nos pagábamos unas minivacaciones.

-El Partido renovado de ciudadanos por la igualdad propuso una ley con tres artículos, aprobada por aclamación.

Nunca sabíamos si los enunciados del master eran ficciones o notas de prensa. Como la política era un circo, cuanto más extravagante más se parecía a la realidad.

-Habría un rey, una reina, o un presi y una presi a la vez.

Eso me sonaba. La ley de igualdad, que había llegado a las tomateras. Los tomates impares se desechaban por insolidarios.

-Los matrimonios sólo podían tener gemelos, varón y hembra. De ello se cuidaría la ciencia.

Nosotros ya habíamos empezado. La bisa tuvo veintiuno, y seis en parejita.

-El tratamiento de los trans y similares sería de ustú y el del resto vustú.

Pues ahí estaba el truco del ‘casus belli’ o como fuera. Eso no podía ser. Lo anoté relamiéndome. No podía haber un trato discriminatorio. Me sorprendió el ‘insu’.

-Una cosa es el trato y otra el tratamiento, caballerete.

Una vieja palabra. El master era un clásico infiltrado. Lo anoté en la asociación tercera según se subía al árbol, justo antes de la barriga del mono.

El muerto no estaba solo.

Allí, tendido frente a la puerta de Caja Madrid, en la calle Bravo Murillo, imponía mucho respeto. Bueno, ya me entendéis, no era ese respeto de los vivos, como dice el alcalde, o el comendador, o no sé quién en la obrita esa de Lope, o de Calderón, uno de los clásicos que nos endilgaban en el cole, no, no. Ni el del abuelo, o el padre de la novia. Era otra cosa. Daba miedo, para qué negarlo. Por lo menos a mí, que soy curioso pero me entraba un cierto repelú, y luchaba con las ganas de mirar y pregunté incluso qué pasaba, aunque ya lo sabía: “Un muerto”, me dijeron. Ya, claro, tapado con ese aluminio que parece un fosforito, o una mortadela gigante para el bocata de los gusanos, o no serán gusanos, dinosaurios, que molan más. Los polis hacían como que  pasaban, y a lo mejor sí que pasaban, como casi siempre, excepto cuando van de cazacoches y entonces no se les escapa una, multa por aquí y por allá, estaban a pares, los azules y los negros, Montescos y Capuletos, municipales y nacionales, mirándose de reojo, los vehículos oficiales sobre la acera, custodiando un embarque de loza frágil, y los del SELUR y el SAMUR charloteaban. La gente mirando, como yo, algunos con descaro, casi todos de reojo, con el perfil de la superstición y del yuyu, a mí no me pasa, y el bulto envuelto ya digo en papel charolado, que destelleaba al sol de septiembre.

 

¡Caín! ¡Sube inmediatamente!

 

Te juró que lo oí. La voz había salido del cielo y le llamaba. La cosa estaba chunga, porque quien fuera -algo me decía que no era Dios en persona- estaba bien cabreado. Salí corriendo -no se me ocurrió otra cosa, y es que soy algo cobarde- y me refugié en El Cubanito. Llevaban ya seis meses sin pagar la renta, así que les iba bien. Sonreían, ajenos a mi experiencia escatológica, pero algo vieron en la cara de susto que llevaba.

-Vale, chico -dijo el camarero, que era además el maitre y el gerente, pero sólo cobraba por dos de esos oficios porque la recaudación no daba para más- parece que te persigue una aparición.

Entonces llegó el auxiliar, un camarero de paisano y me avisó.

-Abrimos a la una.

Eran poco más de las once y media. O sea, no era cosa de esperar. Salí despacio andando hacia atrás, por si Elías había bajado con el carro. Se habían formado los grupitos que surgen en cuanto pasa algo.

-Pues a mí me parece muy mal que lo dejen ahí tirado de esa manera. Si me pasa a mí…

-Pero hombre, ¿qué van a hacer? ¿Ponerlo en el banco sentado como los que llevaron el fiambre a cobrar el cheque?

Se me grabó aquella imagen, y eso que me la había inventado. Los dos amigos llevaron al otro muerto bien tiesito en su silla, sujeto como el Cid, y cuando iban a cobrar el dinero de su pensión no se le ocurre otra cosa que deslizarse a cámara lenta y acabar con sus fríos huesos en el frío suelo. Todos a la cárcel por intento de estafa, ya ves. A cualquier cosa la llaman estafa, y encima a un Banco, que está perdonado porque quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón.

Bueno. Lo que me preocupaba era la alucinación. Yo había oído claramente llamarle -a Caín, digo- “¡Caín, dónde estás!”, sólo que más contundente. El nombre sonó como un pistoletazo, el de salida del Gran Prix en el hipódromo de La Zarzuela.

¡Caín! ¡Dónde estás!

No era una pregunta, era una acusación. Repasé el Génesis, quiero decir lo poco que nos habían enseñado, lo del Dios de Israel, siempre enfadado como un español en su casa, y antes lo del Paraíso, vaya situaciones, y la mala leche del Creador, al ver de qué barro estamos hechos, supongo, y eso que fue idea suya. Y eso de Caín con su hermano… ¿Le habría matado otra vez? Tenía que averiguar cómo se llamaba el muerto.

Miré el reloj. El Alcalde había contratado unas pilastras enormes después de ser otra vez derrotado en la candidatura olímpica. Los del Comité visitaron Madrid de incógnito y cuando pisaron la décima cagada de perro la tacharon. Habían elegido Montreal o fue Chicago, no me acuerdo. Para compensar se instalaron mil nuevos parquímetros y un montón de cachirulos publicitarios. El personal, menos los conductores, se distraía a gogó. Yo también, y ya iba a llegar tarde, en esta ocasión por culpa del muerto.

Pensándolo bien, lo que me asustaba no era algo tan evidente como morirse, lo único seguro de la vida. Era el ritual, esa solemne majadería que va del óbito a las exequias. Y eso sin contar las disputas por la herencia. Morirse causa un enorme trastorno a todo el mundo próximo al difunto que se quede vivo.

Sentí un impulso. Volví sobre mis pasos. La zona X ya estaba despejada. Habían lavado la acera como si fuera necesario descontaminarla. Sobre la puerta de Caja Madrid, a media altura, vi una ventana abierta. Se oían voces como susurros. Entré en el portal y subí la escalera. Me detuve en el rellano del primer piso.

 

Damos vueltas a todo lo que nos falta y nos convertimos en dependientes de los sentidos. Por ejemplo, si no tenemos una mujer, y eso lo hacemos el leiv motiv de cada día. Podemos pasar sin ello pero no somos capaces de aguantar una obsesión. Y lo mismo pasa con todo. Nuestra capacidad de sacrificio, o mejor aún, de abstención de uso o goce de las cosas es ilimitado, pero somos esclavos de la necesidad de ser esclavos de todo: el consumo, el sexo, la droga, el trabajo… Sí. Y la política, el dinero, la tele, los churros.

¡Caín, déjalo ya, por favor!

Era esa voz. La voz del cielo, que sonaba detrás de la puerta.

Bajé las escaleras como un rayo. En el último peldaño resbalé y fui a dar con mis huesos en el descansillo, que era duro y estaba frío, pero apenas noté el golpe ocupado aún  en mirar atrás, por si me perseguía algún espectro.

En la calle Viriato -la casa hacía esquina con Bravo Murillo– unos vehículos pacientes aguardaban que se abriera el semáforo. Crucé sin mirar y un taxi me rozó las pantorrillas El conductor bajó asustado, me ayudó a levantar y se ofreció a llevarme a un Ambulatorio, que antes eran Casas de socorro, nombre que iba mucho más al pelo. Un tío mío llamaba así a las casas de lenocinio, porque no le gustaban los nombres griegos. El caso es que rehusé, por la proximidad al lugar de los hechos, y el taxista me dio un papel con sus datos.

No sé si he dicho ya -seguro que sí, porque me gusta repetirme. Como si buscara siempre el otro yo, una cursilada- que Madrid era entonces la ciudad donde mejor se vivía en el mundo. Si eras funcionario, mejor. Sólo hay un millón de funcionarios en Madrid, y me quedo corto. Si no tienes coche, mejor todavía. Hay unos tres millones de vehículos, en un plano entre los Austrias y la Defènse. Y si tenías perro, o eras de la farándula -ambas cosas son compatibles, pero ya es demasiado- o paniaguado o vinculado a alguna minoría, pues miel sobre hojuelas. Madrid es la ciudad más avanzada del mundo, porque va delante de sí misma, como la sombra de las nubes. Y a veces se queda en eso, después de un rugido furibundo que es el parto de los montes. Madrid, paseada sorteando mierdas de perro, polis y sucedáneos multando coches, agentes de movilidad produciendo atascos, sancionando excesos o faltas de papelitos, taxis a mil, comidas a diez mil , infinidad de cines maravillosos, teatros y centros culturales que son el descubrimiento del siglo, pues resulta tan atractiva como una vedette y tan insufrible como una vedette. En Madrid hay zonas erróneas, como en las personas, y eso la hace más atractiva aún. Una de ellas es la solución de los atascos vía sirena y motoristas que abren como Moisés el asfalto para que lo atraviesen los privilegiados, también erróneamente llamados servidores del pueblo, ya ves.  Ciudad feliz, ciudadanos -el resto, o sea, los dostercios que no son funcionarios- cabreados y jodidos pero que nunca dejarían su ciudad. Nunca dejarían su barra con el aperitivo de navajas a la plancha, el fútbol dominguero, que es la resurrección de Lázaro, pero cada seis días, un milagro de masas. Hasta los impuestos saben menos amargos si gana el Atleti, o si gana el Madrid, o el Rayo, o el Getafe, puestos a eso, o… Según. De vez en cuando los ciudadanos se cabrean un poco más, cosas de la vida, con las manías que tienen sus políticos -esos poderosos aficionados- o sea quienes eligen para que les administren bien y justamente, y que se circunscriben fundamentalmente a cabrearles. En Madrid se paga un canon por la marca del café que degustas, y los inspectores de la Sociedad galáctica de los Media -antes Guttemberg- te echan el lazo si ojeas una fotocopia, por si la has copiado de un texto con el copyright calentito. Mi tío Anselmo, por esas cosas de la profesión, tiene un lote de libros en el Registro de la propiedad intelectual, y dice que cómo vamos a ser propietarios de esa cosa, como si fuese un cocodrilo o un reloj de pared. Será porque los burócratas desconocen qué cosa sea el intelecto. Ahora hacen huelgas comunes con los vigilantes de la SER, que era una Radio y es un servicio de estacionamiento, que hasta hace poco regulaban los keniatas o los nigerianos, no sé, en la Cuesta de la Vega. Pero nada de Estado policial. Nada de 451 Farenheit y nada de Grand Father. Todo está tan revuelto que ya no se distinguen los ajetes de la yema del huevo.

 

 

Llegué al piso de mi hermano,

donde vivía, contiguo al de mis padres y al de Lucarci, el reportero de moda, que se perpetuaba según quien mandase, porque como decía aquel antiguo ministro de Franco, siempre ganamos los mismos. Busqué algo de comer en la nevera. Estaba llena de latas, como siempre, y yo me pregunté una vez más por qué mi hermano mete las latas en la nevera. Luego, cuando las abre, consume la mitad y deja el resto fuera. Una manía.

Sonó el teléfono. “Es Caín” -pensé. “O el muerto”. Pero no. Llamaban de la Facultad. Mi hermano, que ya había cumplido los cuarenta, se había matriculado de una extraña disciplina cuyo nombre no comprendí bien, y que acaba en TICA, y había olvidado en la ventanilla de la Secretaría todos sus papeles.

No era extraño que mi hermano tuviese papeles, pero era muy raro que los traspapelase. Bueno, es que la casa era, en realidad, una papelería-librería-quiosco de prensa, todo revuelto. Mi hermano amaba los papeles. Eran su vida, o eso creíamos, porque no se le conocía otra más interesante. Por eso me pregunté qué había pasado.

De repente mi cerebro se alertó, cosa que sucedía pocas veces, así que me preocupé un poco. La secretaría de la UNED, o la biblioteca de la UNED, estaba cerca, en la misma calle Bravo Murillo, lugar de los hechos, o sea del muerto y de Caín y de la voz del cielo. Aunque ya pensaba si no sería del limbo o del mismísimo infierno.

Un hilo invisible debía unir todo aquello. Me dolían las pantorrillas, y recordé el golpe. Al caer creí verlo, sí, durante una fracción de segundo. Estaba absorto -eso no era tampoco extraño, porque mi hermano es muy inteligente, y ya se sabe que los listos y los tontos se llevan poco- y parecía mirar alucinado a una muchacha espléndida que transitaba cerca de Orio, en la acera de enfrente. Pero la chica pasó y mi hermano seguía mirando fijamente sin moverse.

Aparté unos libros, la prensa del mes, varios videos, CD y DVD -era una casa moderna- y un par de cuadernos que reposaban en el sillón y me senté a meditar.

En el sofá, sobre una montaña de textos, coronando la tácita sabiduría de sus contenidos, bailaba un sobre doblado por el centro. Iba dirigido a mí.

Lo abrí, receloso, porque no estaba acostumbrado a encontrar correspondencia directa de esa manera. Contenía un folio manuscrito.

“En Madrid, a 24 de septiembre de…. Día de las Mercedes…”.

O sea, de ayer. Me sobresalté. Aquello parecía el comienzo de un epitafio. De repente me di cuenta de que no había visto la cara del muerto. En realidad no había visto más que un paquete forrado, tirado sobre la acera, custodiado por unos polis que parecían de vacaciones, como todos. O sea, una escena normal. De hecho pensé que alguien había atracado la oficina de Caja Madrid y estaba calculando con envidia cuánto podía haberse llevado cuando oí aquel comentario:

-Alguien que ha tenido un infarto.

Lo del SAMUR y la limpieza SELUR lo confirmó.

¿Sería mi hermano el muerto? ¿Habría visto, en mi caída, su holoespectro, como una visión escatológica primordial, de esas que salen en el Canal Cuatro? ¿Me habría dejado escrita su última voluntad? Porque heredar, pues siempre gusta, claro, y ya me contaréis, yo estaba pelado como una almendra marcona. ¿Habría sufrido el pasmo después de comprobar el estado de sus finanzas? ¿Quién me iba a cuidar en adelante? ¿Quién cuidaría a mi padre? Sonó otro ‘clic’ en mi cabeza: mi hermano, cansado de soportar nuestra presencia -cosa que manifestaba a diario- se había suicidado, eligiendo el escenario del crimen.

Bajé al ‘Súper’ -en mi barrio no hay Mercado de los buenos- y me agencié arroz, laurel, unos tomates y media docena de huevos. Una reserva estratégica alimentaria. Me preparé un menú de limpieza orgánica y dejé las proteínas para el desayuno, como recomiendan los que se atiborran de churros y croisanes, ya que presentía una jornada movidita. La tele no funcionaba. Mi hermano sustentaba constantes pleitos con las operadoras de telefonía que daban televisión porque nunca cumplían con sus ofertas. No se sabe cómo llegaban a ponerse de acuerdo para hacerlo tarde y mal, te dejaban sin conexión, sin internet, sin tele, y encima llenaban todo de cables y aparatos inútiles y te cobraban el doble y ciertos extras por resolver problemas creados exclusivamente por ellos. La última de Telefónica -ahora Telefonica, sin acento, porque se le olvidó al diseñador, y eso que no era Marechal– fue muy buena. Le di el guión a La Sexta, para su programa de nuevos cómicos, pero como yo no la veo porque es muy roja no sé si lo han aprovechado. Mi hermano dice que me contradigo con estas cosas que hago y yo le contesto que sí, porque no me cuesta nada admitirlo. Faltaría plus (Canal).

Ya estaba adormilado cuando sonó el timbre. Pensé que mi hermano se había olvidado las llaves, pero enseguida me di cuenta de que era viernes, y esas tardes las dedicaba a faenas culturales, normalmente poco selectivas, con personal agenciado en Montera, Rosales o Cuzco. A veces acudía a un Centro Cultural de la placita que da la espalda a la antigua Torre de Madrid, donde exquisitas estudiantes de arte moderno dan clases particulares. Allí nos encontramos el día de su cumpleaños, por pura casualidad, y es que esas cosas pasan cuando tienes la misma fuente de información, con Tony el mallorquín, un especialista.

La cosa es que cuando sonó el timbre y yo me percaté de todos estos detalles, también me hice la preguntita: “Entonces, ¿quién sería?” ¿Y qué hace alguien llamando a esta casa, que no recibe ni correspondencia, a estas horas?

Abrí. Ella me miró de arriba abajo. Hombre, yo no me había dado cuenta de que sólo llevaba puesto un slip de ‘Abanderado’, un poco hortera y encima con algún bocadito de polilla.

Ella, en cambio, iba vestida, aunque no demasiado. Un escote amplio, que destacaba los pechos erguidos y repletos y una blusa que aireaba su ombligo y aledaños. Por debajo -no me atreví a hacer el recorrido, y además ya tenía de sobra con el resto- llevaba una especie de malla que se ajustaba, o más bien se adhería, a sus piernas y una faldita minúscula, de esas provocadoras, a modo de miriñaque, como el trasero de una colegiala talludita.

Se ha equivocado -pensé. Ahora me dirá: “Lo siento. Voy a otro sitio”, y aquí paz y después gloria. Bueno, gloria, lo que se dice gloria.. más bien el infausto recuerdo y añoranza que es mi vida.

Pero ella sonrió. Como soy lento pensando me dije que le había dado tiempo a examinarme y le había gustado. Para algo hacía ejercicio de vez en cuando, un poco de esto, otro de aquello, y mis abdominales aún se esforzaban por resaltar entre los más que incipientes flotadores, alias michelines, que estaba empezando a mimar con esfuerzo y con cariño.

Me tendió una cartera más usada de lo normal, con papeles y objetos de escritorio -típico de mi hermano- atiborrándola, y dijo:

-Bueno. Aquí está. Y ahora, ¿qué hacemos?

No se me ocurría nada. Bueno, sí, pero no supe cómo decirlo. Tampoco hizo mucha falta, porque ella entró. Tenía el culito respingón y una cintura delgada pero rellenita, no sé si me explico. Lo digo porque de espaldas ya no le veía el escote.

-Por teléfono parecías más…mayor. -Se volvió y me lanzó una mirada picarona-. No hacía falta que me esperaras -señaló mi egregia figura con un gesto del brazo, como si repartiese una mano de póker-… así.

La verdad, yo no me gustaba demasiado… así. Tenía ya mi barriguita, y la falta de ejercicio habitual comenzaba a notarse en toda la musculatura. Y mi paquete no era lo que se dice un modelo de Rodin.

No sé cómo, pero me recordaba aquella tarde en el parque, las fiestas de San Miguel, cuando mi sobrina Anita quiso montar el  torito. Necesitaba calcetines y yo le ofrecí los míos. La cara de asco que pusieron, no sé si al unísono o sucesivamente, su madre y ella… Al fin y al cabo sólo quería resolver el trance de aguardar la cola un buen rato y luego nada, por no llevar calcetines. Me molestó porque encima de que las mujeres no son previsoras, el asco resultaba excesivo, sobre todo porque los calcetines estaban casi limpios. Sólo llevaba un par de días con ellos, y había hecho fresquito.

Pues le vi un poco la misma cara, así que fui a ponerme algo, y como en las pelis, busqué un batín, pero sólo tenía la bata vieja de felpa de mi hermano, así que me puse el chándal del Atleti y salí al campo. Digo al salón-comedor-estar, donde ella me aguardaba como en la antesala del dentista.

-Tienes mala cara.

Me dijo, y es que eran muchas aventuras seguidas, mucha tensión. Ahora sólo temía el regreso de mi hermano, que debía haberse citado con ella, digo yo, y equivocarse de día, eso era muy típico de la familia.

-¿Cómo te llamas?

Le pregunté. Me miró con un gesto de sorpresa en sus ojos, muy bonitos por cierto.

-No seas guasón.

No lo fui. ¿Por qué yo debía conocerla si ella no me conocía a mí? Internet. Era cosa de la Red. Pero entonces, ¿por qué me traía, digo que le traía los papeles olvidados en la secretaría de la Facultad?

Intenté recordar cómo 007 y esa gente resolvía estos conflictos, y me parece que una situación así requiere mucho morro. Bueno, casi todas aguantan mejor si se les echa cara. Pero yo no he sido un jeta nunca. A veces, de joven, cuando me achispaba, algo desinhibido, pero poco más. Y todo por culpa de Martita, mi mujer, cuando lo era, que ahora es ya ex, como casi todas.

Porque yo estuve casado. Os parecerá mentira. A mi Martita la llamaban Doña No o la señorita Contra. El caso era llevarme la contraria, pero bueno.

 

 

 

 

 

Y así fue como entré en la CASA.

La llaman así, en mayúscula, y abriendo mucho la boca, como hacemos con los sordos, para que nos entiendan, algo innecesario, desde luego. La afición a los veladores giratorios,  venía ya de Caín o de su madre, que, claro, debía ser Eva, su maestra. No es de extrañar, con esos antecedentes esotéricos tan venerables. Al fin y al cabo, en El Libro se dice que ‘adivinar es imaginar con justeza’ y ese latinajo de Jerónimo que el abuelo citaba cuando echaba el Tarot: ‘propheta olim videns vocabatur’. No hay nada mejor que un erudito cuando estás en la cuerda floja -lo del filo de la navaja me da corte- de la fe o la superstición. Lo comentamos en el Club.

-¿Se puede poner el lema?

Guardiola decía que el lema era el mío, el que figuraba en el reverso del banderín de ‘balóntiro campeón’: ‘Nadie entre aquí que no sepa geometría’, y que es lo que ponía en la Academia, la de Aristóteles. Lo usábamos como la norma del Digesto, como la regla moral de Goethe.

-Pues no, o sí, según lo veas. A mí me da un poco de miedo.

Es que no somos lo que se dice valientes. Yo, al revés. Cuando ponen en la tele eso de los viernes de Halloween y cosas de vampiros, lo cambio a Disney Chanel. O a un canal medio guarrete, porque el porno me da sueño.

Eva sí tenía buena geometría, aunque un poco difusa. Y Caín era tan anguloso como la  mismísima bisectriz de un rectángulo. O sea, que sí.         .

Llegó tapada como una máscara, pero como estábamos ya a oscuras nadie supo ni por asomo que era Leti. Además, tan delgada como siempre, parecía deslizarse como anticipo del ectoplasma que esperábamos, ya que en ese momento toda belleza carnal queda eclipsada. Y aunque la hubiéramos visto a la luz y en todo su esplendor seguro que no le hubiéramos prestado tanta atención. Sólo, por ejemplo, habríamos dicho: ‘Mira, es…’ y aquí cada cual pone lo suyo: ella, la Leti, Leticia, la Reina, mírala mírala, oye, ¿es?. Porque no manejamos bien el idioma, pero la lengua… eso es otra cosa.

 

 

Hacía de canguro

de los niños de la infanta y de sus primos en San Patricio. La cosa fue guay. Mis sobrinos iban a San Francisco de Asís, que está al lado, y los aristos cada mañana, cada tarde, dale que te pego, con los guardianes despistados, cara de estudiante de políticas, y la infanta a veces respondona, buena chica, atenta a sus deberes maternofiliales, no sé si esta gente objeta algo, por lo de la deformación de la ciudadanía, pero deben ser como yo, que pone eso de la conciencia fuera del alcance de todo el mundo, y los políticos más lejos aún. Madrid es la ciudad donde mejor se vive del mundo, dicen. Lo es si perteneces a alguna de esas familias amplias, tipo mafia corleone, o sea un milloncete de funcionarios, subvencionados y similar. Cada mañana sorteábamos las mierdas de perro que alfombran la mejor ciudad del mundo, sorteábamos a los agentes de movilidad que ponían multas a los coches despistados, a los más o menos agentes del SER, que ponían multas a los coches igualmente despistados, pero en los corralitos verdiazules con que el Alcalde Cementero de la Villa ornaba las calzadas de Madrid. Los niños eran majetes. Yo, por el equívoco del Tae-Kwondo, llegué a jefe de los guardaespaldas. Parecían protegerme a mí, y me rodeaban de cerca, así que el tiempo pasaba, yo iba cobrando, los nenes al cole, los papás a sus cosas -hasta que llegó la moción y se pusieron nerviosos- y Madrid en obras, porque las Olimpiadas que nunca llegaron la había dejado a medias para siempre.

Lo del tae-Kwondo y todo eso ya os lo contaré, porque ahora no tengo muchas ganas.

 

 

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