Qué difícil es saber si se hace poesía leyendo a los críticos.

De lo visual a lo moral,

de lo instantáneo a lo ético

voy avanzando, sigo la estela del crítico de Kikí, la griega,

en El Cultural, y de pronto me tropiezo,

avergonzado miro hacia abajo, y ¡oh coloquio perdido antes de comenzar!

no veo ninguna excusa

entre mis piernas.

Entonces me alegro como un cachorro que ve aparecer de lejos a su amo,

un niño, claro,

o niña políticamente gramaticada…¡misterio de la desigualdad

con que nacen y mueren los conceptos del ser!

me alegro, digo, porque en mí no se ha fijado el crítico

y su crónica es para otro, aunque sea el mismo. (Los poetas

toman el pelo, incluso el que no se cae, a quienes degluten sus palabras

para hacer cuscús

y las colocan en el menú francés de Le petit bristó,

al lado de un florero vacío).

Pero ya nada será lo mismo, ni siquiera

las delgadas huellas de gaviota que dejó Neruda en su playita

para que se enamoraran de él las jovencitas, ta, ta, ta, así que

le pedí al sueño que volviera

y me abrazase.

 

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