Cultura. (Micro-relatos).

 

CULTURA

M. alzó la voz, inútilmente. El fárrago de normas ocultaba el derecho, y cuando esa certeza se le impuso, recordó su debut ante un auditorio de comic. Padres de alumnos disciplinados por la Congregación de los Hermanos de la Pía Orden, en las butacas del Coliseo. Miró a los bastidores, la puerta-refugio de su seguridad. “Es que no me escuchan”, casi lloraba dirigiéndose al Prior. El Maestro de Confusiones gesticulaba como un lacayo, preocupado por el qué dirán. M. se irguió en su metro veinte y sacó el micro de sus casillas. “Señoras y señores, si ustedes gritan y hablan yo no voy a recitar”. Porque había sido electo para el bombazo infantil, trasladar los ripios del florista de turno a las masas. El decano asustado indagó en los cánones ocultos cómo un niño de nueve años manejaba aquel rebaño de postpacem. Lleno de envidia decidió que nunca más obtendría el privilegio de representar a los pastores y se deslizó como una sombra de camuflaje hacia las ocultas dimensiones del local. M. recitaba como un pavo navideño, y los ecos de la rima volaban entre los sudores de las primeras filas. El patio de butacas callaba, y un conserje gris se restregaba los ojos, soñando con su niño alumno; entretanto el general y el ministro debatían. M. les miró y callaron porque M. era el hijo alumno modelo, vástago de todos in pectore, como una prolongación cursi de las vanidades. El derecho está oculto como un diamante bajo el barro de las normas, dijo o pensó.

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