En la corte del rey de Castilla. (11). DURACAROT.

-Date prisa, Yusep, que llegamos tarde a la recepció.

 

Así sonaba, má o meno, a los tiernos oídos de Amadea, la nurse de los cipayitos del baranda, la admonición de su consorte. El Conde de Barselona, DuraCarot I de L’Ampurdá, jugaba con el nuevo concurso de la tele autonómica secreta, la emisora andorrana que emitía desde la sede de Radio Libertad, propiedad de la heredera del imperio Romasa. Era fascinante. Se trata de asaltar la Moncloa, o sea de hacerse con el antiguo poder del Estado. ¡Qué tiempos aquellos! O como decía el abad mitrado de Monserrat los domingos, después del aperitivo, O tempora, o mores! Se ponía interesante el juego-concurso justo en el momento más inoportuno…O era al revés…Justo cuando se ponía interesante, llegaba el momento inoportuno… En fin… Estaba hecho un lío con tanto giro idiomático, ahora que el euskara, el galelo, el franco-navarro, los novísimos catalá y valenciá, su variable balear, el andalusí chávico, y los dialectos marroco-norteños del subcontinente, se había unido al castellano, antes español, como lengua oficial de los territorios. No se estilaba demasiado el bable, ni las parlas de la frontera lusa, y ganaba fuerza el leonés montañudo, el manchego y los leguajes mesetarios y planetarios del ancho centro. En la nueva escuela, escola, ikastola, colege, se estudiaban dos asignaturas, la básica de educación en el espíritu nacional y los idiomas de la antigua Iberia, llamada por los romanos Ispania o tierra de gazapos. A DuraCarot le sonaban los ríos, antes de los trasvases y los cierres de fronteras, y suponía que todo eso era un simulacro ¿o era una metáfora? del conocimiento desbordado, tan difícil de contener en los reducidos muretes de la política.

 

Amadea reconvino al venerable.

 

-Ande usted mi señor Don Pepito, que se le va a caer la banda.

 

Al bueno del Conde le sonaba a Vargas Llosa, no a García Márquez, no, a… cómo era, ese huevón morrudo, Asturias, Miguel Ángel de, sin la de, ese acento de Amadea. Pero se lo aguantaba, entre otras cosas porque le había dado de mamar; no, no a biberón, sino de la pura teta, nodriza al estilo antiguo, naturalmente.

 

 

 

 

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