El rey de Castilla. (12). Escenas familiares.

-¡Que no, Leti, que por ahí no paso!

Y es casi mi última palabra.

 

Sofía, la vastaguilla segunda, miraba con expresión de muñeca congelada a su padre. Filipo I de Castilla, muñidor de nuevas dinastías, se rascaba el occipucio calvete, mientras la soberana, en jarras, le dirigía un vistazo de ‘connaisseuse’.

 

-Pues te vas a fastidiar, me temo, porque esta vez va en serio.

 

-No me pondré eso, y a este paso no te aseguro si iré al baile. Ya sabes que a mi me va la salsa, y no el minué.

 

-Para salsas estamos, querido. No sólo has perdido el reino, digo el otro, el bueno, sino que te crees aún jovencito y en forma, como tu padre. Padres como ese no hay más que uno, gañán.

 

Filipo tomó de su cajita de rapé un lexatín doble, tipo benzosúper, y esperó unos segundos. Cuando la bioquímica recuperó su estabilidad, se sentó en el alféizar del ventanón y abrió la gaceta. Pedro J., después de la expropiación de su Monda, que había copiado tan bien del Habanés añadiéndole el XXI en pequeñito, dirigía el Diario Oficial, y se regodeaba en las pruebas de imprenta, que iban todas por ordláser, un invento español.

 

-Bueno, pero la golilla un poco crema, que el blanco me destaca mucho los poros, y estoy atascado de espinillamen.

 

Leti, que había engordado un quintal después del parto doble, el de los mellizos burlones, sonrió. Siempre había ganado por K.O. en los combates familiares. ‘Muy flojos estos bombones’, decía, como en la letra de su amigo el juglar rojo, tan publicano como Armenio Ortega, tan comunista y distribuidor como el matrimonio de Victontino y Jezabel.

 

La cosa esta vez era el gran baile de gala de primavera, al que asistirían todos, es decir, los que importaban, los de siempre, y además los neoaristos, o sea el Conde DuraCarot, de Barselona y Visorrey Rovirosa, de Valencia, el gran Botifarra balear, jefe del sindicato de taxis, o sea barón Urnd and Tassis, descendiente de la Éboli, Borja Cordera Tristen, baronet de Recoletos, Sir Botines de Cantabria, en fin, hasta Don García de Villagarcía, príncipe regente de Galiza, y por supuesto el bueno de Nuño, sobrino de Patacero I, el gran oso leonés.

 

-Una ensalada campera, diría mi abuelo. No sé qué vino le iría a ese condumio.

 

-Pues un Albariño de cosecha, bobón. –Leti se calzaba el verdugado aunque ya casi no lo necesitaba al natural, y probaba el contraste de colores-. Así volveremos al blanco, que ya estoy de Riberas hasta el moño.

 

-¡Mamá, no seas ordinaria! –ELinor entró en el saloncito vestida de Langoste, después de su partidillo de tentequash con Froinlancito-. Desde luego, que a estas alturas no cuides tus modales… En fin –dejó caer la raqueta lánguidamente en la alfombra de Fernández, producto de la gran fábrica española, reducida a un sótano en el Alcázar-. No se pueden pedir peras al olmo.

 

-¡Niña, no seas impertinente! –Leti miraba a Filipo, pero éste se encontraba absorto en un puzzle de, al menos, diez piezas-. ¡Y tu padre sin decir nada! ¡Con lo que nos queríamos!

 

Entro Gustavito, el mayordomo.

 

-Señora, su té de las cinco.

 

ELinor se echó a reír.

 

-¡Ay, mami! ¡Con lo rico que está el chocolate!

 

-Calla niña o te castigo.

 

-¡Papi!

 

Leonor corrió a los brazos de Felipe, derribándole al llegar a su altura, porque la niña ya media más de un metro ochenta y estaba gordita. Era monísima, y desde el suelo aún tuvo el buen humor suficiente para cantar aquello:

 

En tu fiesta me colé…

 

Felipe se sacudió un par de piezas, que representaban dos figuras de almanaque de camionero, sus preferidos.

 

-Ya estamos otra vez… –Recriminó Leti– Voy a tener que inspeccionar de nuevo los armarios.

 

-Nada, es que lo he encontrado por casualidad, y ni me había fijado.

 

La tele daba ya el parte de las ocho. Salieron los Milá, claro.

 

“Y la fecha para el Apocalipsis se ha fijado en el…..

 

Sofía hizo una pedorreta justo a tiempo.

 

-¡Vaya! No nos hemos enterado… ¿Y ahora qué hacemos? Porque no se lo vamos a preguntar al jefe de la Casa…Pensará que somos unos ignorantes.

 

-Siempre preocupada por el qué dirán, Leti, querida… Ya deberías estar acostumbrada a hacer lo que te venga en gana, mujer.

 

-Y lo hago, lo hago… Pero guardando un pelín las apariencias, como decía mi suegra.

 

-¿La reina decía eso?

 

-No, hombre, la otra, la del primero.

 

-No me gusta que hables de esas cosas.

 

-¡Y de qué vamos a hablar, si contigo no hay conversación!

 

-Mi padre dice que es lo peor. No tener con quien hablar.

 

-¿Seguro?

 

-¿Que es mi padre?

 

-No, no, si eso… Digo el verbo, lo de hablar… ¿No querría decir…?

 

-¡Calla, hombre! Es que no se te va el pelo de la dehesa…

 

La tele seguí su curso, o sea con la ‘guía comercial’.

 

‘Marina de Oro, su paraíso definitivo’

 

-¡Hay que tener mal gusto! Después del Apocalipsis, el descanso eterno…

 

 

 

 

 

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