En la corte del rey de Castilla. (10). Patacero I el de las mercedes.

Patacero Primero, el de las mercedes,

salió al balcón, donde Lonsoles reposaba envuelta en muselinas. “Aún es atractiva”, se dijo, mirándole la entrepierna, donde reposaba el último best-seller de Carmenchu. “Esta Alborch va a hacerme sombra algún día”, pensó, aunque el reino de Valencia no era, precisamente, lo que le preocupaba. Tampoco la posición del Atleti, penúltimo en la Gran Liga de fútbol ibérico, ni el precio de la carne de importación –una vez extinguidos los rebaños hispanos, por falta de pastos- y que suponía ya a la altura del petróleo. Lo que realmente ocupaba la mente del ínclito prócer, líder perpetuo de la Semifederación Casiibérica, era el Nomenklator. Tras la última peregrinación al santuario que albergaba la momia de Castro, en el Palacio de invierno, Rustikov se lo dijo muy claro: era necesario limpiar la lista de impurezas. Ya no podía consultar desgraciadamente al gran especialista en RH, Farfalluz, que había dejado seguidores pero no escuela, o sea ikastola. Movió la cabeza con pesadumbre, mientras la luna se derretía entre las sombras plateadas del jardín. Recordó a sus ancestros, cuyos restos exhumados por la memoria histórica, junto con los de Mozart y Atila, reposaban en el Panteón. ¡Ese era el auténtico descanso del guerrero! Lo habría aprobado el mismísimo Bogart, seguro. El fresquito del Guadarrama parecía velar en los ventanucos del ático, donde decían que se paseaba a mediados de diciembre, cada año, el espectro del General. Se estremeció. Un individuo tan semejante a Moncho Borrajo no podía dar miedo a nadie, y menos a él, que conservaba gran parte de su famosa melena. Aunque para melenas, la del enano. Nazarín, sí, su demonio familiar, el alter ego contrario, los antípodas. Había aprendido mucho en las clases particulares de culturilla general, ahora que la educación para la ciudadanía era materia obligada en las nuevas repúblicas beligerantes del Este. “Para que digan que España no exporta nada”, susurró, y su aliento se detuvo en el cristal, que le miraba con una pupila temblona, como si El Pardo fuera una mascota que reconociera a su nuevo amo.

Lonsoles bostezó.

-Mañana tengo faena… Disculpa, se me pegan las expresiones provincianas, y es que llevo unas conversas larguísimas con la baronesa.

-¿La Tyssen?

-No, La Carot. La llamamos la carótida, porque tiene más cara que espalda. Lo que no se lleva puesto dice que se lo envíen…Por cierto, tú deberías ser más espabiladillo.

“A ti te lo voy a decir”, intimó Patacero, orgulloso de su discreción. En eso era un buen discípulo de Gonzálvez el tortuoso ex premier. Y eso que no soportaba a los andaluces, especialmente al cabezón del sevillano.

-Lo malo de estos videos es que también pueden ellos reírse de nosotros.

Recordaba ese comentario de Chotaves cuando presentaron la peli sociata en la que se mofaban de los populares. Un ejemplo de la mala baba –que decían buen gusto y libertad de expresión- al uso político desde los años de la segunda transición, que fue la segunda guerra púnica.

-Por cierto –Lonsi se levantó como una hetaira, grácil y coquetuela, abriendo un pelín el bies de la camisa, y mirando de reojo al amo, atenta a su reacción como debían estar las concubinas del Gran Mogol en el palacio de atrás- ¿cómo va lo del himno?

Lo había olvidado. Era ya mucho trajín para esa etapa de sosiego y consejo que se había concedido… El himno…. Desde que fabricaron los fascistas, en el año 12, el nuevo himno nacional, uno de sus objetivos fue cargárselo. Lo consiguió en el 18, tras la guerra, aunque la perdieron los de siempre, claro. Movió la cabeza, como la superiora del convento cuando el confesor le imponía una penitencia severa. No llegaba a entender eso de Pío Cavanillas: “Hemos ganado los de siempre”. Y es que nunca llegó a comprender a los gallegos después del viaje a Cuba que hizo con Pepiño.

Mientras Sonsoles hacia un mutis de Actor’s ´Studio, tipo método Stanislavsky, el líder incombustible repensó la historieta, que era lo suyo desde que accedió a la suplencia de la agregaduría de la vicecátedra de políticas. ¡Pues no querían ahora reimplantarlo! Y todo porque Galardón había conseguido a la undécima la designación de Matritum -o sea Detritum, por las cacas-como posible sede olímpica, y los cuatro deportistas de la Semiferación exigían poder cantar el himno común. ¡Común! Lo único común entre las antiguas Autonomías y los actuales Taifas era el río Tajo… ¿O no? Bueno, minucias de geografía, y para esas gilipolleces ya estaba Poya, el cátedro vitalicio elegido capullo del siglo en la Asamblea.

Como hacía en estos casos –lo aprendió del Dalai Lama, que era su peluquero- ‘pelillos a la mar y a otra cosa, mariposa’. Así que pidió al chófer que sacara el Jaguar –el Rolls estaba en la revisión mensual, poniéndose una transfusión de sin plomo- y se dirigió al palacete de Alfonso. Llegó enseguida, porque estaba a la vuelta, en el ala norte, que siempre le gustó, y llamó con los nudillos porque el timbre no sonaba. Le abrió personalmente.

-Picxxsha, tú por aquí, jodío, pero qué passsa…

Se lo explicó. Guerra le tenía miedo desde que descubrió el análisis sociológico de Armando del Inglés sobre las bases de votantes del Pepesoe, que era la antigua Falange.

-Si lo chivas, te capo.

Era una manera de hablar, claro, pero por si acaso…

-Tenemos el mismo interés, por una vez, así que sin miedo.

-Haz lo del burro.

-¿Qué?

-La flauta, tócala y lo que salga. Coge una frase de uno, otra de otro, y así. Como en el juego de las definiciones. Será una cagada más.

-No sé…

-Yo tampoco, pero eso decía dios. Y le salía bien siempre.

-¿Y si lo encargamos a los de ‘Els Segadors’? Tiene una letra muy expresiva.

El otro le miró rascándose la nuez.

-¡Y tanto! ¡Nos convierten en tinta de incunable! -Sonrió, con todos los dientes, al viejo estilo zorruno-. Díselo al Conde.

-¿Pero no es Barón?

-Bueno, empezó así, pero luego pasó a duque, y ahora ya es el conde, como Olivares.

-¿Olivares el de Nintendo?

Guerra, que había vendido la Machado III a los japoneses, dudó un momento. ¿Le estaría tomando el poco pelo? El líder sin embargo adoptaba la expresión ambigua de su mentor Pepiño. No, no se enteraba de nada.

-Claro, hombre, el del caballo a la corbeta.

-¡El del imperio! -Le pareció haber visto a Saulo justo cuando la luz le tiraba del potranco. ¡El Imperio Austrohúngaro! -Z. Se pimpló un doble de 150.2CE exBeyergal.

Pepiño White le masajeó los cataplines.

-Emperador… Si hay naciones y tú las mandas, eso es lo que eres, zeta.

-¡Qué invento, Pepiño, qué invento! -Z. Puso el gesto de preorgasmo y PW abrió los ojos como platos. ¡Las autonomías!

El otro arrugó un belfo.

-No hombre… -Recitó, suavecito-. Eso está ya pasado, acuérdate. Es más, y más y mucho más.

-¿Más? ¡Pues vaya!

Una respuesta to “En la corte del rey de Castilla. (10). Patacero I el de las mercedes.”

  1. JOSE LUIS MERA PEREZ Says:

    Vas por el camino del ingenio… quizás quieras emular a D. Miguel?

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