En la corte del rey Felipe. (5)

EN EL COLE.

Salía del cole. Veía la vida hasta el día siguiente como una jornada interminable, llena de experiencias. Claro que no sabía qué era eso, se limitaba a sentirlo, y también en los ojos de sus compañeros, algunos de ellos amigos incipientes cuya cercanía se marchitaba con la tenacidad del aire. Afortunadamente, debió pensar alguien, la vida se transforma a cada momento, son los instantes de que está hecha la eternidad. En su entorno todo era interesante. Alex fruncía el ceño como su padre, que le iba a buscar. Sólo que era, ya entonces, mucho más guapo. A él no. A él iban a buscarle los ángeles custodios, como decía mamá, y la tata, que no era la tata de Alex, Ana, sino alguien mayor, alguien a quien quería tanto como no podía ser menos, después de mamar su leche como un chotillo. Pero no sabía tampoco que en este tinglado estaban ya mal vista la lactancia materna, un atraso, y lo de la nodriza era ya un disparate.

 

-¡Pásala, Alex!.

 

Pero era muy cabezón. Se le quedaba mirando, embobado, sin atreverse a quitarle la pelota, que el otro niños sujetaba entre las manos, los antebrazos, la barbilla, una enorme pelota excesivamente inflada, ligera, antiporrazos, como era preceptivo conociendo el percal: niñatos de recreo probando la potencia de su imaginación, probándola ya con sus extremidades a punto de caramelo, creciendo en forma, potentes como las hormonas que les hacían cosquillas por la espalda y les incitaba a la risa y a la aventura, a volar y despreciar el peligro, a sentir cómo el mundo es pequeño, el universo diminuto, los adultos inexistentes.

 

-¿Por qué te llamas Alex?

-Me llamo Alejandro. ¿Y tú? ¿Por qué te llamas Felipe?

-No sé. -Se encogió de hombros, extrañado de su ignorancia, el pobre-. Pero me gustaría llamarme Froi, como mi primo. Mira -señaló una figura desgarbada que iba sacudiendo la badana a un coleguita- es aquél, el de la camisa fuera.

 

Alex es un intelectual. Lástima. Piensa.

 

-Entonces iban a confundirte.

-¡Ni hablar! A mí no me pueden confundir, hombre. ¡No ves que yo voy a ser rey!

-¡Ah! -Dijo Alex, porque sí lo había comprendido. Ya ves.

 

 

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