En la corte del rey de Castilla. (3).

Felipe conocía ya el insomnio.

 

Al principio pensaba que era cosa de la responsabilidad dinástica, pero pronto se percató de que entonces sería hereditaria, y por lo que él sabía, sus antepasados eran buenos dormedores…Aunque trasegantes de nocturnidad, claro, como corresponde a ricos ociosos. Él era un currito del cargo, educado en la tensa disciplina de Esparta, por parte de mamá, y en el ‘no te fíes ni un pelo’, por parte de padre. Papá mostró sus habilidades con el Generalísimo, y sobre todo con el no-rey Juan IV de Anson, señor de Estoril y sus bodegas. Había heredado, eso sí, la seriedad de su abuelita, una distante campechanía, mixta de los varones y doña María de las Mercedes –el llamado síndrome híbrido de palacio- y el complejo de culpa expiatoria de los reyes sin corona, descabezados a lo largo de tantas revoluciones más o menos gloriosas. Felipe conocía el duermevela, sobre todo desde que Leti le dio la patada, la literal, no la metafórica, y ya temía los huesos de la bella flaquita, afilados como la mirada triste de un dibujo animado. Sucedió una noche en que soñaba con un veraneo en Candanchú, que no es Beranés ni La Granja, pero tiene una zapatilla nevada que le da ese encanto charro de la soledad. A punto de degustar un Rueda bien frío sintió el golpe, un zarpazo seco y duro, de doble sesgo, talón y rodilla, que le alcanzó el espinillamen y la hidalguía. Nunca supo qué le dolió más, pero a partir de entonces durmió de costado y prevenido, como en las cenas de amigos después de la sabinada.

 

En aquel momento, sin embargo, su velada tenía otros motivos. Se había constituido, por fin, el bipartito, el gran pacto de estado, entre los republicanos de la aristocracia catalana del duque rojo y los socialistas residuales de la confederación. La trama de Hispania fecunda había resultado más bien un fiasco, y Rodríguez, líder vitalicio de La Nueva Vía, que llamaban por lo bajini el fascisismo –porque a todos decía que sí y a todos engañaba- ya no resistía más liftings, ni de ideas –que se estiraban a ver si encontraban algo que engullir- ni de cutis, ya más parecido a un Barbisconi que a un bambi.

 

Llevaba mucho tiempo esperándolo. Al fin, como en una jugada de ajedrez, que oculta la trampa venidera, el acuerdo entre aquellos dos mamones iba a traer la paz. Bueno, si así podía llamarse, aunque eso sí era una metáfora, después del triunfo de los malos, con ITA en el podio de los vencedores, los tunos patasunos dominando municipios y provincias y los nacionalistas en los bancos… contra todas las previsiones del gobierno mundial que le había explicado mami en los duermevelas de Bildemberrider. Los sucesores de Chirac habían pactado –tras el precedente de Patacero –así lo llamaba en sus pesadillas- con todos los terroristas, los del norte y los del sur, o sea habían claudicado a cambio de paz. ‘La paz de los esclavos’, había dicho Paul Auster, recordando a uno de los romanos ilustres, un Séneca olvidado. Pero a Felipe le parecía todo bien. Ya era mayorcito, había pasado mucho, y tenía que mantener para sus nietos el reino de Castilla, su feudo imperial.

 

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