En la Corte de el rey de Castilla. (2).

EL REY DE CASTILLA

 

-No sabía que hubiera una educación sentimental.

 

El preceptor le miró con cara de El gato con botas al Marqués de Carabás, justo cuando salía del río.

 

-Tampoco yo, Majestad.

 

Le sonó frío, como el roast-beef. Pero sabroso, por la jota.

 

-¿Y sirve para algo?

 

Se preguntó quizás qué debía entenderse por ‘servir para algo’, pero no estaba para mucha reflexión. Había aprendido que las ideas siempre son peligrosas, y eso sí que no sirve para nada.

 

-Para hacer papeles. Como en el teatro.

 

Se miraron de reojo, preguntándose si estaban pensando lo mismo. Los Hamburgesos, como llamaban en su barrio a los Habsburgo, llegaron hace demasiado tiempo, ya tenían muchos cocidos y muchos polvos hispanos en sus ijares, y los Bobones, pues eso, que de bobos nada. La mezcla era un simulacro. Teatro, puro teatro.

 

-¿Qué hay del chico nuevo? Parece un poco paradito.

 

-Es de garantía. Pura cepa, Señor.

-Sí Le atizó al pelanas ese, el de la moto, un kosovar o algo parecido; tienen nombres que meten miedo. -Rió con ganas. Y era hora de terminar-. Bueno, Cosmito, a descansar. La Semana Santa está hecha para eso, ¿no? Ejercicios espirituales.

 

Otra vez se la había dado con queso… ‘La primera vez que me engañes será culpa tuya. La segunda será culpa mía’. Lo que pasa es que allí todo el mundo se sentía como en la sala de urgencias del hospital, en la sillita de los tocados, debilucho y mendicante. La seguridad en uno mismo es cuestión de modelos, de circunstancias, de parné, o de yoga. Respiró hondo. Tenía que decirlo. Abrió la boca como si fuera a recibir al Espíritu Santo.

-La infanta, Señor.

-¿Otra vez?

-Tiene una amiga. Del Prado, una conservadora del XVII, parece.

-Pues bueno.

-Es que… conoce al nuevo. Una casualidad. Puede.

 

El rey se rascó la taleguilla como un babuino.

 

-No me toques los cojones, Cosmito, que es muy tarde. Anda, ponme un Jerez. O mejor, un Málaga virgen, y no lo cuentes, que parece que les gusta a los delicados.

 

El preceptor abrió un buró, falsa biblioteca. Eligiendo una botella oscura sirvió un buen chorro. Pasó al monarca sin protocolo la copa de Bohemia.

 

-Como un rubí… El cristal es como el vestido, mejora la figura, mejora lo que contiene. Aunque prefiero el cristal de La Granja. ¡Lástima de importaciones! Al final vamos a comprar fuera hasta el Jabugo.

 

-Lo digo por lo de las siete veces.

 

El otro pareció recordar una jugada de póquer, justo la que no había hecho.

 

-Ya. Si te caes siete veces, levántate ocho. -Estiró la corbata de seda. Resopló. Pasando la mano por su cabeza, se dirigió al ventanal-. Los chinos dicen que nos arreglamos los cabellos pero no el corazón…. ¿Sabes que estoy estudiando chino? Es un secreto, como lo del Tarot. Por cierto, esa… Isa… es muy buena. Y está de toma pan y moja, por cierto.

 

Cosmito no estaba preparado para percibir la verdad. Sentía que una tela de araña iba conquistando su garganta, y deseaba quitarle la copa al rey.

 

-Anda, toma algo, hombre. Que pareces alelao.

 

La verdad era que aquel hombre parecía estar tomándole el pelo. Y no era porque pudiera permitírselo. Es que le divertía.

 

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