Dolor. (Micro-relato).

 

DOLOR

El dolor era tan agudo que, por un momento, M. pensó que no existía. Aquello no era real, sino una pesadilla. Abriendo a duras penas los ojos se miró el alma, y tampoco le gustó. “Soy feo, feo y viejo y enfermo, y soporto mi cuerpo”. El dolor atravesó sus sienes con una flecha envenenada, y a los pies del sueño que albergaba unas nieblas malolientes cayeron, atravesados también sus cráneos, unos pájaros de oro y de colores. “Mi espíritu es feo y viejo y enfermo, y tampoco lo aguanto. Son demasiadas virtudes”. No sabía a quién llamar, porque el silencio, al menos, le aliviaba. Por fin decidió dar un terrible grito y sus enemigos temblaron porque sabían que M. había comprendido. “No suplicaré ni mendigaré ni perderé mi libertad. La vida no es tan estimable. Sólo algunas formas de vivir”. El dolor le devolvía imágenes en gris de la historia, que era un ejercicio torpe de ruido y mierda. Pero en medio de todo surgió la sonrisa y el proyecto, y M. supo que recobraría la salud porque alguien le necesitaba. Cerró los ojos para ver mejor los detalles de sus recuerdos, pero ya todo era futuro. Entonces M. se despojó de la máscara, que introdujo personalmente en las fauces de una cerda preñada. “Ahora serás parte de mi, y el universo más pequeño y alcanzable”. El dolor se hizo miles de aguijones, cada uno apéndice de un dueño ciego y diminuto que tenía nombre de arcángel. “Celebraremos juntos la primavera”, dijo M. a los pájaros resucitados que volaban aún perplejos hacia la cumbre del mundo.

 

 

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