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La miraba por encima de sus antiguas gafas de falso carey, la miraba como se mira la talla románica de una Madonna rescatada del tiempo, y suponía que el mundo estaba mejorando, capaz de contener seres tan hermosos. Ella dejó el chicle sobre la mesilla, en un cenicero de cristal roto, junto al platillo del dinero, huérfano del vaso de agua. “¿Habrá llorado alguna vez?”. Se lo preguntó moldeando los pechos como un dios de pacotilla el barro primigenio. “No me ha hecho falta. Hasta ahora toda ha ido bien”. Rió agusto M., descalzándose.

 

 

 

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