Poema. (El canto de Romeo).

Todo me apasiona,

especialmente lo que no conozco. Me gusta

imaginar que soy otro, lejano y transparente como aquellos pecados

de la primera juventud,

me gusta sonreírle a la tristeza para alegrarle la cara,

hacer un lifting a la odiosa política,

amar lo imposible, para colmarme de sueños

y así vivir, vivir intensamente,

mientras me recuerdas

sin que yo lo sepa, mientras yo recuerdo

haberte visto pasar, distraída con tu móvil o con la sombra de tu pelo,

y tú no sabes que te llevo entre mis brazos

como una capa de oro.

 

Todo me apasiona, en especial

lo que no amo, esos celos del tiempo que pasa en los otros

más intenso, y al final me encuentra, detenido en el aire, una imagen

congelada, fría entre el hielo con que humedece la luz su programa de algas,

sumergido en un océano recorrido por Ulises

y sus tibias sirenas,

un mar de todos, tan lleno, tan vacío,

que sólo puedo amarlo, no hay alternativa, nadar entre dos aguas

como un pacto de cobardes, o dejar que me anegue de sal esa bandera

espumante y libre que es la muerte.

 

Todo en la vida, por ello, me apasiona,

porque se acaba,

un intermezzo en la primera sinfonía del universo,

el canto azul de la galaxia que vive en las alas de Romeo,

mi canario viudo, cuyo canto añoró un instante a su Julieta

y enseguida me mostró el brillo del poniente

a través de los barrotes de nuestra jaula.

 

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