Especie, Arrabal, Yoga, Stop, Civis. (Micro-relatos).

 

 

 

 

ESPECIE

M. observó con mucha atención las manos del ser. Yacía el molde, pálida arquitectura de pieles, como un testigo importuno. “Servirá”, dijo entre dientes. Sólo le faltaban los ojos. En ese momento los abrió, y la mirada, que iba más allá de su cuerpo, le indujo a una desazonada recurrente inquietud.

 

 

 

 

 

ARRABAL

Cuando la ciudad terminaba, algo les detuvo. “¿Estamos todos?”. Se miraron. “Falta Fernando”. “Entonces estamos todos”. Continuaron más allá de la niebla, que eran fracturas de un aliento. Se les vio lejanos como un punto negro. Luego se disgregó, casi volátil, y entonces sonó el pange lingua. Justo antes que el cumpleaños feliz. Fernandito, de la mano de madre Teresa, sopló las velas. “¿Dónde te habías metido?”. “¿No lo sabes? Venimos de París, tierra de moros”. “¿Y os habéis perdido?”. Rió, meneando la testud. “La hemos conquistado”. “¿Y?”. “Si quieres comprender, fracciona, fracciona…” El eco cesó mucho después.

 

 

 

 

 

YOGA

M. corrió. La puerta estaba cerrada. El rótulo a los pies, silencio, no pasar, relajación. En la cafetería pidió un café cargado y una cajetilla de Nobel.

 

 

 

 

 

STOP

La chica le miró. Pero a M. siempre se le ocurrían las cosas después.

 

 

 

 

 

CIVIS

“Después de una hora andando, cualquier ciudad es horrible”. “Y fea”, dijo M., cambiándose de mano la bolsa.

 

 

 

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