Micro-relatos. El narrador de historias: M. (Dreamschock, Elección).

 

 

DREAMSHOCK

M. pasó de largo junto a la mujer, que no clavaba la mirada sino los labios en su interlocutor. M. iba sintiendo cómo el silencio de sus palabras mordía el espacio que les separaba y que absorbía incluso el tiempo. Sin olvidarla, soñó que soñaba, para huir dentro del lugar común a un tópico. Los ojos sin dulzura de la mujer se habían estancado en un impreciso lugar, en un espacio habitado por la maraña de letras que nombran las constelaciones del otro lado del mundo. La piel del jaguar, o la desnuda piel del tigre en el rostro de Dios, cuyos puntos unidos destacaban el secreto de los laberintos. Subió por el ascensor lento, y al alcanzar la cumbre, ya hervían en el abismo las espumas del salto. Toda la tribu se arrojó al vacío, y M. aún no había podido despojarse de los restos pajizos de aquella mirada que era una embocadura de sus labios. Entonces, ¿qué es el amor? De repente vio al bebé dormido, y hubiera apagado todos los emisores de voces que perturbaban la tarde. Al despertar, el insomnio aún estaba allí. Monterojo, Monterosso, Monterrosso, ese apellido de poeta romántico o de revolucionario italiano, que no tiene las letras de Roa, le indicó que la gasolina se pagaba en pesos. ¡Pobre euro! Sonrió, al atravesar la frontera, para instalar una botica de placebos que combatieran la torpe obsesión de los derrotados. El mayor enemigo de la fuerza es su uso; por ello las artes marciales aprovechan la del contrario, y no se desgasta el impasible ademán de los roquedales interminables. No hay karma fugaz para quien mata ruiseñores soñolientos y sólo el amor justifica, incluso este principio del gran masturbador, cuando las sinapsis se visten de luces oscuras.

 

 

 

 

ELECCIÓN

M. tenía los ojos clavados en los cuatro sobres blancos como un niño en un escaparate de Navidad. Todos eran iguales en apariencia pero contenían vidas diferentes, y podía elegir una de ellas, cambiarla por la que llevaba. “Mejor la que padezco. Soy un sufridor esencial”. Claro que desconocer los detalles –como el tipo de mujer que iba a ser, supuestamente, su compañera, o los hijos que tendría, algunos amigos, el resto de la familia, tal vez ciertos dolores, el dinero, ideas, viajes, sueños, incluso la orientación de su cama y el restaurante de la esquina- le perturbaba. Tanto había deseado cambiar de vida que su deseo podía transformarse en realidad: era el premio, o el castigo, del destino, en forma de genio de la lámpara, de hipnosis regresiva, de cualquier fórmula capaz de inducir a esa otra realidad. Rozó con su índice derecho el segundo sobre, empezando por la izquierda. “Una colocación estratégica”. Lo retiró al instante, con la fórmula ritual, que musitó espontáneamente: “Compongo”. El portador de los azares, que era transparente como un lenguado, sonrió, y repitió el dicho en francés, como un snob ilustrado: J’adoube. M. comenzaba a sentir la angustia de quien está a punto de perder su Dama. “La reina de corazones”, pensó, más bien porque su tiempo se iba haciendo surrealista, entre Dalí y Kensington. Un viento azul les envolvía, y M. comenzó a sentir el temible dolor de cabeza. “Ahora ya no podré decidir con lucidez, y mi interlocutor detectará el temblor aciago de mi ojo derecho. Y todo porque anoche no dormí bien. ¡No hay quien aguante esta absurda forma de vivir!”. Cuando sonó el gong y se retiraron los sobres, M. seguía allí.

 

 

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