Micro-relatos. (Japan, Psicotest, Título).

 

JAPAN

M. apenas se fijó. Los visitantes ojeaban la prensa financiera, escrita en un odioso inglés. Pidió su cerveza y se dispuso a acompañarla con plebeyas aceitunas y patatas. “Chips”, dijo la sonrisa, adjunta a una carita repleta de gafas. M. asintió, claro. Hasta ahí comprendía el deleznable sajón, ahora preterido por un bastardo usaco. “¿Party?” El japonés tenía ganas de pegar la hebra, y M., educado en colegios de curas, consideró necesario responderle. “Parte de la expiación por nuestros pecados”. Le habló en español, que el oriental escuchaba con el gesto sorprendido. “Tendrán que acostumbrarse. El castellano también es una lengua imperial”. De la sorpresa pasó al estupor. No podía afrontar el deshonor que supone ignorar qué le están diciendo. En los club ingleses la confianza es sin embargo ignorar a todo el mundo, Vencedores por K.O. técnico. M. saludó despidiéndose, y le fue devuelta una inclinación cortés. Entonces vio el cortejo, tres o cuatro del harén familiar, y entre ellas la criatura más adorable del hemisferio este, recalada en la Gran Vía. “Demasiado tarde”, le dijo McArthur echándole humo.

 

 

 

 

PSICOTEST

M. arrugó la nariz. “Así deben hacerlo los de la coca. Y algunos que hablan por la tele”. Olvidó abogados y políticos, a quienes imaginaba conduciendo taxis por autopistas cibernéticas. “La ficción ahora es virtual. Hegel fue el precursor: todo lo racional es real”. Por eso M. nunca había comprendido la justicia, o quizás cómo podía definirse. Cuando vio la mancha se la imaginó brotando del entrecejo, en la cabeza enana del psicólogo buscatalentos, hostigado por lecturas insomnes. “Es un murciélago aplastado y un efebo priápico”. Lo encontró, por gracia del destino, en la Casa del Libro. Entonces dio su lección magistral, danzando con Ginger Rogers en un reservado de Broadway. “La inteligencia es eludir al Gran Hermano”. Guiñó el ojo. El psicólogo, aturdido, le miraba con las cejas flotantes. M. torció el gesto, señalando el objetivo-vigía antihurtos, mientras le deslizaba en la bolsa una edición de Ulysses.

 

 

 

 

TÍTULO

El cocido humeaba, servido por una antiguo senescal. “Aquél es duque. De los antiguos”. M. preguntó con el gesto. “En algún momento comienza lo viejo, sí. Es una forma de hablar”. “¿Y lo tuyo?”. Todo Bien. Falta la partida de matrimonio. Un apaño”. “¿No sería mejor hacer unos cuantos méritos?”. El falsario sonrió. “Ni antes ni ahora. No se trata de eso”. Cruzaron cómplices miradas. La peña herborizaba, ahíta de escudos.

 

 

 

 

 

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