El narrador de historias. Microrelatos. (Autófagos, Caos).

 

 

AUTOFAGOS

M. terminó el aderezo y metiendo un dedo en el mejunje saboreó el resultado. Chasqueó la lengua como un gourman casero; no estaba mal para ser la primera vez. Aún le quedaban varios paquetes en el congelador, que podría aprovechar para idear variables prometedoras: sweet cake a la housewife, o steak plum delicatessen. Sonaba bien, como esas cosas cuyos contenidos ignoramos. Pasó las dos horas siguientes escuchando deportes en M80 mientras empaquetaba el fiambre. Había adquirido un papel de estraza que iba a su vez custodiado por un envoltorio de Navidad, con estrellitas falsamente miniadas y unos renos de escorzo improbable. Cuando llegó a su puestecillo de El Rastro, amanecía. Unos vapores londinenses escondían los adoquines y las paredes recién pintadas de la calle Arniches. M. acomodó sus pertrechos y dispuso en perfecto orden la paquetería, ya identificada con sus letreros fosforescentes. Se acercaron los perros del alba, a olisquear. Dos horas más tarde, cuando ya casi se había acabado el mundo, llegó su primer cliente. “No está mal”, se dijo M. a eso de las dos, recogiendo la impedimenta. Tiró a un contenedor los pasteles residuales, que eran treinta y tres. Había colocado algo menos de la mitad de aquel trozo de cuerpo cuyo sabor y olor tantas veces disfrutó en vivo, y se sentía más identificado con el universo. “Al fin y al cabo, ese es el destino de toda la materia. Y ahora ya es parte del dios que nos parió”.

 

 

 

 

CAOS

“Los gorriones son estúpidos porque conviven con los hombres”. M. desplazó las redes que se abatían como predadores arrancando brazos enteros de coral dorado. A esa profundidad todo el paisaje era un matiz de las luces prendidas en la testud de M., un gavilán marino. “También los delfines, y si me apuras las nubes y la astrofísica”. Al tirar del cordaje, un sonido de cartones galácticos recordó a M. que la energía era un don de Dios. “Me haré talibán. En cuanto termine la expoliación de la materia. Será orgásmico jugar a los dioses”. Una burbuja de oxígeno le recordó que aún dependía de la técnica. Ascendió lentamente, descomprimiendo sus arterias, mientras el esclavo portador de la antorcha susurraba en sus oídos la frase lapidaria: Recuerda que eres mortal. Apretó entre sus dedos el agua que huía, un pequeño océano impuro que iba corrompiendo las soledades. Allí abajo la manta de acero abrazaba el pequeño bosque enjoyado. En el barco de la ONG le aguardaban los marineros de la Cruzada de la Paz, que en oriente se llamaba la luna quebrada de la justicia. “Vaya gilipollez, esto de la poética”, dijo Avicena leyendo la primera parte de “El collar de la paloma”. Un vino de cerezas alentaba la noche de Las Alpujarras, a pocos kilómetros hacia el norte, tras el valle esquivo del Guadalfeo. Los mamuts barritaban entre el hielo, escarchando la hierba con sus bigotes grises. M. se miró al espejo y vio a Borges diciendo lo de siempre, sólo que esta vez era un tigre, sobreviviente de la Atlántida. Y era que los espejos y la cópula son abominables porque multiplicaban el número de los hombres. “Y de las mujeres”, dijo el políticamente correcto de mierda.

 

 

 

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