Fernando de Rojas y Melibea visitan El Escorial. El narrador de historias. Cuentos. Serie de Felipe II. 2

 

 

Fernando de Rojas atravesó el portón llevando de la mano a Melibea. “Moza liviana parece, nada aguerrida, como corresponde a su fama de algo bobalicona y asustadiza”, musitaba al oído de Celestina el ayo Zúñiga, moqueando el ultimo resfrío del otoño. “Cuidáos la visión, señor preceptor, más que los achises, porque precisáis, bien Dios lo sabe, de anteojos, ya que no veis la bravura de la carne y la pasión más que en el tamaño de las tetas. Esa es opinión de tudesco, y ya están lejanos los tiempos de la flamenquía, que yo bordeé como un navío de bajura allá en mi mocedad”.No le cayó bien la reprimenda al poderoso cortesano, quien sin perder el paso al docto doctor que avanzaba por el claustrillo de la naveta, hacia la cripta de mármol negro donde reposan los reyes de España, espetó a la comadre: “Tiente vuesa merced la lengua y no cite a lo divino con esa viperina que naturaleza o afición le dota, y piense que una cosa es traer circenses al Monasterio para solaz secreto de Su Majestad, comido de melancolía y negra bilis, y otra licencia para compadreos. Y ahora revístase de dignidad y sígame, que el amo lleva buen paso y a mí me mata la gota que mata también, pero menos, al Emperador, en su falso retiro de Yuste”. La vieja amohinó la barbilla y de sus ojillos cegones resbaló un calambre pálido, como si de la tormenta hubiera quedado el rescoldo de un rayo maligno.

 

En el extremo sur de la fortaleza, sobre el ventanuco de la buhardilla, un cuervo recogía la sombra del poniente y ocultaba la línea entreabierta de los cristales. Nadie podía ver a quien les veía, nadie podía saber, si algo veían, quien era el dueño de la mirada y si algo importaba o de algo le era servido.

 

De mano de su fama, Fernando repasó la memoria de los Juanes que adornaba en silencio los muros, y, ciertamente, las sombras alargadas de los pasos en cada rincón. “Y cómo puede ser –decía a su entresijo, único consejero de quien ya fiaba- que aquí se sienta el alma del mundo, entrevista apenas en la Corte. Será porque viaja, y ya cansada, reposa en los nombres de quienes aman su trabajo, la forma señera de construir la morada de Dios”. Era aquel tiempo de alquimias, en el que toda transformación se dirigía a ser esclavo del Altísimo, y este era el mayor rango y la mejor gloria del vivo, pues muerto quién sabe si el asceta supera al místico –supuesta la disparidad, que no está claro- o el lego al prior, o la casada a la enclaustrada, y vaya usted a adivinar si Juan de Ávila a su Teresa, si no son lo mismo, ambos aupados a la mocedad del espíritu, o el caballero de armas al autor de letras, como él mismo, a quien una vieja cebollona había hecho famoso y rico al tiempo, como si la historia fuera tan novedosa y no tan cotidiana, como su autor no dudó en confesar desde la escalera de su preámbulo, en cuyos peldaños primeros ya se ascendía a un cielo de seda, la carne de Melibea.

 

La moza le miró, porque el bachiller llevaba ya un tiempo absorto.

 

-¿De qué Juanes habla vuesa Merced, mi señor Don Fernandito? ¿Tal vez del preceptor de Su Majestad, o del mismísimo Herrera, el maestro de estas obras que admiran las cumbrs del Guadarrama?

 

Rojas sonrió. Cada día le gustaba más su prometida –ella aún no lo sabía, y el secreto le excitaba, como precursor de un triunfo- y el estilo retórico que le había enseñado afloraba en su inteligencia limpia, algo insólito en las hembras de rica familia, siempre retiradas como florones en la sala de recibir.

 

-Y aún te faltan, mi señora. Aún te faltan Juanes en que pensar, si quieres llegar todos los que allega mi Rey, tan enamorado de aquel Platón que glosaba: el nombre es arquetipo de la cosa.

 

La dama frunció un entrecejo limpio, aún más atractivo que el piloncillo de las morenas de Castilla, suave como piel de melocotón.

 

-¿Arquetipo, dices? A griego me suena, sí, pero ya que estamos, preferiría comprenderlo en latín, y ponerlo en las sacras del altar mayor, en letras de molde, para que el capellán lo lea desde lejos, tranquilo, mientras de reojo ojea los ventanucos de la alcoba regia, a ver si Felipe se asoma y le bendice.

-¡Qué ilustre paradoja, mi fregoncilla! –Fernando atacaba la ironía, a ver si con esta cualidad afinaba aún más el talante de su princesa-. Un laico que bendice al clérigo, porque está más cerca de la santidad.

 

Melibea negó con la cabeza, y un ramillete blondo rozó las mejillas de su galán.

 

-De la santidad no, sino de Dios, que viene a ser lo mismo pero sin el tomista, para que lo entendamos.

 

 

 

 

 

 

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